El ciberpatrullaje, una herramienta de las dictaduras que alimenta la paranoia colectiva

(aglaplata)
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Estamos todos alarmados, preocupados, sorprendidos por la pandemia que veíamos hasta hace muy poco lejana y ahora convive con nosotros. Mientras aumentan los incipientes estados depresivos por la incertidumbre, otros se mantienen optimistas y la mayoría hace un esfuerzo por cuidarse y adaptarse a una situación para la que ningún ser humano está preparado, la del confinamiento social.

Pero a todos nos une una cosa, la información. Los televisores prendidos, las PC personales hiperconectadas, el smartphone inescindible de nuestras manos y la lectura de horas de diarios y portales en busca de información, ficción, entretenimiento, saber de los demás, estar conectados o como mero pasatiempo.

A falta de contacto social, las redes sociales e internet se nos presentan como el cordón vital que nos mantiene unidos a la realidad, a los afectos, a los amigos, a la prevención, a las noticias y también a las directivas de los gobiernos y autoridades.

En este equilibrio delicado entre la esperanza y el abatimiento, los países se esfuerzan en convocar al esfuerzo colectivo para salir adelante. Por eso causó tanto revuelo y preocupación la confirmación de la ministra Federic sobre el ciberpatrullaje que realizan las fuerzas sobre las redes sociales.

La ministra sabe, como antropóloga social, que la cuarentena hace mutar el debate público de los espacios de siempre, la escuela, el trabajo, las reuniones sociales al espacio virtual, y que por lo tanto es necesario que las libertades individuales sean respetadas allí de igual forma que en una protesta individual, o en una manifestación multitudinaria en las calles.

Instagram, Facebook, WhatsApp, Zoom o Skype se han convertido en el ámbito cotidiano de los ciudadanos, tanto para los que asoman a los balcones a expresarse con aplausos o cacerolazos como para los que casi diariamente acudían al obelisco a reclamar o manifestarse. En las redes se expresan las opiniones, las ideas y también los disensos.

Inmiscuir un ojo tutelar del Estado sobre las redes para conocer el estado de ánimo de la población o el humor social, como lo reconoció la ministra ante los diputados, genera más incertidumbre. El Estado debe asegurarnos durante la emergencia salud, educación, servicio de justicia, protección ciudadana, y la información necesaria para prevenirnos y superar esta crisis sanitaria. El acceso a la información pública, a datos estadísticos confiables, a los números precisos sobre testeos y contagios, la información abierta y confiable sobre las medidas sanitarias y económicas que se van tomando es lo que puede generar tranquilidad sobre el humor social, sería mejor abocarse a ello de inmediato. Profundizar las herramientas de acceso a la información y transparencia y dejar que la ciudadanía piense, se exprese, opine presencial o virtualmente es lo que corresponde a una democracia. Intentar combatir convocatorias a protestas, perseguir opiniones o posteos de tuiteros o investigar supuestas fake news con patrullas virtuales alimenta la paranoia colectiva y genera gran desconfianza. La Desinformación se combate con Información no con patrullaje.

No deben las fuerzas de seguridad confundir su rol: el ciberpatrullaje al que refiere Federic, llevado adelante por las fuerzas policiales, constituye un exceso a su rol y una clara violación a la constitución nacional. El combate al ciberdelito requiere en las naciones democráticas consensos y normas claras para perseguir el discurso de odio, el terrorismo la pedofilia, pero nunca debe utilizarse la inteligencia estatal sobre el humor social. Esos experimentos hacen daño: ya pasamos por las épocas del Proyecto X, cuando la Gendarmería espiaba a dirigentes sociales. En esta crisis que nos angustia tanto, el Estado debe mostrar su costado virtuoso, respetando los derechos individuales y las libertades colectivas. Ejemplos de ciberpatrullaje tenemos muchos, y siempre provienen de dictaduras. Venezuela en el 2017 sancionó la Ley contra el Odio y se crearon patrullas de ciudadanos, los “colectivos chavistas”, que vigilan y denuncian a quienes se expresan en las redes para perseguirlos y encarcelarlos. China con su extensa historia de censura de internet, recientemente persiguió y censuró al médico que denunció la existencia del Coronavirus, el Dr. Chen Qiushi, cuando este informó en Weibo -la red social más usada- sobre las primeras muertes causadas por la enfermedad. Esa censura temprana fue el hecho que tal vez tuvo la mayor responsabilidad en la propagación del virus. Si las ciberpatrullas del régimen chino no hubieran sido tan tristemente eficientes, la historia de la epidemia hubiera sido otra.

La oportunidad que tenemos para superar la pandemia radica en aprender de los errores ajenos, tal como tan correctamente y apoyado por la oposición el Presidente dispuso la cuarentena y las medidas de distanciamiento al ver que muchos países habían demorado la medida con consecuencias graves. En esto también tenemos la oportunidad de no caer en errores ni tentaciones autoritarias, al igual que otros países que optan por la represión del disenso y la vigilancia de internet como amenaza.

La autora fue presidenta de ENACOM



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