
En una ciudad donde persisten las desigualdades por género, raza, orientación sexual, discapacidad, clase social y otras condiciones, la gordofobia continúa operando como una forma estructural de discriminación que suele pasar inadvertida o minimizarse.
No se expresa únicamente en insultos o burlas: también condiciona el acceso al empleo, la atención médica, el transporte, los espacios recreativos, la cultura y la participación cotidiana de las personas con obesidad o sobrepeso.
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Los hallazgos de la Segunda Jornada de Conversaciones Gordas. Experiencias, diversidad y política, organizada por el Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (Copred), muestran que el tamaño corporal sigue utilizándose como criterio para excluir, estigmatizar o restringir derechos.
Aunque la percepción de discriminación hacia las personas gordas mostró un descenso en las distintas ediciones de la Encuesta sobre Discriminación en la Ciudad de México (EDIS), al pasar de 86.3% a 72.3%, esta población se ubicó entre los lugares 13 y 16 de los 41 grupos identificados como más discriminados.
Además, 7.6% de los testimonios registrados en la EDIS 2021 refirió discriminación por motivos de “sobrepeso”.
Para la Copred, estas cifras reflejan la persistencia de un valor social asignado a la imagen corporal y de tratos desiguales contra la diversidad de cuerpos.
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Entre 2014 y el 30 de junio de 2026, el Consejo registró 15 expedientes de queja vinculados con discriminación por apariencia física o gordofobia. Los derechos afectados incluyeron el trabajo, la igualdad y no discriminación, así como la recreación.
La mayor concentración de casos ocurrió en el ámbito laboral: personas que no fueron contratadas por su apariencia, que fueron removidas de sus puestos o asignadas a tareas consideradas “aptas para cargar cosas pesadas” o para “no dar mala imagen al establecimiento”.
El cuerpo como filtro para conseguir y conservar un empleo
La discriminación laboral por gordura no se limita al momento de la contratación. De acuerdo con los testimonios recopilados durante la Jornada, también aparece en las posibilidades de ascenso, en el acceso a capacitaciones, en la distribución de tareas, en el trato cotidiano y en las condiciones materiales de los centros de trabajo.
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En los cuestionarios aplicados durante el panel sobre derecho al trabajo se documentaron 19 relatos de experiencias de discriminación. Ocho correspondieron a exclusión durante procesos de contratación, frecuentemente después de entrevistas presenciales y bajo argumentos como “no cubrir el perfil”, “buena presentación” o una imagen más “apegada a la marca”.
En dos casos, el sobrepeso fue expresado abiertamente como motivo para no contratar a la persona aspirante.
Otras ocho experiencias se relacionaron con el condicionamiento del empleo o la negativa de desarrollo profesional.
Los testimonios registraron exigencias de bajar de peso para conservar determinadas funciones, restricciones para acceder a puestos de mayor responsabilidad y asignaciones de tareas físicas basadas en estereotipos sobre los cuerpos gordos.
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También se documentaron casos en los que la apariencia fue considerada un obstáculo para ocupar puestos directivos o de representación institucional.
Uno de los estudios retomados en la Jornada fue la tesis de Eva González, publicada en 2018, sobre discriminación por obesidad en México.
La investigación utilizó currículos ficticios con fotografías modificadas digitalmente y encontró que, mientras no había diferencias significativas en las respuestas obtenidas por hombres con normopeso y hombres con sobrepeso, las mujeres con sobrepeso enfrentaban un sesgo mayor: tuvieron que enviar 36% más solicitudes para recibir el mismo número de respuestas que las mujeres con normopeso.
El impacto no es sólo simbólico. La exclusión de oportunidades laborales afecta la autonomía económica, la estabilidad y el acceso a otros derechos.
Las personas participantes de la Jornada señalaron consecuencias como estrés, depresión, sentimientos de vergüenza e invalidación, abandono de trayectorias profesionales y una carga adicional para demostrar que pueden ocupar espacios que, desde el inicio, las colocan bajo sospecha.
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Las propuestas recogidas en el informe apuntan a fortalecer las normas y políticas contra la discriminación por gordura, revisar los procesos de reclutamiento y selección, y valorar capacidades, experiencia, conocimientos y aptitudes antes que talla o peso.
Asimismo, plantean la necesidad de adecuar mobiliario, uniformes e infraestructura laboral a la diversidad corporal.
Espacios que expulsan: de la butaca al transporte público
Los testimonios sistematizados por Copred muestran que la gordofobia también adquiere una dimensión material. En la Ciudad de México, el acceso a espacios públicos y privados está condicionado por diseños urbanos, mobiliario, equipos y servicios que responden a una idea homogénea del cuerpo.
Esta exclusión se manifiesta en asientos estrechos, pasillos reducidos, baños inaccesibles, transporte público insuficiente, juegos mecánicos con límites de peso y falta de equipo médico adecuado.
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Durante la Jornada se recibieron 23 relatos sobre restricciones en el uso de espacios. Doce de ellos se relacionaron con barreras de accesibilidad física, como butacas, sillas, camillas, mesas de exploración, transportes, instalaciones sanitarias y equipos diseñados sin considerar corporalidades diversas.
Diez experiencias reportaron la negación de acceso o permanencia en espacios y servicios, entre ellos establecimientos de entretenimiento, juegos mecánicos y actividades recreativas.
El transporte público terrestre y aéreo fue señalado como uno de los principales escenarios de discriminación.
