
Vemos a diario en los medios de comunicación y las redes sociales, con tristeza, ejemplos de jóvenes profesionales argentinos que deciden probar suerte en el exterior; entienden que nuestro país no los contiene, no les ofrece una perspectiva de desarrollo tanto profesional como personal. Estudios del clima social reflejan que la tendencia, que ya lleva algunos años, se profundizó durante la pandemia, privando a la Argentina de recursos humanos necesarios para diseñar e iniciar la reconstrucción tras la crisis.
Abordar este dilema, que cruza a nuestra generación y de cuya resolución depende gran parte del futuro de la Argentina, debe ser un objetivo principal de la dirigencia política y empresarial. Se trata de un desafío mayúsculo, que involucra emocional y espiritualmente a los protagonistas de un éxodo evitable: ¿Cómo hacemos para cambiar esta expectativa? ¿Cómo logramos que los jóvenes volvamos a mirar con optimismo nuestra inserción profesional en el país? ¿Cómo construimos un nuevo marco conceptual donde sea posible pensar la trayectoria de vida para nuestras familias en Argentina?
El momento es ahora y tenemos que hacerlo entre todos: a pesar de las dificultades, aún están dadas las condiciones para pensar un futuro próspero aquí; esto implica necesariamente pasar del país de las potencialidades al de las realidades. Necesitamos volver a las bases, detenernos a planificar una hoja de ruta que tenga como banderas el respeto por las libertades individuales, preservar la propiedad privada y el incentivo al trabajo, este último es la llave para revalorizar a nuestra sociedad y activar el motor de la inversión.
¿Es suficiente ésto? Claramente no. Alcanzar un futuro próspero requiere que pensemos en un presente inclusivo, justo socialmente y respetuoso de la vida, las diversidades y nuestra casa común: el planeta. Nuestra generación no busca solamente incentivos económicos, que son respetables y necesarios. También aspira a construir un espacio colectivo mejor en el cual podamos desarrollar una vida plena. Complementar estímulos económicos junto con espirituales puede ser la respuesta a esta crisis de confianza que enfrentamos. Los jóvenes no debemos tener miedo a exigirlos, a buscarlos.
Como convocó San Juan Pablo II en su mensaje a los jóvenes de 2004, en un contexto parecido al actual, de incremento de la desigualdad, de la pobreza, y falta de oportunidades: “Sin lugar para el egoísmo o la pereza, la humanidad tiene necesidad imperiosa del testimonio de jóvenes libres y valientes, que se atrevan a caminar contra corriente y construir un futuro con opciones de desarrollo para todos”.
Aún en los momentos más difíciles, más oscuros, sentimos en nuestros corazones la llama de la esperanza. Es la que nos alimenta a quienes creemos que todavía es posible cambiar nuestro presente para soñar un futuro mejor en Argentina.
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