
“La democracia no puede ser una botella rota con la cual se amenaza al otro”. La frase corresponde a uno de los personajes de Otoño, un reciente libro de la autora escocesa Ali Smith.
Pero bien calza en el principal de todos los problemas que padece la sociedad argentina: la confrontación permanente, la explosiva violencia verbal y la ausencia de un acuerdo político amplio que permita escapar del estancamiento.
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Las últimas elecciones PASO han dejado una lección contundente que no debería pasar desapercibida en el análisis: nadie es el dueño del electorado. Los que hoy tienen los votos, los pueden perder más temprano que tarde. En las sociedades modernas, alcanzadas por la información masiva y multidireccional, ya no hay sufragio cautivo. Los dirigentes deben saberlo y tenerlo muy en cuenta.
Al fin y al cabo, se trata de que “la casta” entienda que debe -necesaria y urgentemente- atender sin rodeos las necesidades de la sociedad, empezando por sentarse a dialogar y encontrar soluciones básicas para los problemas más acuciantes.
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En la lista figuran los problemas que la pandemia introdujo en una economía que ya no crecía desde hacía mucho tiempo. Pero también la incapacidad transversal para avanzar hacia el desarrollo industrial y tecnológico; una reforma laboral con acuerdo de gremios y empresarios para provocar un shock de empleo productivo; la eterna crisis educativa; y una reforma jubilatoria real, que asegure estabilidad al actual sector pasivo y previsibilidad a las futuras generaciones.
Lejos de todo eso, es sorprendente observar cómo el análisis de los resultados de los comicios del 12/09 se reduce a uno o dos indicadores básicos, según el prisma con el cual sean observados, a pesar de que la realidad expone una multiplicidad de causas. “Perdimos porque el salario real está por debajo de la inflación”, “perdieron porque al gobierno lo maneja La Cámpora”, “perdimos porque la gente no valoró el esfuerzo de Alberto Fernández”, “perdieron porque se robaron las vacunas”, etc.
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La causa puede residir en cada una de esas cosas. Pero verdaderamente está en mucho más que en la suma de todas ellas.
Los sucesivos gobiernos han demostrado una alarmante incapacidad para presentarle a la gente políticas de desarrollo a largo plazo que pongan freno a la decadencia. Coinciden en creer que tener un modelo económico es simplemente administrar la economía con alguna dosis particular de ideología.
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Mientras tanto, la falta de acuerdo político, la impotencia a la hora de superar las disidencias y encontrar consensos nos empuja a un pozo ciego del cual será cada vez más difícil salir.
Lo que aparenta no entender el sector dirigente es que al menos una cosa es más grave que la grieta política: la fractura subterránea de una sociedad, cuyos actores deambulan como protagonistas de “The Walking Dead”.
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Apenas la mitad de los adolescentes que ingresan a la escuela secundaria completan el ciclo y los que lo hacen, según los especialistas, tienen graves dificultades para leer y entender un texto. Luego, la mayoría naufraga con mayor o menor suerte en un restringido mercado laboral. Los que pueden, la inmensa minoría, acceden a la educación universitaria. Otros se van.
Los planes de estudios en todos los niveles son anticuados y deficientes. Este Gobierno cerró las escuelas con la complicidad de los sindicatos docentes, es verdad. Pero también, hay que decirlo, el sector que hoy festeja quedó en deuda con su prometida revolución educativa.
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Más ejemplos. No hay mano de obra calificada para cubrir el requerimiento de la comunidad tecnológica internacional. El mundo pide programadores, Argentina ofrece cosechadores. Seguimos pensando en los dólares del campo, mientras el planeta desarrollado está imaginando plataformas espaciales.
La escasa visión dirigente, o su impotencia para transformar sus modestos pronósticos en acciones políticas y económicas transformadoras, es dramática.
El problema ya no es la grieta, es la fragmentación general. Y ese problema requiere renunciamientos personales, la construcción de puentes a través del diálogo sin condiciones, y expectativas de acuerdos cruzados que permitan salir de la paralización.
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Alguna vez Raúl Alfonsín y Carlos Menem dejaron de lado las diferencias personales y firmaron el Pacto de Olivos. Ese acuerdo recibió críticas por doquier. Pero aquella foto, la que retrató a ambos caminando por los parques de la residencia presidencial, hizo posible bastante más que la reelección, que era pretendida por el peronismo, y el tercer senador por provincia, que favorecía al radicalismo.
Aquel hecho permitió a la Argentina avanzar hacia la reforma de la Constitución Nacional, introduciendo innovaciones políticas fundacionales, a través de una convención en la cual estuvieron sentadas, entre otros muchos, Cristina Fernández de Kirchner y Elisa Carrió.
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Una crisis histórica como la presente, con una pobreza por arriba del 50%, exige renunciamientos y gestos de similar envergadura. Tal vez aún mayores. ¿Estará alguien dispuesto a ofrecerlos? ¿O seguiremos viendo a unos y otros apuntarse entre ellos con las botellas rotas de una frágil democracia?
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