Estados Unidos, panorama post elecciones

Los comicios de medio término muestran indicios de que los extremos han sido en cierto modo rechazados

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Elecciones en Estados Unidos
Elecciones en Estados Unidos

La grieta norteamericana tiene su origen en el proceso globalizador, pero más específicamente en la ideología globalizadora, expresada hoy como “globalismo”, conducido por Occidente. El proceso globalizador se genera por la aceleración de los cambios tecnológicos, los que, siendo apropiados por una tecnocracia empresarial, financiera y política, lo terminan transformando en una ideología “occidental”, con claras intenciones de implantarlo a escala global. China, teniendo un proyecto nacional propio, aprovecha una gran inyección de tecnología extranjera para modernizarse y se convierte en una gran potencia económica, y ya por estos tiempos, también militar. Sin embargo, esa ideología globalista descuidó, y tardó muchos años en descubrir, que uno de los más afectados era el mismo EEUU, cuna de muchas de esas tecnologías (financiadas por el Estado), por la baja de buenos empleos, que produce la disminución de la calidad de vida de sus ciudadanos. Es entonces cuando, un personaje narcisista como Donald Trump, irrumpe en la escena republicana y lleva al partido a la victoria. Recordemos que gana principalmente en el interior profundo con cultura tradicional, y en las zonas manufactureras (el rust belt) más afectadas por la globalización, mientras que, las grandes concentraciones urbanas costeras, cuyos habitantes son culturalmente cosmopolitas, individualistas y competitivos, permanecían en manos demócratas.

Por la configuración de las sociedades postmodernas, los habitantes de las grandes urbes se movilizan alrededor de un “nuevo individualismo y relativismo”, estrechamente asociado a la idea globalista de sentirse “ciudadanos del mundo”, con baja mediación nacional y extranjerizándolos de su propia cultura. Son “anónimos”, inmersos dentro de una multitud; con una creciente indiferencia por “el otro”, como signo de la incomunicación humana, imbuidos de alexitimia, subproducto de la pasiva conectividad virtual de las redes sociales. La realidad actual no es un escenario de supuesta tolerancia, sino de indiferencia, por más que la quieran disfrazar de aquella. La exaltación del individuo aislado, autoreferenciado, y cosmopolita conlleva, a la larga, a la derrota de la sociedad; esa falta de integración emotiva en la sociedad en la cual se vive, complica sin duda la construcción de un destino comunitario común.

Cabe reflexionar que luego de ese período inicial trumpista, con buena recuperación económica inicial, la situación se fue complicando, un poco por las características personales de Trump, pero en gran parte por la pandemia y otro poco, por un contrataque ideológico contra los republicanos, aunque después Biden mantuvo muchas banderas nacionalistas, principalmente las anti China.

Llegamos así a las actuales elecciones de medio término, cuyos resultados electorales confirman la subsistencia de una profunda grieta entre los ciudadanos norteamericanos, si bien surgen nuevos elementos que sugieren alguna nueva leve tendencia hacia formas moderadas. Si bien todavía no hay datos finales, los republicanos parecieran encaminarse a controlar la Cámara de Representantes, aunque sólo por una ligerísima mayoría, mientras que la de Senadores se mantendría bajo control demócrata, ya que, en caso de igualdad decide la vicepresidenta, Kamala Harris.

Cuando se esperaba una “marea roja”, este resultado bastante equilibrado, permitió que Biden “festeje” la derrota electoral demócrata (en número de votos), y que Trump quede “enojado”, principalmente porque lo deja como responsable de los flojos resultados, poniendo una señal a los republicanos para que renueven sus liderazgos. Quien encabeza esa posibilidad es el gobernador Ron De Santis, claro ganador en Florida, aún en sectores pro-demócratas, ya que supo atraer un 57% del voto latino, obteniendo una diferencia de 1,5 M de votos. Es probable que se inicie un período de debates que podría concluir en un trumpismo sin Trump, aunque nunca hay que despreciar el gran número de seguidores de Trump, que lo han impulsado a postularse nuevamente como candidato.

Mucho se ha hablado sobre las democracias y las autocracias. Los chinos alegan que en el siglo XXI las democracias son más débiles, por su intrínseca necesidad de lentos consensos internos, para enfrentar los desafíos de los grandes cambios, entre ellos los geopolíticos. No es un razonamiento ético-cultural que deberíamos aceptar desde Occidente. Más correctamente deberíamos entender que las autocracias tienen la ventaja de concentrar en pocas manos, tanto el debate político interno, como el control de las decisiones económico financieras y las militares; por lo que una vez tomadas las decisiones, se llevan más fácil y rápidamente a la práctica. Pero las desventajas son evidentes: demasiada poca libertad para un debate abierto, puede llevar a decisiones erróneas y tremendamente trágicas, como la tomada por Mao Zedong en 1958, con su política de Gran Salto Adelante, en su intento de transformar la tradicional economía agraria a través de una rápida industrialización y colectivización, pero que llevó a masivas hambrunas, donde murieron millones de chinos.