Las personas participantes mencionaron dificultades para ocupar asientos, circular por pasillos o pedir extensiones de cinturón de seguridad sin recibir gestos de rechazo o comentarios despectivos. También se registraron testimonios sobre cobros dobles en transporte del Estado de México o negativas de ascenso a unidades por el tamaño corporal.
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Estas experiencias no sólo generan incomodidad. El informe identifica afectaciones emocionales, restricciones a la vida social, limitaciones a la movilidad y la autonomía, costos adicionales y obstáculos para ejercer el derecho a la ciudad.
Algunas personas dijeron evitar parques, aviones, centros nocturnos, teatros o espacios recreativos ante la anticipación de un trato hostil o la falta de condiciones para permanecer con seguridad y comodidad.
Las personas participantes propusieron incorporar el Diseño Universal desde el inicio de los proyectos arquitectónicos, urbanos y de productos, en lugar de asumir que las adecuaciones son excepciones posteriores.
La demanda no se limita a ampliar dimensiones: plantea transformar la manera en que se conciben los espacios, de modo que la diversidad corporal sea un criterio de diseño y no una anomalía que debe adaptarse.
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Atención médica atravesada por prejuicios
El informe también identifica al sistema de salud como uno de los ámbitos en los que la gordofobia tiene consecuencias más directas. En los cuestionarios del panel sobre salud se registraron 27 relatos de derecho negado, limitado o condicionado por ser una persona con sobrepeso.
Las experiencias incluyeron recomendaciones de bajar de peso sin atender el motivo específico de consulta, diagnósticos incorrectos o tardíos, comentarios denigrantes, condicionamiento de tratamientos y falta de infraestructura adecuada.
La categoría más frecuente fue la priorización de la pérdida de peso, presente en 12 testimonios. Personas participantes relataron haber recibido dietas restrictivas, medicamentos o canalizaciones a nutrición aun cuando acudían por padecimientos no relacionados con el peso.
Nueve relatos señalaron diagnósticos y tratamientos incorrectos derivados de asociar automáticamente la gordura con enfermedades como diabetes o hipertensión sin realizar análisis suficientes.
También se documentaron cuatro casos de condicionamiento o negación de tratamientos hasta que la persona perdiera peso. En uno de los testimonios, una persona con insuficiencia pulmonar esperaba desde hacía cinco años un cateterismo mientras era canalizada a servicios de nutrición y recibía medicamentos para adelgazar.
Otro relato señaló que en tres hospitales públicos se negó la realización de estudios tras un accidente automovilístico porque los aparatos de rayos X no podían abarcar un peso mayor a 100 kilos.
Las personas asistentes definieron el derecho a la salud como acceso a atención integral, libre de discriminación y con trato digno. Entre las propuestas se encuentran la capacitación permanente del personal sanitario en gordofobia, gordoodio y diversidad corporal; protocolos de atención construidos con participación de personas con obesidad; infraestructura y equipos adecuados; y políticas públicas que no reduzcan el bienestar a la pérdida de peso.
El planteamiento central de las discusiones es que la gordura no debe convertirse en una explicación automática de cualquier malestar ni en una justificación para postergar, condicionar o negar la atención.
La experiencia documentada señala que el estigma puede generar miedo, enojo y desconfianza hacia los servicios médicos, hasta derivar en la evitación o abandono de consultas.
Representación, cultura y derecho a existir sin castigo
La exclusión también está presente en las artes, los medios y la representación cultural. Los testimonios recogidos durante la Jornada describen cómo las personas gordas suelen ser relegadas a personajes cómicos, malvados o vinculados con la comida, mientras que sus capacidades escénicas, técnicas o creativas son puestas en duda. En espacios de formación artística, algunas personas refirieron mensajes directos o indirectos sobre la necesidad de adelgazar para poder participar.
De 18 testimonios analizados sobre discriminación en las artes, 13 correspondieron a exclusión de espacios laborales, formativos o recreativos, así como a autoexclusión ante la expectativa de rechazo. Nueve se relacionaron con la reproducción de estereotipos, y cuatro con ridiculización mediante burlas, comentarios o asignación de personajes estigmatizantes.
Las propuestas se orientan a normalizar la presencia de corporalidades gordas en todas las disciplinas artísticas, no como una inclusión excepcional o limitada a categorías diferenciadas, sino como creadoras, intérpretes, protagonistas y referentes con posibilidades diversas de representación.
También demandan condiciones materiales, presupuestos, espacios seguros, formación y difusión para las producciones artísticas realizadas por personas obesas.
El informe concluye que la gordofobia y el gordoodio son fenómenos estructurales: no se reducen a actos individuales, sino que se reproducen en decisiones institucionales, prejuicios laborales, infraestructura, servicios, normas sociales y representaciones culturales.
Estas prácticas se entrecruzan con el racismo, el clasismo, el capacitismo, el sexismo, la heteronorma y el edadismo, profundizando las desigualdades para quienes habitan más de una condición históricamente discriminada.
Frente a ello, las personas participantes plantean una respuesta integral: cambios legislativos e institucionales, políticas públicas, transformación cultural, infraestructura adecuada, representación digna y participación directa de las personas gordas en las decisiones que afectan sus vidas.
La demanda de fondo es que la corporalidad deje de utilizarse como un criterio para definir quién merece trabajar, moverse, recibir atención médica, ocupar espacios o ser visto con dignidad.
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