¿Estamos inaugurando una nueva forma de hacer política?

Argentina tiene para cada problema, nuevas y mejores divisiones

Alberto Fernández
Alberto Fernández

Un 17 de noviembre, hace cuarenta ocho años, volvía al país Juan Domingo Perón. Casi todos los diarios argentinos publicaban la solicitada firmada por Perón dirigida a su pueblo donde expresaba: “Nunca hemos sido tan fuertes. En consecuencia ha llegado la hora de emplear la inteligencia y la tolerancia, porque el que se siente fuerte suele estar propicio a prescindir de la prudencia”.

Prudencia. Tan necesaria para estos momentos en donde las dirigencias parecen desconectadas del sentir y las necesidades de su pueblo.

Barak Obama ha dicho que “la democracia está al borde de una crisis”. No sólo Perú es un ejemplo de esto, donde tras años de bonanza económica se descuidó la política a tal punto que hoy, coronavirus de por medio, tienen menos crisis sanitaria que política. En la democracia más antigua del mundo, Estados Unidos, a 13 días de haber elegido su máxima autoridad política, Donald Trump sigue desconociendo los resultados electorales.

Obama vaticina crisis en las democracias. Argentina ha sido pionera en gambetearlas desde el 2001 a la fecha en cuanto a lo institucional. Lo que no ha podido impedir son las sucesivas decadencias, retrocesos, con consecuencias sociales tremendas. En Argentina, involución y resquebrajamiento social van de la mano, con una clase dirigencial, empresarial y sindical sin reacción. Padecen de un ahorismo crónico. En el siglo XX Argentina tuvo proyectos de país: Yrigoyen, Perón, Frondizi, algunos hasta incluyen a Menem. En el siglo XXI no se puede identificar a uno solo. Está a la deriva de proyectos. Nadie la piensa y tantos la sufren.

Vemos cómo los socios del gobierno anterior se juran públicamente no hablarse nunca más. Raro para la acción política que supone tener en su ADN al diálogo. Y el gobierno de los Fernández sólo lo hace a través de cartas públicas. ¿Estamos inaugurando una nueva forma de hacer política? Lamentable. Ahora bien, lo que se desnuda es que Argentina no tiene cultura de coalición. La misma aparece como un espacio formal y fuerte y otros satelitales. En la actual coalición gobernante el problema de origen fue la fórmula invertida. Es decir, la socia capitalista en votos se ubicó segunda en el binomio, y el número uno llegó sin estructura política y tampoco construyó poder propio al ser elegido Presidente. Alberto Fernández quien es un gran negociador, se subsume intentando equilibrios internos, desgastándose y loteando o cediendo espacios de poder. El resultado es acumulación de conflictos paralizando su accionar.

La ex ministra de Hábitat y Vivienda, María Eugenia Bielsa, llegó invitada al gobierno por el Presidente, investida con dos atributos: eficiencia y honestidad. Se dijo que el motivo de su apartamiento fue su ineficacia: al día de su renuncia su ministerio había ejecutado el 76% del presupuesto disponible 2020. Si se le adosa la deuda flotante 2019, esa ejecución asciende al 94% del presupuesto disponible. La ejecución proyectada alcanzaría al 108% a fin de año de no mediar restricciones de Hacienda, es decir el prorrogado 2019 más el refuerzo de $7.500 millones otorgados afectados al Procrear.

Hoy también se tratará en Diputados un proyecto que el Presidente y su ministro Guzmán creen tan inoportuno como la carta de los Senadores oficialistas dirigida a los representantes del FMI. A propósito, CFK -quien sabe perfectamente que esta actitud no favorece las negociaciones de su gobierno-, ¿lo hace convencida o sólo para sostener los votos de su “público”?

El gobierno de Alberto Fernández sigue intentando evitar una devaluación. La experiencia argentina demuestra que una devaluación sin ningún otro cambio termina en más inflación. Es decir, la clave está en un plan integral y pronto, dado que cuanto más tarde, peor.

A propósito del impuesto a la riqueza que al cierre de este análisis contaba con los votos del lavagnismo; el tributarista César Litvin fundamentaba las objeciones al proyecto sobre tres grandes pilares: a) viola la Constitución por la doble imposición y confiscatoriedad por afectar la propiedad privada, b) será un factor desmotivador de la inversión imprescindible para tener menos pobreza, menor desempleo y menos gasto público, y c) no queda claro quién decidirá la forma en que este aporte llegará a los destinos fijados por la ley: vacunas, RENOVAP, subsidios pymes.

Se especulaba con que en el recinto podría cambiarse algunos de los destinos para que lo recaudado vaya a cubrir a aquellos sectores que no recibirán más el IFE. A propósito el ministro de Desarrollo Social, Daniel Arroyo, admitió que habrá un bono de fin de año cuyo monto aún no está definido. Sumará también más partidas destinadas a la tarjeta Alimentar y planes para tres sectores que eran beneficiaros del IFE: el Potenciar Joven y el Potenciar Trabajo.

Arroyo dijo que “bajó un poco la gente que concurre a los comedores especialmente en el conurbano y un poco menos en Rosario y Córdoba dado que hay más changas en construcción y textil. Mi presupuesto originario de 2020 era $84 mil millones, hoy ya dispongo de $240 mil millones. El 80% va a alimentos y el 20% a trabajo. El presupuesto 2021 tiene la intención de ir 50% a alimento y 50% a generar trabajo”. Remata con “¡el Estado no se retira!”. Y ante mi pregunta sobre los índices de pobreza finales de este año dijo: “Quien diga saber los datos reales de la pobreza con los que terminaremos este año, miente. Hoy nadie lo sabe”. El ministro condiciona lo que ocurra el próximo año a una eventual segunda ola de contagios de coronavirus. A propósito, ¿qué política está pensando el gobierno ante lo que pareciese inminente: los alcances de una segunda ola?

Hay una sociedad exhausta, en crisis, agotada ante los fracasos sucesivos. Y un diciembre siempre caliente, con el valor agregado de una pandemia que sigue haciendo estragos en la salud y la economía. Pero Argentina tiene para cada problema, nuevas y mejores divisiones. Ahora volvemos al aborto, luego de meses de cuidar la vida a costa del daño de otras tantas vidas: la económica, la de los sueños, la de la libertad. Ahora el Presidente ha decidido que para cuidar una vida, el Estado auspicie la muerte de otra.

En un día como ayer Perón pedía prudencia.

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