
Escucho a los sanitaristas que plantean la necesidad de cuarentena para evitar contagios y sobre todo el colapso del sistema hospitalario y las muertes consiguientes. Escucho a aquellos que plantean la urgente necesidad de una salida de la cuarentena y la reapertura que permita la reanudación de la actividad económica para no matar a la gente de hambre, angustias, quiebras y enfermedades derivadas.
Debo confesar que ambos argumentos parecen sensatos e incompletos. Llenos de buenas intenciones, pero faltos de información empírica. Hasta ahora nadie me ha presentado una fría proyección analítica y estadística que nos permita saber cuántos muertos, con los márgenes de error de lo impredecible, tendríamos con una o la otra variable.
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Hoy sabemos que en Argentina tenemos algo más de 500 muertos, en Chile 1.000, Perú 3.500, Brasil 21.000, Gran Bretaña 40.000, España e Italia aproximadamente 25.000 cada uno, EE.UU. 110.000 (cifras que dicta mi memoria y a la que hay que agregar el resto del mundo, cifra de fallecidos a la fecha 361.000).
La OMS planteó una mortandad de entre un 1 y 2% de la población mundial, es decir como mínimo 70.000.000 de seres humanos. La última pandemia en 1919 nos cuenta de unos 40.000.000 de muertos en el viejo continente.
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Excepto que la cuarentena haga milagros y el manejo de los países sea extraordinario la cantidad de víctimas fatales hoy (con todo lo dolorosas que puedan ser), sin vacuna, ni medicamentos de comprobada eficacia, no llega al 0,1% de la población mundial. Se vienen desarrollando y probando fórmulas para mitigar el efecto del Covid hasta llegar a la vacuna. Se tienen estimaciones de mejores y peores escenarios.
Hay una conocida sentencia. Si partes de una premisa falsa, tu resultado invariablemente será erróneo y sin entrar en las teorías conspirativas se debe recordar la enseñanza Talmúdica: toda mentira para ser creíble debe tener algo de verdad y una verdad a medias es una mentira absoluta.
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No sabemos negro sobre blanco cuáles son las cifras porcentuales de muertes evitables en cada segmento etareo, ni cuántas de estas personas se hubieran salvado frente a otra enfermedad bronquial estacionaria. Sí sabemos de la alta contagiosidad del virus. No sabemos los montos de las inversiones en los sistemas sanitarios y cuánto nos sale “salvar” o “hipotecar” cada vida.
Increíblemente tampoco tenemos proyecciones y cifras (con los márgenes de error en el mejor y peor escenario) de la cantidad de muertos que se darán por situaciones provenientes de las quiebras empresarias (proyección de suicidios, infartos, etc). Cuando se habla de la caída del PBI en Europa, EE.UU., China, América Latina no se realiza una proyección de la cantidad de pérdidas de puestos de trabajo, aumento de la pobreza, cierre de fábricas, etc.
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Se ha hablado de la guerra contra la pandemia. Nos guste o no, en este arte de la matanza sí tenemos experiencia. Se fijan objetivos y desarrollan movimientos. Los especialistas, antes de una guerra formulan hipótesis de mejores y peores escenarios. Cantidad de muertos directos, víctimas colaterales, capacidad bélica, reservas humanas, económicas y de sostenimiento en el tiempo de la guerra. Es verdad que como también se conoce en este campo, muchas veces se sabe cómo comienza una guerra y no cómo termina. Sí es bueno conocer resultados para poder confrontar con lo que estamos viviendo con la pandemia y sus costos en vidas humanas directas e indirectas.
Algunos ejemplos:
La guerra civil de Siria dejó 400.000 muertos, 1 millón de heridos y 5 millones de desplazados.
La guerra de los Balcanes de los 90 le costó la vida a cerca de 220.000 personas y tuvimos 4.000.000 millones de desplazados.
La Guerra de Irán-Irak de los 80 tuvo cerca de 1.000.000 de muertos, 2.000.000 de heridos y 4.000.000 millones de desplazados.
Anualmente mueren 1.500.000 niños de hambre en todo el mundo. Una enfermedad que por no ser contagiosa parece no preocupar y ocupar la atención y recursos que invertimos en aquella pandemia que nos puede afectar de manera directa.
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Esto sólo habla de cifras frías de víctimas directas y no de las víctimas indirectas, traumas, etc. ni de los costos económicos y sus implicancias.
Vale nuevamente recordar algo de nuestras fuentes. La palabra “guerra” en hebreo se dice miljamá y la palabra “pan” lejem, ambas vienen de la misma raíz y están absolutamente ligadas. En la historia humana las guerras de todo tipo siempre han sido esencialmente por la ambición del lejem en su variadas manifestaciones.
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Es verdad que la conducta humana de las masas está llena de irracionalidad pero también es cierto que hay quienes manejan muy bien la racionalidad para intereses mezquinos. Es función de los intelectuales y el periodismo exigir transparencia y datos racionales para no ser manipulados por unos u otros.
Nunca fui bueno para las matemáticas pero recuerdo que siempre me parecían apasionantes las estadísticas aunque fueran probabilísticas. Me pregunto, con tantos genios de esas ciencias ninguno ha podido mostrarnos negro sobre blanco las variables a considerar para poder analizar racionalmente las opciones y saber dónde “matamos más gente”. Hasta ahora todo parece una profesión de fe. No pretendo exactitudes pero si probabilidades y elementos de juicio racional. Lo que se juega es muy serio como para dejarlo en manos de ideologías y comentarios desinformados.
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Lo que es seguro, es que no hay una solución perfecta ni decisiones que no impliquen altos costos, pero sería deseable tener muy claros los datos para que los Estados tomen la menos mala de las decisiones y los ciudadanos desconcertados podamos sentir que no sólo se apela a nuestras emociones sino en algo a nuestras razones.
Como dice un dicho popular, hay que tener cuidado que la salsa no te salga más cara que los fideos.
*El autor es director general de Radio Jai.
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