
Messi está de vacaciones en Ibiza. En el lugar -350.000 dólares por semana- comparte los gloriosos días con los Fábregas: Cesc ( de Francisco), fantástico jugador catalán, amigo muy próximo con su mujer, la espectacular libanesa Daniella Semaan, íntima de Antonela Roccuzzo. Hay quienes recordarán el casamiento de Lionel Messi en Rosario donde Semaan dio el campanazo, mano a mano con la rosarina, Antonela, una belleza que agrega a la sonrisa una pizca de chica que deslumbra vaya donde vaya, su chispa sudamericana, criolla.
Es trabajo vano recordar a Diego de vacaciones en su jadeante paso por la vida. Un añadido por el juego de las comparaciones, donde se produce una coincidencia en lo que no es osado llamarlos genios. La palabra permite y acepta la velocidad y la resolución de un problema en segundos, de alianza entre cuerpo y mente. Ver donde los demás no ven en instantes.
No, Maradona nunca se tomó vacaciones formales, con plan. Superdotado y en estado de adoración desde adolescente, no pudo parar. Se lo llevó el viento.

Messi es un hombre de otra materia y, ni hablar, otro destino. Donde Maradona hablaba y hablaba- ciertas veces con inteligencia expresada en relámpagos, réplicas y desafíos en varios sentidos con la afinación de Mohammad Ali-, Messi calla o dice muy poco. Es un dios de pocas palabras, de difíciles palabras, pero las pronuncia sin gritar. Pocas.
Messi – se lo llama mucho más Messi que Lio- es la otra cara de la medalla donde se lee y dice más que Diego. Lleva más inclinación a acercarse a los demás que Maradona, que se mantuvo lejos de quienes querían rodearlo, pedirle autógrafos, robarle algo, matarlo. Gestos, sí. Saludos y celebraciones desde la cancha, sí. Gente, no. Messi baja de los micros para jugar partidos cercanos y da algunos pasos, saluda con brevedad, firma. Maradona fue el Diego de la gente, pero no al lado, respirándole, tanto abrazándolo con locura como para quitarle el reloj. Lo sabía. Escapaba del apretujón. Se ahogaba. Tal vez tuviera miedo.
En el juego de las comparaciones vendría bien decir que se admiraban y que no era necesario enfatizarlo. Solo que se trata del dios explosivo y el dios tímido.

¿Es timidez? Sí, se recibe con facilidad que Messi no sale al encuentro, no habla primero. Y cuando habla lo hace a tironcitos, siempre en la horma de lo que se le pregunta, en lo escuchado sin agregar nada de más. Mira de frente y suelta con la consabida lengua rosarina con la que hablaba en Argentina cuando sus padres lo llevaron a Catalunya y medía un metro veinte y pico que había que estirar tanta gracia y maravilla. Tiene 35 – los alcanzó en Ibiza – y no tiene un pelo de acento catalán. No habla nada de catalán (muy simpático pero también raro), hizo su tratamiento con la hormona de crecimiento dolorosa y persistente en La Masía a los 13, pagado, donde los chicos de aspirantes al Barcelona Fútbol Club son recibidos y esperados. Pero lo entiende bien. Toma mate, hace asados. Jorge, el padre, manager y guía, y el papel de la madre, cuyo rostro lleva tatuado en la espalda, lo contienen.
En entrevistas con el dios tímido, el periodista John Carlin, para un diario de Europa, se encontró con un ejercicio de preguntas que alcanzaban el monosílabo. Hincha y admirador del gran transformador del juego – “Siempre me dicen cuál es mi equipo. Mi equipo es Messi”, dijo - , pero rompió afecto, como se rompe aguas, cuando Lionel firmó la designación como embajador de Arabia Saudita en la UNESCO. En una carta abierta Carlin enumeró si estaba enterado de las decapitaciones, prohibiciones y castigos de la monarquía.
“Cuántos petrodólares te están pagando por la prostitución de imagen más mierdosa que se haya visto hasta esta fecha en esa cloaca en la que vivía, el mundo del fútbol profesional? Vendiste la miseria de alma que te queda a Mohamed bin Salman, hijo predilecto del rey, asesino, torturador, opresor de las mujeres, verdugo de los gays” . Para agregar: “Siempre albergué la sospecha de que eras un boludito. Lo intuí las dos veces en que te entrevisté, pérdidas de tiempo totales”.
El periodista lo publicó como un manifiesto o carta abierta en el diario La Vanguardia de Barcelona. El placer de ver jugar al fabuloso Messi dio, en ese caso, un golpe de cubilete y los dados mostraron números de furia.
Messi no reaccionó y siguió camino: es que no se trata de él, solo de él, sino de una fábrica y un negocio inabarcable. El poder del fútbol no tiene límites. Ni políticos, ni lo que ocurra con el clima- calores terribles, nieve-, ni las guerras, nada lo detiene ni lo detendrá. Es de una fuerza emocional y adictiva que , si no es el único, se le parece a las teorías conspirativas que no tienen en cuenta el menor rasguño de razón. El fútbol es de lo más y encantador terraplanista. La cloaca de Carlin es menos que la magia capaz de ver y ver y ver partidos hasta llenarse de gozo cada vez, cada vez con sus climax y calenturas que también ocurrirán en las sensaciones de post coitum. Y vuelta a empezar.
En horas Antonela, Messi y los chicos volverán a Francia, al PSG. Y él, a sus silencios y sus alquimias nunca vistos cada vez que abre el frasquito de las esencias. Sucederá seguro, y el dios tímido levantará los ojos y el índice al cielo.
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