
Como una marca sencilla para cualquier rastreador argentino con algún entrenamiento medio, el mapuchismo es un foco de ataque terrorista a caballo de una reivindicación discutible: la ancestralidad. Quiero esas tierras porque antes eran mías. Solo que el concepto de propiedad era ajena a los hombres de la tierra, como se define el pueblo mapuche. La palabra quiere decir eso, es la definición. Pero nadie es originario.
Mucho tiempo de desprestigio sobre la Campaña al Desierto que el Congreso autorizó de manera clara. El dos veces presidente Roca consiguió resultados. Son muchos en el país quienes lo juzgan como un hombre sanguinario y exterminador.
Sin el hecho, la Argentina llegaba hasta el río Colorado mientras las fuerzas de don Juan Calfucurá emprendía malones con miles de lanzas sobre vidas y mujeres, todas siempre llevadas sobre la cruz de los caballos. La extraña, casi susurrada campaña anterior, las de Rosas, que se menciona poco (hay un matiz ideológico entre los personajes históricos aunque la meta fue muy parecida), rescató a 500 cautivas. Con Roca se promulgó la ley 1.420 de educación, laica y obligatoria. El gran malón de 1876 en Azul significó 400 muertos, 500 prisioneros, 300.000 cabezas de ganado llevadas a Chile.
Dejamos la historia, que aquí se ha recorrido de modo inmejorable y en textos de valor por firmas valiosas, y reparemos en aquello de algo más arriba: nadie es originario. La reivindicación violenta y en explosión en estos días es resueltamente reaccionaria -el regreso a un pasado ideal señalado por loncos, jefes, o mujeres influyentes- y racista. Se dice siempre, se aclara que los atacantes son falsos mapuches, como si eso fuera lo importante. Bien en algún sentido porque puede sujetar la estigmatización de los más o menos 100.000 mapuches argentinos, aunque la cuestión central es otra: se privilegia y se omite de manera cómplice el ataque de los mapuches –o no, qué más da-, los incendios, las ocupaciones en Villa Mascardi, las usurpaciones, un predio y una iglesia invadidas -sin protesta por parte de la jerarquía- , los ataques en El Bolsón, los peajes forzosos, los grandes bosques y casas quemados con explicaciones grotescas.
El embajador en Chile, Rafael Bielsa, se presentó en Temuco de modo insólito para pedir por la libertad condicional de Facundo Jones Huala, extraditado y condenado a nueve años de prisión en Chile por delitos probados allá. Por alguna nubosa razón pidió una función en todo caso consular, a pesar de que el personaje -que saltó sin escalas de los bailoteos en un shopping a la revolución mapuche- proclama no ser ni argentino ni chileno.
Todo se hace más raro y menos comprensible. Los pueblos indígenas qom (tobas) y wichis viven en la peor miseria en nuestro país. El cacique qom Félix Díaz no fue atendido por nadie después de acampar en el Obelisco y ser atacado por la policía. Existe una oficina de gestión mapuche en Bristol, Inglaterra, donde se edita y se difunde en Europa “Mapuche Nation”. Alcanza con el “conde” Reynaldo Mariqueo, responsable aparente de las ideas y –sí, claro- los fondos que puedan recaudarse. Mientras, el Gobierno desoye el pedido de la gobernadora de Rio Negro, Arabela Carreras, por más tropas federales.
El mapuchismo ha sido creado, con el propósito de hacer una nación dentro de la Argentina con apoyo oficial. No tengo dudas de que, como en los peores años de ETA en el País Vasco, se cuenta con la aprobación guardada, inactiva de la población del sur que se considera mapuche. Un calco. No pocos etarras fueron agasajados y honrados en la Argentina. A 14.000 kilómetros se recuerda en España que hace diez años ETA bajó las armas y pidió perdón por las víctimas.
¿Entonces? ¿Por qué? ¿ Qué pasa? ¿ El terrorismo desatado no es entiende o se aprueba? ¿Cuál es el revés de la trama?
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