
Las vacaciones de verano traen consigo una pregunta que para muchas familias parece simple, pero que encierra cuestiones de bienestar emocional, crianza, organización doméstica y funcionamiento cerebral: ¿Qué ocurre con la infancia y la adolescencia cuando se interrumpe el ciclo escolar? Durante estos meses, la rutina diaria se transforma, y con ella, los ritmos y dinámicas dentro del hogar.
Según especialistas de la Universidad Iberoamericana, este periodo no debe considerarse únicamente como un espacio para el descanso o el ocio, también implica diversos cambios en los horarios, la alimentación, el sueño, la convivencia y el uso de dispositivos electrónicos. Por ello, advierten que no conviene saturar cada jornada de actividades ni permitir que todo el tiempo libre se consuma frente a pantallas. Lo recomendable es construir hábitos flexibles que integren reposo, juego, aburrimiento, interacción y seguridad.
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La Dra. Perla Xóchitl Leal Galicia, experta en neurociencia y psicología, señaló que la escuela proporciona algo fundamental: estructura. Asistir a clases significa contar con referencias temporales claras para comer, dormir, aprender y socializar. Cuando esta organización desaparece de manera abrupta, pueden aparecer dificultades tanto en el estado de ánimo como en los procesos cognitivos.
El valor de la rutina en vacaciones
Para la especialista, los institutos ofrecen un marco temporal que ayuda a los menores a identificar el día, la hora y el paso del tiempo. Sin esa referencia, puede haber confusión, alteraciones en el descanso nocturno y cambios en la alimentación. El cuerpo humano funciona a partir de relojes internos que se sincronizan con esos ritmos de vida: al modificarlos de forma prolongada, resulta más difícil regresar al ritmo cotidiano.
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La recomendación no es imponer una rutina rígida ni convertir el receso escolar en un espacio sin reglas. Es necesario construir una estructura flexible, con horarios más relajados para levantarse, comer, jugar o descansar, pero manteniendo ciertos puntos de referencia para que tanto el cuerpo como la mente conserven estabilidad.
La Dra. Ana Lilia Villafuerte Montiel, coordinadora de posgrado en psicología, aseguró que este periodo puede ser un desafío emocional, ya que muchos menores no están habituados a desconectarse, aburrirse o realizar actividades distintas a las digitales. Sugiere dialogar con hijas e hijos sobre sus intereses y necesidades, así como diseñar juntos un calendario que contemple actividades, tareas, momentos de convivencia y también espacios sin obligaciones.
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Aburrimiento y creatividad: una oportunidad educativa
Ambas especialistas destacaron que el aburrimiento, lejos de ser un problema, puede resultar beneficioso. Permite fortalecer la tolerancia a la frustración y fomenta la creatividad. Al no tener una agenda dirigida, niñas, niños y adolescentes pueden descubrir intereses propios, inventar juegos, experimentar nuevas habilidades o simplemente convivir de otro modo.
Desde la perspectiva neurocientífica, el cerebro necesita pausas tras los periodos de actividad. Estas etapas de quietud favorecen la reorganización mental, la formación de nuevas conexiones y la recuperación de la energía necesaria para seguir aprendiendo.
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Pantallas y cuidado de la salud mental
Uno de los mayores retos en vacaciones es la gestión del tiempo frente a celulares, videojuegos y redes sociales. La Dra. Villafuerte recomendó que madres, padres y cuidadores den el ejemplo y acuerden límites razonables para el uso de estos dispositivos. No se trata solo de prohibir, sino de acompañar, distinguir entre consumo individual y compartido, y conversar sobre lo que se ve o se juega en familia.
Además, es importante observar si el uso excesivo de pantallas responde a otras necesidades emocionales, como evasión, tristeza o conflictos. Algunas señales de alerta incluyen irritabilidad, aislamiento, cambios bruscos de humor o pérdida de interés en la convivencia. En estos casos, primero se sugiere dialogar, ajustar rutinas y buscar apoyo en la red familiar; si el malestar persiste, es aconsejable consultar con profesionales en salud mental.
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Durante las vacaciones, el cuidado no solo debe centrarse en las y los menores. Las personas adultas responsables a menudo enfrentan una carga emocional y organizativa adicional. Recuperar redes de apoyo, delegar tareas y priorizar momentos de autocuidado son estrategias que contribuyen al bienestar de toda la familia.
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