Vuelvo sobre el tema de la mediocridad desde otros ángulos. Es, como escribe Enrique Santos Discépolo en Cambalache, en donde resulta que al mediocre le da lo mismo "el burro que el gran profesor". Un antídoto para la mediocridad es la buena lectura que puede resumirse en el subtítulo de uno de los libros de Fernando Savater: "Sobre el gozo de leer y el riesgo de pensar".

Y aquí irrumpe en escena José Ingenieros (1877-1925) escritor, filósofo y médico egresado de la Universidad de Buenos Aires con estudios en París, Ginebra y Heidelberg. Premiado en 1903 por la Academia Nacional de Medicina por su libro Simulación de la locura. En 1908 trabajó en la cátedra de Neurología a cargo de José María Ramos Mejía en la Facultad de Medicina de la UBA y también se hizo cargo de la cátedra de Psicología Experimental en la Facultad de Filosofía y Letras de la misma universidad donde diez años más tarde fue designado vicedecano.

En 1909 fue electo presidente de la Sociedad Médica Argentina. Colaboró en periódicos de inclinación anarquista, y fue fundador y escritor asiduo en diversas revistas y medios periodísticos como La Vanguardia, establecida por Juan B. Justo y Nicolás Repetto, de donde tomó partes de un así denominado socialismo que luego derivó en el socialismo democrático al estilo de Américo Ghioldi. Era la posición intelectual de quienes se oponían a la banca central y sustentaban el libre comercio entre las naciones y el patrón oro, aunque en materia laboral suscribían varios aspectos de raigambre marxista, a pesar de contener en muchos de sus miembros características eminentemente respetuosas para con las autonomías individuales en un contexto de libertad.

En todo caso, en esta nota periodística quiero centrar la atención en una obra de Ingenieros que ha concitado la atención de no pocas mentes inquietas. Se trata de El hombre mediocre, que fueron originalmente sus clases en la antes mencionada cátedra en la Facultad de Filosofía y Letras durante el ciclo lectivo de 1910, luego publicadas en forma de libro.

Cabe destacar la notable maestría con que el autor administra su prosa, imbuida no solo de una muy pulida gramática sino de un formidable ingenio y capacidad descriptiva.

Comienzo por algo que Ingenieros toca al pasar pero que constituye un hallazgo de grandes proporciones del que derivan consecuencias de importancia para la comprensión del individualismo metodológico. Hay veces que uno da por sentado como verdad un error manifiesto y recién uno se percata de la equivocación cuando se desnuda el tema.

Bien, el asunto estriba en que José Ingenieros sostiene que es un error garrafal aludir al "sentido común", ya que se trata en verdad del "buen sentido", siempre personalísimo, ya que no es comunitario el tan cacareado sentido común, puesto que se trata de un antropomorfismo, es decir, se trata de un colectivo como si fuera una persona, lo cual conduce a confusiones varias. Es de la misma estirpe que cuando se parlotea que "el pueblo demanda", "la nación piensa" o "las instituciones dicen" y yerros equivalentes. No hay tal cosa, son metáforas peligrosas, porque conducen a la liquidación de la persona en aras del grupo. Es en rigor la expropiación del hombre que es engullido por lo colectivo. En el mejor de los casos pueden ser abreviaciones que de tanto repetirlas se toman literalmente. Es cierto que puede haber una acepción más benévola del sentido común en cuanto a que apunta a lo que es común a muchas individualidades, pero de todos modos vale la advertencia para no caer en zonceras antropomórficas tipo "Estados Unidos reprobó la conducta de África" y tropelías similares.

Ingenieros define la mediocridad en varios pasajes de su obra como "el hábito de renunciar a pensar", "llaman 'hereje' a quienes buscan una verdad" (sin comprender que, como señaló Shakespeare: "El hereje no es el que arde en la hoguera, sino el que la enciende"), "sus ojos no saben distinguir la luz de la sombra", "la originalidad les produce escalofríos", "pronuncia palabras insubsanciales", "el esclavo o el siervo siguen existiendo por temperamento o por falta de carácter. No son propiedad de sus amos, pero buscan la tutela ajena", "incapaces de elevarse de la condición de animales de rebaño", "rechazan la aristocracia del mérito", "creen que el buen humor compromete la respetuosidad" y "su pasión es la envidia".

A título personal, analizaremos brevemente las dos últimas referencias en sendas por la que ya hemos transitado con anterioridad, pero que se hace necesario reiterar en vista de lo apuntado por Ingenieros. En primer lugar, la importancia del humor. Debemos tener muy presente que nos encontramos ubicados en un universo en el que existen millones de galaxias con altísimas probabilidades de vida inteligente en otros mundos y concientes de nuestra inmensa ignorancia de casi todo. Estas son poderosas razones para no tomarnos demasiado en serio.

El sentido del humor no significa para nada frivolidad, es decir, aquel que se toma todo con superficialidad y descarta y desestima los temas graves. Tampoco el sentido del humor alude a lo hiriente y agresivo, ni las referencias a temas que no son susceptibles de risa.

Platón sostenía en La República: "Los guardianes del Estado" debían controlar que la gente no se ría, puesto que eso derivaría en desorden (lo mismo sostuvo Calvino). De esta tradición proceden las prohibiciones de mofas a los gobernantes autoritarios en funciones. Nada más contundente para gobernantes que se burlen de ellos.

