
La fiebre es una respuesta natural del cuerpo ante una infección o enfermedad. Se define como un aumento temporal de la temperatura corporal por encima de los valores normales, que suelen oscilar entre los 36.5 y 37.5 grados Celsius.
Aunque muchas veces se percibe como una enfermedad en sí misma, en realidad la fiebre es un síntoma que indica que el organismo está luchando contra algún agente extraño, como virus, bacterias o inflamación.
El centro regulador de la temperatura corporal se encuentra en el hipotálamo, una región del cerebro que actúa como un “termostato biológico”. Cuando el cuerpo detecta la presencia de patógenos, el sistema inmunológico libera sustancias llamadas pirógenos.

Estos activan al hipotálamo para elevar la temperatura y dificultar la reproducción de los microorganismos invasores, ya que muchos de ellos no sobreviven bien en ambientes más calientes. Además, una temperatura más elevada puede aumentar la eficiencia de algunas funciones del sistema inmune.
Las causas más comunes de fiebre incluyen infecciones virales (como gripe, COVID-19, o dengue), infecciones bacterianas (como faringitis o infecciones urinarias), enfermedades inflamatorias, efectos secundarios de medicamentos o incluso golpes de calor. La fiebre también puede aparecer después de ciertas vacunas, sobre todo en niños pequeños, como parte de la respuesta inmunitaria al antígeno, aunque esto no implica que las vacunas sean opuestas a la salud.
Cuando una persona presenta fiebre, lo primero es medir la temperatura con un termómetro confiable. Se considera fiebre ligera o febrícula si está entre 37.6 y 38.5°C, fiebre si alcanza los 39°C y fiebre alta si supera los 39.5°C. En niños menores de tres meses, cualquier temperatura mayor a 38°C requiere atención médica inmediata.
Los primeros auxilios para tratar la fiebre buscan mantener al paciente cómodo y prevenir complicaciones, como la deshidratación. Es importante mantener una buena hidratación, ofreciendo líquidos con frecuencia.

El descanso es fundamental para que el cuerpo se recupere. Se pueden usar compresas de agua tibia en la frente, nuca o axilas, pero se debe evitar el agua fría o baños helados, ya que pueden causar escalofríos y empeorar la situación, provocando una hipotermia.
Otra recomendación es retirar las prendas o coberturas que contribuyan al aumento de temperatura corporal como chamarras, cobijas grandes o ropa térmica.
Es fundamental acudir al médico si la fiebre dura más de 48 horas, si está acompañada de síntomas como vómito persistente, rigidez de cuello, dificultad para respirar, convulsiones, manchas en la piel o si el paciente se muestra muy decaído. En bebés, adultos mayores o personas con enfermedades crónicas, la fiebre debe ser vigilada más de cerca, ya que puede descompensar otros sistemas del cuerpo.
La fiebre es una señal de alerta que no debe ser ignorada, pero tampoco genera pánico por sí sola. Con medidas simples y observación constante, en la mayoría de los casos puede controlarse de forma segura desde casa.
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