
El riesgo de desarrollar demencia puede reducirse de manera significativa con cambios sencillos en el estilo de vida.
Aunque el envejecimiento es uno de los factores principales, hasta el 45% del riesgo total puede modificarse si se atienden hábitos y condiciones prevenibles. El neurólogo Juan B. Toledo Atucha destaca que los efectos de estos hábitos son acumulativos y comenzar temprano ofrece una mayor protección a largo plazo.
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Más de la mitad de quienes fallecen con demencia presentan al menos tres condiciones distintas asociadas con el deterioro cognitivo, sostiene Toledo en entrevista con Houston Methodist. El Alzheimer es la forma más común, seguida de la demencia vascular y la demencia por cuerpos de Lewy. Las investigaciones han demostrado que los síntomas suelen aparecer después de los 65 años, con un aumento exponencial a partir de esa edad; a los 85 años, una de cada tres personas vive con alguna forma de esta enfermedad.
La genética y la edad influyen, pero no son destino
El principal factor de riesgo es la edad, y los antecedentes familiares también pueden incrementar la probabilidad de padecer deterioro cognitivo. Menos del 1% de los casos están ligados a un solo gen. El riesgo sube cuando una persona porta varios genes relacionados, como el APOE-ε4, relevante en personas de ascendencia europea, pero menos determinante en quienes tienen raíces africanas o caribeñas.
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Juan B. Toledo Atucha advierte que los cambios genéticos y la ascendencia también afectan la probabilidad de desarrollar demencia, aunque la mayoría de estos factores no se pueden modificar.

Decisiones cotidianas que protegen el cerebro
Factores como la hipertensión, el colesterol LDL elevado, la obesidad y la diabetes tipo 2 están directamente relacionados con el deterioro cognitivo. “Los hábitos saludables generan una reserva cognitiva que permite al cerebro adaptarse mejor a enfermedades neurodegenerativas”, explica Toledo. Mantenerse físicamente activo y cuidar la alimentación es fundamental para la salud cardiovascular y, por tanto, para el cerebro.
La Asociación Americana de Alzheimer recomienda cambios específicos: llevar una alimentación saludable, controlar la presión arterial, dejar de fumar, mantener el peso adecuado y la diabetes bajo control. Los médicos sugieren programas especializados para lograr resultados sostenibles en estos aspectos.
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Estrategias para fortalecer la resiliencia cerebral
Además de la salud física, existen medidas orientadas a la salud cognitiva que ayudan a reducir el riesgo de demencia.
Estimular la memoria y otras habilidades cognitivas mediante actividades como crucigramas, sudoku, lectura o aprender un idioma es esencial. “El nivel educativo y el involucramiento intelectual a lo largo de la vida tienen un efecto medible en la función cognitiva en etapas posteriores”, señala Toledo.
La vida social es otro pilar: quienes permanecen socialmente activos presentan menores tasas de deterioro y depresión. El aislamiento está relacionado con la depresión, y esta, a su vez, incrementa el riesgo de demencia. Interactuar con familiares, amigos o participar en actividades comunitarias favorece las conexiones neuronales.
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Cuidar la visión y la audición también influye. El 7% de los casos de demencia pueden asociarse a pérdida auditiva no tratada en la mediana edad. El uso de auxiliares auditivos, lentes o la cirugía de cataratas contribuye a mantener la salud cognitiva.
Dormir bien es fundamental. El cerebro consolida recuerdos durante el sueño y las alteraciones del descanso afectan el aprendizaje y la concentración. Toledo resalta: “Importa tanto la cantidad de horas como la calidad del sueño”. Los trastornos como el insomnio o la apnea alteran este proceso y disminuyen la oxigenación nocturna.
Proteger la cabeza evita lesiones cerebrales que pueden pasar desapercibidas en caídas, accidentes o deportes de contacto. El especialista subraya la importancia de usar cinturón de seguridad, casco y equipo de protección, además de atender posibles hemorragias o efectos de la contaminación del aire.
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Señales de alerta y consulta médica
Detectar a tiempo los cambios cognitivos permite intervenir de manera temprana. Entre las señales de alerta destacan la dificultad para realizar tareas cotidianas, problemas para recordar conversaciones recientes, pérdida frecuente de objetos, cambios en la toma de decisiones y confusión sobre tiempo o lugar. “No esperes a que los síntomas se vuelvan graves”, enfatiza Toledo. Una evaluación médica oportuna puede identificar causas reversibles y abrir la puerta a tratamientos o estrategias preventivas.

El neurólogo concluye: “Nunca es demasiado pronto para adoptar hábitos saludables, y tampoco es demasiado tarde para hacer cambios”. Las medidas propuestas permiten construir una mayor resiliencia cerebral y retrasar la aparición de síntomas de deterioro cognitivo.
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