La seriedad cuando se está frente a temas serios es una cosa y la solemnidad pomposa es otra. Es curiosa la psicología junto a la fisiología: nadie explicó la razón de llorar cuando nos duele el alma y reír cuando estamos alegres, ¿por qué no al revés? Del mismo modo, Aristóteles se pregunta por qué no nos reímos cuando nos hacemos cosquillas a nosotros mismos. En realidad, la risa es propiamente humana, lo de la hiena es un simulacro, igual que el amor (por eso aquello de "hacer el amor" para asimilarlo a las relaciones sexuales es limitar lo sublime del amor que va más allá de lo puramente físico y es característico de lo humano).

Debido a que nos equivocamos con frecuencia, es sano reírse de uno mismo. En reuniones sociales es de interés probar el sentido del humor contando errores garrafales que uno comete y se observará dos tipos de personas: los que siguen la gracia y agregan casos propios, y a los que les parece un desatino la patinada que uno cuenta. Hay que estar prevenido y alerta respecto a este último grupo de supuestos infalibles, un signo de mediocridad.

En segundo lugar, la envidia. La manía de la guillotina horizontal básicamente procede de la envidia, además de conceptos errados. De allí surge el inaudito dicho: "Nadie tiene derecho a lo superfluo mientras alguien carezca de lo necesario", como si nadie pudiera comer langosta antes de que todo el planeta tuviera pan sin comprender que el lujo es el estímulo para que los eficientes expandan su producción haciendo que lo superfluo hoy resulte en un bien de consumo masivo mañana. Las tasas de capitalización que resultan de ganancias incrementadas es lo que hacen posibles salarios e ingresos mayores en términos reales. Que nadie pueda contar con una computadora antes de que todos dispongan de papel y lápiz es tan descabellado como suponer que nadie pueda tocar la guitarra antes de que todos tengan zapatos.

La envidia es en realidad un complejo de inferioridad y de gran inseguridad. La persona envidiosa sabe que carece de las cualidades que posee el envidiado y, cuando más cerca se encuentra, mayor es la dosis de envidia. No es frecuente que en nuestros días se envidie la capacidad oratoria de Cicerón, sin embargo, es un lugar común que se envidie al vecino o al pariente.

Como bien ha consignado el célebre H. L. Mencken en el contexto de los envidiosos: "La injusticia es relativamente más aceptada, lo difícil de absorber es la justicia", es decir, los talentos y los dones del envidiado.

Por supuesto que debe distinguirse el espíritu de emulación a lo bueno y noble de lo que es la envidia. Aristóteles hacía esta importante distinción. Lo primero empuja la vara y apunta a la excelencia, mientras que lo segundo hunde en el pantano.

He contado antes la historia, pero es pertinente reiterarla. Cuando el destacado empresario Goar Mestre se exilió de Cuba, luego de que todos sus bienes fueron confiscados por la tiranía castrista, en casa de mi padre una vez nos mostró un diario editado en Miami por cubanos en el exilio. En ese periódico se leía que un fulano declaraba: "La revolución arruinó mi vida y la de mi familia, pero por lo menos le sacaron todo al millonario Mestre". Este es el espíritu maligno de la envidia, aunque el titular la pase mal, se satisface con la destrucción de personas exitosas.

En lo que posiblemente sea el tratado sobre la envidia más suculento escrito por Helmut Schoeck, este autor concluye sobre lo que es en verdad un espíritu de demolición: "La mayoría de las conquistas científicas por la cuales el hombre de hoy se distingue de los primitivos por su desarrollo cultural y por sus sociedades diferenciadas, en una palabra, la historia de la civilización, es el resultado de innumerables derrotas de la envidia, es decir, de los envidiosos".

Aparecen muchas formas de disfrazar la envidia. Tal vez la más común sea la necesidad de liberarse de responsabilidad y endosar la culpa de la situación desfavorable del envidioso sobre las espaldas del envidiado, sugiriendo aquí y allá que lo desventajoso del envidioso se debe a un mal comportamiento del envidiado o de circunstancias que lo colocan en ventaja de modo inaceptable al sentido de ecuanimidad. Sin duda que en este mismo contexto una errada aplicación de lo que en la teoría de los juegos se denomina "la suma cero" juega un rol importantísimo en la psicología de la envidia.

Así se sostiene en el terreno crematístico que lo que uno no posee es porque el otro lo tiene, como si la riqueza fuera una torta que hay que repartir, sin percatarse de que en procesos abiertos de lo que se trata es de multiplicar las tortas. Y en el campo de los talentos y las apariencias físicas siempre el envidioso encuentra excusas y subterfugios para victimizarse porque no puede competir con éxito. La competencia lo inhibe, se oculta en diversos disfraces para eludirla y pretende actuar con base en privilegios alegando "competencia limpia".

Por último y volviendo directamente a Ingenieros, contrasta con énfasis el mediocre con el idealista, el cual considera que muestra "un gesto del espíritu hacia alguna perfección" y, en línea con la manía de emprenderla contra la teoría, afirma: "Los ideales, por ser visiones anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta y son el instrumento natural de todo progreso humano", es "la anticipación de la imaginación a la experiencia", es "el contraste entre el servilismo y la dignidad", son los que "clavan las pupilas en las constelaciones lejanas y de apariencia inaccesible", son "los que no se dejan domesticar" y hablan claro y fuerte sin rebusques y poses alambicadas.

En resumen, aludiendo a la mediocridad de quienes profesan especial fobia por el trabajo teórico de lo cual depende toda práctica que no proceda a los tumbos, nos dice el autor: "Sin ideales sería inconcebible el progreso. El culto del hombre práctico está limitado a las contingencias del presente".

El autor es Doctor en Economía y también es Doctor en Ciencias de Dirección, preside la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires y es miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.