
El sábado pasado la Argentina fue protagonista de una nueva derrota diplomática. El candidato propiciado por los Estados Unidos, Mauricio Claver-Carone, fue elegido presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Y así, por primera vez en sus más de 60 años, la cabeza del organismo será para un ciudadano norteamericano, rompiendo con la importante regla no escrita que determinaba que ese lugar le correspondía a un latinoamericano.
El resultado representa una doble pérdida para la Argentina ya que no sólo reflejó la incapacidad del gobierno nacional de articular y sostener consensos con vecinos y socios estratégicos de América Latina, sino que además, demostró una conducta errática comandada por el canciller Solá que terminó con una derrota diplomática para nuestro país.
En un primer momento, ante el anuncio del gobierno federal de los Estados Unidos de postular un presidente de su nacionalidad, ciertamente fuimos muchos los que de manera decidida y responsable no dudamos en expresarnos en favor del sostenimiento de los usos y costumbres del BID, lo que implicó un llamado a las naciones latinoamericanas y al gobierno nacional argentino a generar un entendimiento que, en un marco de diálogos y vocación regional, unificaran una posición conjunta y presentaran una alternativa que integrara las diversas posiciones de los 26 Estados prestatarios de América Latina y el Caribe.
Sin embargo, con el pasar de los meses aquella posición que había comenzado con un amplio consenso empezó a revertirse ante la errática estrategia argentina que ya mostraba signos de agotamiento y un horizonte de fracaso asegurado. Se hubiera podido parar a tiempo, evitando confrontaciones innecesarias y costosas. La decisión fue seguir y terminamos cosechando fracasos y sumando tensión al vínculo con la administración de Trump.
Una mezcla de análisis equívocos, exceso de optimismo y no saber cuándo detenerse se convirtieron en los ingredientes de la estrategia internacional ejecutada por el Gobierno de Alberto Fernández y su canciller Felipe Solá. De intentar instalar a Gustavo Beliz como candidato, se pasó a promover la no participación en la elección, para finalmente, anunciar la abstención de la República Argentina.
Como si fuera un juego de cartas y subestimando el cálculo costo-beneficio generalizado en las relaciones internacionales, se dejó crecer la tensión y desde Casa Rosada se trazó una retórica confrontativa que se apoderó de la última recta de la campaña para la elección del BID. Sin el apoyo de nuestros principales socios del Mercosur, y con una mayoría manifiesta en contra de nuestra posición, quedamos prácticamente solos en una contienda que, para ese momento, sólo nos generaba pérdidas.
Este mal desempeño dejó expuesto a nuestro país y debilitó nuestra posición internacional. Quedó de relieve la incapacidad de promover una articulación sostenida entre países de América Latina y el Caribe.
En parte por la desacertada estrategia frente al BID, pero también por una serie de errores y pasos en falso acumulados durante los últimos meses en materia de política exterior, entre los que se destaca la salida (y posterior vuelta) de una mesa de negociaciones comerciales del Mercosur.
Y, también, por la innecesaria confrontación con determinados actores de la región que no hacen más que agregar incertidumbre respecto al futuro inmediato de la Argentina en un contexto donde no podemos prescindir de nada. Y no prescindir de nada nos obliga a incorporar el diseño estratégico en cada paso que damos, más aún en materia de política exterior. Esto no significa renunciar a nuestras atribuciones como país soberano, ni acoplarnos servilmente a la estrategia de una u otra potencia extranjera. Significa, nada más y nada menos, que tener identificados objetivos, metas y líneas de acción, evitar dar pasos en falso con costos innecesarios y aprovechar las oportunidades que el mundo nos presenta.
Atravesamos una de las mayores crisis económicas y sociales de nuestra historia, desatadas por la pandemia del COVID-19 y las consecuencias de una larga e incierta cuarentena, que se suman a una dolorosa historia de desigualdad, pobreza e injusticia social. Nuestras políticas gubernamentales tienen que apuntar a revertir esa situación y la política exterior debiera ser un eslabón fundamental en ese camino.
Los años que vienen representarán un desafío sin precedentes para nuestro país. El Estado argentino tiene que estar a la altura, utilizando sus mejores capacidades para promover el desarrollo integral de su población. Nuestras relaciones internacionales pueden, y deben, tener un papel central. Tenemos con qué: un cuerpo diplomático altamente profesionalizado, aún importantes credenciales internacionales de respeto y prestigio y la creatividad que nos caracteriza.
Necesitamos un gobierno nacional que a través de su Cancillería genere las condiciones para la construcción de una región articulada, que coopere y haga uso de las herramientas internacionales creadas para promover su desarrollo, como el BID y las posibilidades de acceso al financiamiento que provee y que podemos destinar a programas de desarrollo económico-social, obras de infraestructura, mejoras institucionales y de los servicios de salud.
No podemos esperar.
El autor es diputado nacional por la UCR, vicepresidente de la Comisión de Relaciones Exteriores y Culto
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