Esa ventaja de concentración de las decisiones, no ocurre en Occidente, ya que el gran capital financiero, conductor de la ideología globalista, se ha disociado (enmascarado, apartado, esfumado) de las decisiones políticas de las naciones y realizan un juego macro global, maximizando sus ganancias, sin responsabilidades sociales nacionales particulares. Esa disociación es el gran defecto estratégico dentro de Occidente. Si el cambio tecnológico produce un recambio acelerado de las capacidades laborales, que da lugar a fuerte desempleo estructural, no hay forma de resolverlo rápido, creando situaciones sociales problemáticas o graves, que quedan sólo a cargo del estado; el que a su vez es denostado por las corrientes ultra liberales por su falta de capacidad para resolverlo, solicitando que su gasto se vaya achicando. Esto llevó a la desindustrialización y a la primarización de la economía. Estas incongruencias son las que hacen que las democracias sean vista como defectuosas, principalmente en los países periféricos y más aún donde la partidocracia tiene altos índices de corrupción. No ocurría esta situación antes de la ola globalizadora, donde el empresario discutía con los asalariados por “el reparto de la torta”, pero asumía, in situ, las consecuencias sociales y políticas de las decisiones; todo mediado por un Estado regulador y aunque sólo teóricamente, a favor de un auténtico progreso social.

En EEUU la grieta seguirá aún vigente porque no se ha resuelto su causa más actual: la polarización artificialmente creada por el uso intenso de las plataformas informáticas, que sistemáticamente, erosionan la verdad, la confianza ciudadana e incrementan las diferencias y el individualismo. Sin certeza en que es la verdad, sin confianza en los otros, y defendiendo concepciones culturales opuestas no puede haber un camino de toma de decisiones nacionales Y eso sigue siendo una gran debilidad.

Pese a ello, las elecciones muestran indicios que los extremos han sido en cierto modo rechazados. Del lado republicano, los candidatos respaldados por Trump han tenido resultados disímiles; algunos han entrado como representantes, pero muchos han quedado en el camino. Del lado demócrata, De Santis, un anti “woke”, ha demostrado que el pueblo ha rechazado la política “queer”, defendida por el ala más extrema demócrata. Existe una leve tendencia hacia la búsqueda de ir dejando de lado, temáticas no centrales y concentrarse en los graves problemas de competitividad, de empleo y de calidad de vida. Resta por ver si esta tendencia escala al resto de la población y se vuelva a una mayor normalidad.

Pese a la grieta, hay ciertas políticas de estado en EEUU que van a permanecer inalterables, como lo son las inversiones en las tecnologías profundas, las que podrían modificar el poder del mundo, tal como lo hizo la Internet. Esas inversiones se han cuadriplicado desde 2016 en sectores como la computación cuántica, drones, robótica, inteligencia artificial, fotónica, biología sintética, materiales avanzados y otros, que se realizan en ecosistemas innovativos complejos, ampliamente financiados por el Estado. Dichos sectores tienen varias características en común: se aplican a problemas o iniciativas prácticas y reales; son combinaciones de dos o más tecnologías; se enfocan simultáneamente en el conocimiento científico, la ingeniería y el diseño. Las áreas principales son: guerra cognitiva, sensores de detección múltiple, y energía. A comparación de otras épocas, están signadas por el proteccionismo nacional, en los términos que plantea la guerra irrestricta global. En China y otros países ocurre exactamente lo mismo.

Sin embargo, no todo se resuelve a través de las tecnologías ultra modernas. El acceso a los insumos y componentes de esas nuevas tecnologías juegan un papel fundamental para su desarrollo (metales de tierras raras, litio, cobalto y otros) y en la expansión del uso masivo de semiconductores, y su aplicación en la inteligencia artificial, en los artefactos automatizados o en los sistemas no tripulados. El conjunto de todas estas necesidades estratégicas lleva a la confrontación geopolítica de las grandes potencias; inclusive a las medianas. Y es allí donde los intereses empresarios privados occidentales se ven en la disyuntiva de maximizar los negocios (por ejemplo, vendiendo a China) o restringirse a proteger los intereses nacionales de su casa matriz. Todo un tema del capitalismo financiero en expansión, que debilita a países con economías muy liberales y que potencia a los autoritarismos, como el chino, basados en su concepto de “fusión cívico-militar”. La búsqueda del equilibrio siempre es una tesis a demostrar. Los mercados en terceros países son motivo también de controversias en cuanto a prohibiciones de exportación; impedimentos para terceros (caso Huawei); sanciones por motivos geopolíticos (caso Rusia); exclusiones mutuas de participación en plataformas cibernéticas; factores regulatorios restrictivos, y otras variantes. Ello lleva implícita la reacción contraria y a la profundización de la competencia tecnológica y a las restricciones en la oferta y suministro materias prima críticas o de insumos estratégicos (tierras raras). También tiene implicancias globales las políticas ambientales de las potencias, y en la transición hacia energías limpias, ya que la guerra actual en territorio de Ucrania, ha incrementado el uso de carbón, más contaminante que el gas. Todo ello en el marco de la guerra irrestricta en curso y que se prevé durará largo tiempo, independiente de las conversaciones a alto nivel entre los líderes, o de quien sea el futuro presidente de EEUU en 2024.

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