Así nació la Charrería, el deporte nacional que lleva el orgullo de México

La figura del charro y el vínculo con los caballos y el ganado dieron forma a una práctica que pasó de las haciendas a los lienzos y posteriormente a las grandes competencias

Jinete de espaldas sobre un caballo gris gira una soga en el aire dentro de un lienzo de arena con arcos de piedra al fondo.
(Imagen Ilustrativa Infobae)
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La Charrería es una de las expresiones más representativas de la identidad mexicana. Sus raíces se encuentran en el campo y en las actividades relacionadas con el manejo del ganado y los caballos, prácticas que con el paso de los años evolucionaron hasta convertirse en un deporte con reglas, asociaciones y competencias.

De acuerdo con la Federación Mexicana de Charrería, durante la época de la Colonia el acceso de los indígenas a los caballos estaba restringido, debido a la importancia que estos animales tuvieron durante la conquista. Sin embargo, existen registros de algunas de las primeras autorizaciones para que los habitantes originarios pudieran montar.

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Una de ellas ocurrió el 16 de noviembre de 1619, cuando el Marqués de Guadalcázar, Don Diego Fernández de Córdoba, otorgó autorización, por mandato del Virrey Luis de Tovar Godínez, al padre jesuita Gabriel de Tapia para que 22 indígenas montaran a caballo con el objetivo de cuidar y pastorear más de 100 mil cabezas de ganado menor de la Hacienda de Santa Lucía, en el distrito de Pachuca, actualmente en Hidalgo.

Los primeros pasos de la Charrería en México

Silueta de un jinete con sombrero sobre un caballo en una colina con agaves y nopales, con el sol poniente en el horizonte.
(Imagen Ilustrativa Infobae)

Décadas antes, en 1555, el segundo Virrey de la Nueva España, Don Luis de Velasco, había establecido una montura diferente a la utilizada por los españoles. De esta manera surgieron las primeras sillas mexicanas y frenos con características propias para las necesidades vaqueriles de la Nueva España.

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Durante ese periodo también tuvieron participación los caciques otomíes Nicolás Montañéz y Fernando de Tapia, además del instructor Fray Pedro Barrientos, quienes contribuyeron a la cimentación de la actividad.

Otro personaje señalado en esta historia es Sebastián de Aparicio, quien adquirió la Hacienda de Careaga, ubicada entre Azcapotzalco y Tlalnepantla. Ahí se dedicó a la agricultura y la ganadería y enseñó a indígenas una nueva actividad: primero la doma de bovinos y posteriormente la del ganado caballar.

A pesar de que el uso de los caballos estaba reservado para los conquistadores, estas prácticas comenzaron a extenderse y dieron origen a un nuevo oficio que posteriormente recibió el nombre de Charrería.

La actividad comenzó a desarrollarse principalmente en las haciendas de Hidalgo, Puebla y el Estado de México, para después extenderse por distintos puntos de la Nueva España y llegar hasta el Virreinato de la Nueva Galicia, en lo que actualmente corresponde a Jalisco y sus alrededores.

Ponciano Díaz y el crecimiento de la Charrería

Fotografía sepia de un hombre con sombrero, chaqueta, pantalón decorado y bigote que sostiene una soga y apoya un pie sobre una piedra.
(Imagen Ilustrativa Infobae)

Con el paso del tiempo, el uso de los caballos se generalizó entre los habitantes del país y los hacendados y sus trabajadores comenzaron a demostrar su habilidad en el manejo de los animales.

En 1880 apareció una figura que sería fundamental para la popularización de la Charrería profesional: Ponciano Díaz, conocido como el “Charro Ponciano”.

Originario de la Hacienda de Atenco, en Hidalgo, Ponciano Díaz impulsó la actividad y la convirtió en un espectáculo basado en la valentía y la destreza. Además, combinó la Charrería con la Tauromaquia y fue el primero en ejecutar la suerte de banderillas a caballo, inventada por el también charro mexicano Ignacio Gadea.

Ponciano Díaz formó parte de un grupo integrado, entre otros, por Agustín y Vicente Oropeza, Celso González, Vicente Conde y Manuel González Aragón. Con ellos viajó a España en 1889 para presentar exhibiciones de Charrería y toros al estilo mexicano.

El interés por llevar esta tradición más allá de México continuó durante los siguientes años. En 1894, un grupo de 12 charros encabezados por Vicente Oropeza salió de Monterrey rumbo a Nueva York, donde recorrieron distintos lugares y recibieron una importante respuesta del público.

Oropeza incluso fue reconocido por los estadounidenses como “Campeón de Lazo en el mundo”, debido a la habilidad que mostró al florear y lazar.

Seis años después, en 1900, otro grupo de charros viajó a París para presentar el arte de la Charrería. Posteriormente se realizaron más expediciones a distintos países, principalmente aquellos donde existía alguna tradición relacionada con el caballo.

