El 8 de marzo de 1857, durante una huelga pacífica 129 mujeres murieron calcinadas en la fábrica Cotton Textile Factory, en un incendio provocado por sus dueños.
Por ese trágico episodio se eligió esa fecha para conmemorar internacionalmente el Día Internacional de la Mujer.
Hoy, a 166 años, se constituye en una jornada para reflexionar sobre cómo se ha avanzado como resultado de las luchas de las mujeres y también para no olvidar que ésta debe continuar. Es también la oportunidad para pensar nuevos modos a la luz de las condiciones actuales que las mujeres enfrentan cotidianamente.
El acoso, la violencia y la discriminación por razones de género ya no se conciben como una mera conducta inaceptable, sino que constituyen una violación del derecho humano más fundamental, como lo es el derecho inalienable de vivir una vida libre de violencia.
Se ha logrado un progreso considerable en numerosos países del mundo. Se han establecido marcos jurídicos de amplio espectro e instituciones y políticas específicas para promover los derechos de las mujeres y protegerlas de la violencia. En el mundo entero hay una conciencia cada vez mayor de la índole y las repercusiones de la violencia contra la mujer.
Pero las cifras relativas a la violencia contra las mujeres son sobrecogedoras. Según estadísticas recientes de la Organización Mundial de la Salud, un tercio de las mujeres del mundo han sufrido actos de violencia al menos una vez en la vida y en la Argentina se registró un femicidio cada 29 horas. Aún se precisan esfuerzos ingentes para garantizar la realización del derecho de las niñas y las mujeres a una vida libre de violencia.
Las mujeres como colectivo vulnerable, resistieron y, ganándole al silencio, lograron visibilizar una histórica condición de opresión, proponiendo nuevas nociones de verdad.
Es una tarea constante la de transformar las ideas dominantes con quienes detentan el poder y que toman las decisiones, diseñan planes de vida, someten y mandan. Esos que, previsiblemente, se aferran a sus privilegios justificando el desprecio.
Pese a que esa fuerza no declina, se presentan resistencias, los movimientos feministas vienen proponiendo, no sin obstáculos, la reescritura de los relatos que se hallan en disputa.
La solidaridad y la empatía con esos otros que no son como uno, es el primer desafío para descorrer prejuicios y mitos de antaño.
La DAIA como entidad protectora de los derechos humanos, se suma en esta ocasión a cuestionar una vez más las raíces profundas del patriarcado que dispuso una distribución dicotómica de roles entre hombres y mujeres construyendo estereotipos de exclusión y de violencia.
Asimismo, hemos elaborado un Protocolo de actuación frente a situaciones de violencia de género para nuestras instituciones adheridas que se asienta en dos pilares fundamentales:
Desde el punto de vista de la víctima, protección y acompañamiento, desde el primer momento, generando un entorno de contención y confianza que le asegure que en la organización la van a escuchar y orientar, en un marco de respeto, confidencialidad y evitando su revictimización.
Desde el punto de vista de la organización, disponer de un marco institucional de orientación, prevención y referencia para el mejor abordaje de la situación, gestionar de mejor manera el riesgo que implica cuando una situación de violencia acontece y transmitir una cultura organizacional basada en valores.
Los vínculos sociales jerarquizantes violan sistemáticamente derechos básicos menoscabando a la democracia.
De no replantear y desnaturalizar esas prácticas, de no prevenirlas como políticas públicas y educativas, no disminuirá la exposición al peligro que todavía sufren las mujeres tanto en la vía pública como en el seno de sus familias, protagonizando la crónica roja.
Nuestro trabajo es derribar murallas, y facilitar el diálogo hacia una convivencia pacífica.
Estimulemos el pensamiento crítico y la autonomía, todas las escalas de los cuestionamientos suman su granito de arena en el alcance de mejores condiciones de vida.
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