Si ocurre, no será la Tercera Guerra Mundial. Esa ya tuvo lugar, fue la Guerra Fría, que enfrentó a la ex Unión Soviética con los Estados Unidos entre 1946 y 1991. Fue una larga guerra que evitó el uso de las armas nucleares pero se extendió por todo el planeta. Ahora todo depende de un solo dato: ¿será Ucrania como Siria? ¿los enfrentamientos se producirán solo en territorio ucraniano?
De no ser así, y si se extendiese el conflicto fuera de Ucrania, estaríamos en una guerra global de inmedible extensión.
Putin venía advirtiendo a la OTAN desde el año 2000 (cuando que tomó el poder en Rusia) que debía frenar su expansión hacia el este. Que la disolución de la Unión Soviética hacía innecesaria una “alianza Atlántica” contra un enemigo que había desaparecido.
Estados Unidos nunca quiso escuchar este reclamo, y sumó a la OTAN a los países de Europa Central -Polonia, República Checa, Hungría, Rumania, y los estados Bálticos-. Además, no dándose por satisfecho, pretendía incorporar a Ucrania (que solicitó su ingreso) y presionaban a Finlandia (que aún se resiste a hacerlo).
Putin sentía que seguían tratando a Rusia como una “nación enemiga” y contestaba con gestos que no ayudaban a fortalecer la distensión y la confianza.
Alcanza con ver un mapa para entender que entre la Unión Europea y Rusia hay tres países que actúan como una suerte de anillo protector o muralla divisoria: Finlandia, Bielorusia y Ucrania. La primera, asume su rol de equilibrio entre sus gigantes vecinos. Bielorusia, mantiene una estrecha relación con Rusia. Y Ucrania, históricamente parte de Rusia, en los últimos 30 años creció en independencia y vocación integradora a la Unión Europea y a la OTAN. Esto último es inadmisible para Rusia.
En 1994, sólo tres años después de obtener su independencia, se acordó en Budapest que Estados Unidos, el Reino Unido y Rusia eran los “garantes de la integridad territorial” de Ucrania.
Putin se fue alejando de este compromiso así como de los acuerdos de Minsk II de 1995 por los cuales se estableció un “Status” especial de autonomía para los territorios del este de Ucrania con población mayoritariamente rusa.
Pero de hecho Ucrania viene transitando los últimos ocho años una velada guerra civil entre el oeste (pro-occidental) y el este (pro ruso). Ni la cesión a Rusia de todo el armamento nuclear de la ex Unión Soviética (en su mayoría instalada en Ucrania) ni la tácita aceptación de la anexión de la Península de Crimea, dejaron satisfecho al “Oso Putin”.
Y ahora va por más. Sin lugar a duda, un cierto debilitamiento interno, lo lleva a “gatillar” el recurso nacionalista e invadir Ucrania, tan sensible para el nacionalismo ruso como Malvinas para el nuestro.
Estamos transitando sobre el filo de una navaja. Las cartas están echadas. La OTAN tiene dos opciones: aceptar la anexión de Ucrania por parte de Rusia (seguramente a través de un gobierno títere) o apoya militarmente al gobierno del Presidente Zelenski para resistir la invasión.
Si esto no es estar al borde de una nueva confrontación global, como mínimo, se le parece bastante.
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