
Estaba pensando en cuánto daño genera en los niños el hecho de que los padres, frente a una separación y sus conflictos, pongan a sus hijos como rehenes de ese proceso. Uno lo ve a diario: la desestabilización afectiva y la desorganización emocional que produce es inconmensurable. Padres que hacen catarsis de su dolor o de su odio frente a ellos, o se victimizan para lograr empatía y que el pibe "tome partido" y les generan demenciales conflictos de lealtades que los chicos no pueden resolver. Padres que arman una relación simétrica con sus hijos, cuando no lo es. Uno es adulto, el otro es un niño.
Los psicólogos trabajamos permanentemente acompañando a personas en procesos de separación, y uno lo ve: hay una tendencia, consciente o inconsciente, de llevar a los niños para uno u otro lado. No es que esos padres lo hacen de puro destructivos que son con sus hijos, algunos quizá sí; pero en general, simplemente, cuando hay mucho dolor y odio, a veces las personas sacan lo peor de sí y se nublan en su capacidad de evaluar los daños de una conducta.

La vez pasada una consultante me decía avergonzada que se había encontrado chantajeando a su ex con las visitas a sus hijos. La situación era del tipo "si no haces tal cosa, no ves a tus hijos", algo así. Estamos hablando de una buena persona que al darse cuenta que estaba haciendo eso… en el mismo momento pudo retroceder y pedir disculpas, se dio cuenta: sus hijos estaban ansiosos de ver a su papá, y ese padre también, y ella, por un enojo, por rencores acumulados, estaba frustrando ese encuentro. La relación con su ex pareja era regular, y hasta les diría que tenía razones válidas para cierto enojo; pero estaba cruzando un límite, le estaba saliendo algo feo de sí, pero lo identifica y retrocede.
Es decir: puede ser muy tentador para mucha gente utilizar a los hijos para atacar a un adulto, pero el daño es muy grande. Muchos lo llaman "lavado de cerebro", o "síndrome de alienación parental", no importa cómo se lo llame; el asunto es que cuando empezamos a llenar de odio a un niño, por lo que sea, y más hacia un padre o madre…estamos instalando lo peor del mundo en él, y lo estamos confundiendo; lo metemos en un conflicto de lealtades entre papá y mamá, mal camino, muy malo.

Los niños no pueden procesar eso que reciben, se marean, confunden, se llenan de fantasías negativas, angustias y síntomas. Por otro lado, la verdad, les matamos un poco la infancia: les trabamos muchísimo su normal desarrollo psicoemocional. Porque la cabeza de ese niño va a empezar a ocuparse todo el tiempo en asuntos que no son los adecuados para su edad. Tenemos que hacer el mayor esfuerzo (el mayor) en cuidarlos de eso. Los niños no tienen y no deben ser un instrumento de nuestro odio, no tienen que tomar partido de uno u otro progenitor en un conflicto, no tienen que presenciar (o escuchar) el maltrato, la violencia y los límites que se puedan llegar cruzar producto del rencor.
Si hay niños, tenemos que hacer un esfuerzo desmedido por poder controlar esas pasiones y no trasladárselas a ellos. Esto es así, sin debate, no todo es relativo, esto tiene que ser así: hay que reducir lo más que se pueda todo eso, siempre. Mirémoslos a los ojos, miremos la cara de nuestros hijos, la transparencia de su mirada, no saben qué carajo hacer con todo eso, con esa toxicidad que a veces tenemos los adultos, no lo pueden elaborar, sólo enferman y se les limita la vida.

Los niños no tienen que estar en ese conflicto, nunca. La salud mental de nuestros hijos tiene que estar por sobre nuestro narcisismo, odio o rencor, o de lo que sea. Ahora bien: ¿Hay que estar como si nada, ocultando todo a los hijos? No, por supuesto: ellos son como una púa de tocadiscos, muy sensibles, captan todo, la más mínima vibración. Se puede hablar y transmitir que no se está pasando un buen momento, ser realistas dentro de los límites que tienen los niños para la comprensión de ciertas cosas; hasta se puede poner en palabras: "hijo, yo estoy pasando un mal momento, no estoy bien, a veces me enojo con mamá, por cosas de grandes, cosas comunes, pero ya se me pasa, y con mama estamos trabajando para llevarnos bien". Digo, como último recurso, es preferible decir algo, y no que el niño esté escuchando el odio, los llamados telefónicos agresivos, etc.
La peor de todas las miserias humanas, es descargar el odio, las frustraciones con eses seres indefensos que son nuestros hijos, recuerden eso siempre. No es con ellos con los que tenemos que hablar y descargar el conflicto. No tienen herramientas para digerir ni metabolizar eso. Seamos prudentes, pensemos en lo que es "ser un niño", recordemos esa etapa de la vida en nosotros, ¿cómo era nuestro mundo emocional? ¿Cómo sentíamos la realidad y lo que veíamos en nuestros padres? ¿Cómo nos impactaban sus peleas? Entonces la introspección y bucear en nuestra propia historia es la clave, es la brújula para poder separar las cosas. Tengamos presente estas sugerencias, lo niños primero, siempre.
Por Gervasio Díaz Castelli
Facebook: Gervasio Díaz Castelli
Twitter: @gerdiazcastelli
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