Entre los lugares visitados estuvieron Argentina, Colombia, Venezuela, Chile, Estados Unidos, Canadá, España, Francia y Portugal.

De tradición del campo a deporte nacional

(Imagen Ilustrativa Infobae)
(Imagen Ilustrativa Infobae)

La Charrería también comenzó a relacionarse con distintas actividades artesanales y oficios. Su desarrollo estuvo ligado a la sastrería, sombrerería, platería, zapatería, talabartería, curtiduría, fabricación de sarapes, elaboración de reatas, herrajes, bordados y trabajos en pita.

La organización de la actividad también comenzó a tomar forma durante el siglo XX. El 4 de junio de 1921 surgió en el entonces Distrito Federal la primera asociación, llamada “La Nacional”.

Después se fundó el Club Nacional de Charros Potosinos, actualmente Potosina de Charros, el 29 de abril de 1923, mientras que el 8 de agosto de ese mismo año nació en Toluca la tercera asociación de charros del Estado de México.

De esta manera, la Charrería pasó de las actividades realizadas en el campo a una práctica que comenzó a organizarse y reglamentarse en las ciudades.

El 16 de diciembre de 1933 se fundó la Federación Nacional de Charros, organismo que asumió la tarea de agrupar a las asociaciones existentes, organizar competencias y establecer un reglamento común para unificar los criterios en la práctica del deporte.

Las suertes que forman parte de la Charrería

Un jinete de espalda con sombrero gira una soga sobre un caballo blanco en un terreno de tierra frente a arcos de piedra.
(Imagen Ilustrativa Infobae)

La práctica de la Charrería está dividida en 10 suertes. El término responde a que el resultado de cada ejecución depende también del comportamiento del animal con el que se realiza.

Incluso con experiencia y preparación, existen ocasiones en las que el animal no permite que una suerte se ejecute de la manera esperada, por lo que el desempeño puede verse afectado.

La disciplina también es considerada una de las más completas debido a que se practica al aire libre y requiere la activación de distintos músculos del cuerpo, ya sea durante el movimiento del caballo o al realizar maniobras con los animales.

Una particularidad de la Charrería es que los participantes no reciben un sueldo por actuar. Incluso cuando deben recorrer grandes distancias, los gastos son cubiertos parcialmente con las aportaciones del público y, en ocasiones, por los propios integrantes de los equipos o las asociaciones.

Los charros también enfrentan riesgos durante las competencias, debido a la naturaleza de las actividades que realizan con los caballos y otros animales.

Otra característica de la disciplina es su sistema de puntuación. Una suerte que no se ejecuta puede representar cero puntos, mientras que una ejecución incorrecta puede generar además puntos negativos como sanción.

La Charrería y sus competencias

Cada año se realizan competencias entre equipos de los distintos estados para definir a los conjuntos que tendrán derecho a participar en el Congreso Nacional.

En esta competencia se reúnen equipos de distintas partes de la República para buscar un lugar entre los mejores del país. Los Congresos Estatales y Nacionales también tienen una importante presencia de público y generan afluencia turística en los estados que los reciben.

La Charrería está además considerada como reserva del Ejército en la rama de caballería, por lo que sus integrantes deben observar determinadas normas adicionales a las propias de la práctica deportiva.

El traje charro también cuenta la historia

Manos de un artesano ajustando herrajes de plata en una montura de cuero junto a un sombrero blanco decorado en una mesa de madera.
(Imagen Ilustrativa Infobae)

La identidad de la Charrería no se limita a las suertes y competencias. La vestimenta también está reglamentada y forma parte de la tradición.

Actualmente existen cinco atuendos reglamentados por la Federación: Faenas, Media Gala, Gala, Gran Gala y Etiqueta. Los dos últimos están destinados principalmente a ceremonias especiales o fiestas de noche.

El traje de Faena es considerado el atuendo mínimo para quien practica la Charrería y está compuesto por sombrero de fieltro o palma, camisa estilo pachuqueño, pantalón de corte charro, botines, corbata de moño, espuelas y chaparreras.

También existen reglas para elementos específicos de la vestimenta, como las camisas, los zapatos y las corbatas. En el caso de estas últimas, el rojo es el único color permitido dentro de los criterios señalados por la Federación.

La indumentaria charra se ha convertido así en una parte fundamental de la identidad de esta disciplina, que con el paso de los años dejó de ser exclusivamente una actividad vinculada al trabajo del campo para convertirse en una práctica deportiva organizada.

Desde las primeras actividades con ganado y caballos hasta los grandes congresos y competencias, la Charrería mantiene una relación estrecha con las tradiciones, oficios y expresiones que forman parte de la identidad mexicana.

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