Días pasados, en el partido entre Central y Unión, en la cancha de Rosario se desplegó un cartel que decía: “Permiso piden los giles”. Al principio, los presentes en el estadio no comprendían de qué se trataba, pero cuando entraron los jugadores y un grupo numeroso de hinchas comenzaron a tirar fuegos artificiales, se explicó la proclama. Cabe recordar que la ordenanza municipal 9.166/2013 prohíbe en el ámbito del municipio la comercialización, tenencia y uso de elementos pirotécnicos que no hayan sido calificados como de venta libre por la Dirección General de Fabricaciones Militares, así como de otros artificios. De igual manera, hay otras normas provinciales y nacionales al respecto que encuadran esta prohibición.
A partir de la imagen, un ciudadano común se pregunta para qué o para quiénes están las normativas o las leyes. ¿Sólo los giles cumplen con la regla escrita?
La anomia que caracteriza a algunas ciudades, ¿es natural o es socialmente construida por quienes rompen con la norma o quienes no instan a cumplirla?
Según la ética -disciplina filosófica- aquel que actúa de acuerdo con la moral social será virtuoso y quién no, será inmoral. Kant cuando afirma que la Ética tiene que ver fundamentalmente con los derechos del prójimo, con las acciones que es necesario realizar por deber, aunque no guste ni convenga. Si actúo por deber, seré digno de ser feliz, pero la felicidad no es lo primordial para ser un individuo virtuoso. Seré virtuoso si tengo en cuenta el derecho de los demás, incluso si en principio este derecho interfiere para el logro de mi deseo o de mi felicidad. Para Kant el único acto ético es el que resiste la universalización de la máxima que lo inspira a la que llama imperativo categórico: “Obra de tal manera que lo que hagas pueda convertirse en máxima universal”. Es decir, obra de tal manera que lo que hagas tenga fuerza de ley para todos. El filósofo se preocupó por plantear una ética que se sustente en el ser humano y no, como en la Edad Media, en Dios. La acción virtuosa es un fin en sí mismo. No hay premio en el final del camino.
Esther Díaz plantea que la modernidad se preguntaba acerca de lo necesario. En cambio, la posmodernidad se pregunta acerca de lo conveniente. En la modernidad había que preguntar “¿qué debo hacer?”. La respuesta era categórica: actuar según el deber. En cambio, en la actualidad se pregunta acerca de lo instrumental: “¿qué me conviene hacer?”. La respuesta es hipotética: actuar según lo que se desea obtener, sostiene la autora.
Si bien en la sociedad hay un código moral común, un conjunto de normas que regulan la convivencia, las sociedades actuales tienden a ser pluralistas, donde no hay reglas uniformes para todos, sino que se adecuan a las creencias, valores y estilos de vida. Pero es mucho más, pareciera que hay una ética a la carta donde cada uno elige lo que le conviene más.
La imagen del partido es sólo una foto de otras situaciones que vivimos a diario; no hay normas que valgan para todos, no hay límites claros en la ética, ni siquiera la ley escrita pone freno a algunas conductas. Claro está que todo esto sucede porque no hay sanción. Entonces “los giles” también nos preguntamos: ¿Hasta cuándo?
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