
Al recordar los 11 años del deceso de Néstor Kirchner, Alberto Fernández pronunció un discurso “doctrinario”, para los que votan y para su gobierno que está en la mitad de mandato. Bajó línea a los que estaban en el escenario, a las tribunas y a los mandatarios del G20 que integran el Directorio del FMI- al que asistirá en representación de los argentinos.
Aclaración. Para el ministro de Economía Martín Guzmán, íntimo del Presidente, hay algunos portadores de DNI que son “anti argentinos”. ¿Alberto los representará?
La división “argentinos y anti argentinos” es un “revival” de la Dictadura Genocida. También hay algo “doctrinario” en esto a lo que Fernández no rectificó. Con esto sumamos a la “grieta” post 125 (autores y votantes hoy en la oposición) un retorno a divisiones aún más siniestras. Veamos.
El creador del concepto, “nosotros argentinos, los otros anti argentinos” fue el mismo de “Somos derechos y humanos” para tratar de negar desaparecidos, torturas y asesinatos perpetrados por el Estado. Fue el mismo que previamente, en democracia, colocó la bomba neutrónica del rodrigazo.
Peligrosa contribución “doctrinaria” de Guzmán, en tiempos de altas temperaturas físicas e inflacionarias, a la confrontación incivilizada.
Es más pedagógico -la política es pedagogía- recordar los tiempos, que los hubo, de una paz programática, basada en “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino” o en “un viejo adversario despide hoy a un amigo”. ¿Lo podremos entender?
Aquella paz fue sepultada por los “estúpidos e imberbes”, los brujos del rodrigazo y la Dictadura Genocida.
A la decadencia así instalada, la trabajosa democracia aún no la ha logrado revertir. No sólo en los números sociales y económicos, que son sencillamente espantosos, sino en la incapacidad moral de querer construir la Nación que, por definición, es un proyecto de vida en común. Así de claro.

La democracia es vivir en libertad, marchar hacia la igualdad y hacerlo -y esto es lo fundamental- viviendo en fraternidad. Sin ese clima nada duradero es posible y la “doctrina”, que ha esbozado el ministro Guzmán, es la expresión mayúscula del ánimo más antidemocrático que, a su vez, corrobora la expresión tampoco desautorizada del funcionario Emilio Pérsico, allí presente, que sostuvo que “hay que terminar con la alternancia”.
Alberto Fernández no corrigió a sus funcionarios y dijo “Nadie nos enseñó más que Néstor Kirchner”.
Néstor ha desplazado en el pensamiento de Alberto, presidente del PJ, al Perón de las Coincidencias Programáticas.
Si Néstor es “la doctrina” ya no es más “peronismo”, es la consagración del “kirchnerismo”.
Y tiene razón. En el escenario había famosos originarios de la UCD, del PC, o seguidores de “los estúpidos e imberbes”. Más que los nacidos de la doctrina de Perón del 73. Y se nota.
Toda doctrina tiene fecha de origen. Alberto Fernández dijo: “Cuando Néstor llegó, la Argentina había sufrido la pandemia del gobierno de la Alianza”.
Memoria selectiva. ¿No fue la “pandemia de la Alianza” la manifestación agravada de la infección generada por el menemismo? En aquella previa participaron Fernández, Néstor, Cristina y Parrilli, entre otros.
Más sorprendente, durante la Alianza fueron claves Roberto Feletti y Débora Giorgi que han sido elegidos para conducir la hoy más importante operación de política económica. Ambos aplican la teoría de la “estabilidad” expresada por Alberto: “la inflación no tiene ninguna otra explicación más que la especulación de un grupo de pícaros” “el problema es la concentración de la producción de alimentos”. Ese es el diagnóstico.

El congelamiento de unos precios sería la primera cápsula de la política de remediación. Dijo Alberto Fernández “cuando entregamos a manos privadas cuestiones que son del estricto resorte estatal… los privados piensan solo…en…las ganancias; y desde el Estado pensamos en derechos en salud, educación, garantizar servicios.”
Ni la Dictadura privatizó. El récord es del menemismo de los que en el escenario, además de Alberto, un montón formaron parte. Más aún: su primer ministro de Educación se graduó en una privada y condujo otra; los miembros del Ejecutivo militan la salud privada.
Este es un intento doctrinario confuso que no lo pone en práctica.
Finalmente cerró con el mensaje al G20 “Si todavía no cerramos un acuerdo con el Fondo es porque no nos vamos a arrodillar”.
Esta es la afirmación más fuerte. Si un acuerdo con el FMI, por ahora, supone ponernos de rodillas, ¿cómo serán las condiciones programáticas que llevaremos a ese organismo acreedor para poder decir que “pondremos a la Argentina de pie”?
¿Todos los argentinos (o afuera los “antiargentinos”); combatiendo la inflación y la pobreza -tan asociadas- con la congelación de algunos precios? ¿Castigando a “unos pocos pícaros”? ¿Nada más?
¿O nos ofrece un diagnóstico profundo, unos objetivos atractivos y vocación para pensar un programa y para convocar a la masa crítica de voluntades que lo haga posible?
Quedan dos años. Con este clima la “realidad aumentada” será difícil de soportar.
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