
México está en una profunda crisis de escasez de agua. Más del 76% del país presenta sequía, incluso el 20% del territorio nacional padece sequía extrema, principalmente en estados del norte y centro.
Entre las muchas opciones que políticos y académicos han sugerido para revertir la crisis, se encuentran las plantas desalinizadoras. El mar territorial que corresponde a México abarca cerca de 232 mil kilómetros cuadrados. Esto representa una disponibilidad incalculable de agua salada que, mediante el proceso de desalinización, se convertiría en agua dulce.
De acuerdo con la CONAGUA, en México operan 15 plantas desaladoras, aunque la mayoría de ellas son privadas y están enfocadas en dotar agua para procesos industriales o agrícolas. Si hablamos de plantas que tengan por objetivo dotar de agua potable a la población, Baja California y Quintana Roo son los estados que más han explorado esta opción.
Actualmente, la Organización Mundial de la Salud estima que la desalinización proporciona acceso a agua potable para más de 300 millones de personas en todo el mundo. Sin embargo, esta posible solución tecnológica ante la escasez no está exenta de controversias. ¿Cuáles son los retos que significarían para México el uso intensivo de plantas desalinizadoras? Vámonos por partes.

El primer gran desafío es la inversión. Fabricar grandes plantas desalinizadoras es costoso y el actual gobierno no se ha caracterizado por destinar importantes recursos para temas hídricos. Por ejemplo, en el Presupuesto de Egresos de 2024 se destinaron poco más de 44 mil millones de pesos para infraestructura hídrica, de los 85 mil millones de pesos que, de acuerdo con expertos, deberían de invertirse tan sólo para revertir el rezago existente.
Un segundo problema es la intensa demanda energética asociada con la desalinización. Fuentes gubernamentales y estudios de organismos internacionales, como la Administración de Información de Energía de Estados Unidos, han señalado que este proceso consume grandes cantidades de energía, en su mayoría proveniente de fuentes no renovables, contribuyendo así al problema del cambio climático.
Por si fuera poco, se debe considerar el problema de los residuos que se generan en el proceso y qué hacer con ellos. De acuerdo con información publicada por The New York Times, cada 378 litros de agua de mar producen alrededor de 189 litros de agua potable y otros 189 de salmuera, cuyo contenido de sal es casi el doble que el del agua de mar. Si se devuelve la salmuera al mar eventualmente pondría en riesgo su estabilidad salina, afectando ecosistemas marinos y costeros, así como los recursos pesqueros con que cuenta el país.

¿Debemos entonces descartar esta opción? No necesariamente, aunque sin duda plantea un dilema. Expertos del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) han advertido que el aumento en la demanda de desalinización podría exacerbar los problemas ambientales si no se implementan tecnologías más eficientes y se promueve el uso de energías renovables.
Otro punto interesante a considerar es la calidad del agua producida. El principal método usado por las plantas desalinizadoras es la ósmosis inversa, sin embargo, este proceso suele eliminar todos los componentes ajenos al agua, entre ellos, minerales que son indispensables para la correcta hidratación de nuestro organismo.
La Norma Oficial Mexicana NOM-127-SSA1-1994 dota de un marco normativo para el funcionamiento de plantas desalinizadoras. Aunado a ello, la Estrategia Nacional Hídrica 2020-2024 y la Ley General de Aguas de México establecen regulaciones que podrían guiar la implementación de proyectos de desalinización, pero es esencial una revisión continua y ajustes para garantizar la sostenibilidad a largo plazo.

En conclusión, la desalinización es una posible respuesta a la sed de México, pero su aplicación debe ir de la mano con políticas ambientales y energéticas sólidas.
La transición hacia una desalinización sostenible en México no es sólo un reto técnico, sino también una necesidad estratégica para enfrentar la escasez de agua sin comprometer nuestro entorno natural.
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