
Sin duda alguna, Palacio Nacional, actual residencia del Presidente de México Andrés Manuel López Obrador (AMLO) es una de las edificaciones más imponentes e importantes de México, además de una de las que más historia tienen.
Y es que ese hermoso palacio ha sido testigo de algunos de los hechos más destacados del país, por ejemplo, la muerte del expresidente Benito Juárez García, en 1872, o la llegada del emperador Maximiliano de Habsburgo a la Ciudad de México en 1864. Incluso, se dice que la primer noche que pasó Maximiliano en Palacio Nacional, al que se le cambio el nombre por Palacio Imperial en el Segundo Imperio de México, tuvo que dormir en una mesa de billar, ya que la cama en la que descansarían él y su esposa Carlota de Bélgica, estaba infestada de chinches.
Maximiliano no se sintió tan bien en Palacio Nacional, por lo que cambió su residencia al Castillo de Chapultepec, al que decidió llamar Miravalle.
En Palacio Nacional también se tomaron una histórica foto los revolucionarios Francisco Villa, cuyo nombre real era José Doroteo Arango Arámbula y Emiliano Zapata, en su encuentro en la Ciudad de México.
Sin embargo, antes de la construcción de este importante recinto para México, en esa área hubo otra destacada edificación, realizada durante el mandato de Moctezuma Xocoyotzin, antepenúltimo emperador de Tenochtitlan: El Palacio de Moctezuma.

De acuerdo con un texto del historiados Alejandro Rosas, titulado El palacio de Moctezuma, el tlatoani mandó a construir este recinto tan solo unos años antes de que llegaran los españoles a Tenochtitlan, en 1519, y la posterior Conquista de México, consumada el 13 de agosto de 1521 con la captura de Cuauhtémoc, último tlatoani del imperio mexica.
La construcción del Palacio de Moctezuma se realizó a un lado del Templo Mayor, y la edificación cubría toda el área del actual Palacio Nacional, hacia el norte ocupaba toda la cuadra donde se construyó la Universidad de México y al sur alcanzaba el sitio que en la actualidad es ocupado por la Suprema Corte de Justicia. Era un complejo de grandes dimensiones que sorprendió a los españoles a su llegada a la capital mexica.
Hernán Cortés dejó ver su sorpresa ante la construcción en una de las Cartas de Relación que escribió para el rey Carlos V. En ella, narró que “tenía dentro de la ciudad sus casas de aposentamientos tales y tan maravillosas que me parecería casi imposible poder decir la bondad y grandeza de ellas, y por tanto no me pondré en expresar cosa de ellas más de que en España no hay su semejable”.
El palacio era de tales dimensiones que contaba con 20 puertas de acceso, de las cuales, la mayoría llevaban a la plaza principal de Tenochtitlan, y otras hacia calles públicas. También contaba con tres patios, y en uno de ellos había una fuente a la que llegaba agua pura y cristalina directamente desde Chapultepec.
Contaba con muchas salas y cien cámaras o aposentos “de veinte y cinco pies de largo y cien baños en ellos”.

El cronista Francisco López de Gómara, también describió que “aunque sin clavazón, era todo muy bueno; las paredes de canto, mármol, jaspe, pórfido, piedra negra, con unas vetas coloradas y como rubí, piedra blanca, y otra que se trasluce; los techos, de madera bien labrada y entallada de cedros, palmas, cipreses, pinos y otros árboles; las cámaras, pintadas, esteradas, y muchas con paramentos de algodón, de pelo de conejo, de pluma...”
Poca gente pasaba la noche al interior del palacio, pero se decía que había mil mujeres al servicio de Moctezuma. En una de las salas cabían hasta tres mil personas con “toda comodidad”. En otro de los salones de gran tamaño, los españoles calcularon que treinta hombres a caballo “pudieran correr cañas como en una plaza”.
En la entrada principal, el escudo de armas daba la bienvenida, se trataba de “un águila abatida a un tigre, las manos y uñas puestas como para hacer presa”.
El oratorio era considerado un lugar verdaderamente hermoso, pues la capilla estaba chapada con planchas de oro y plata, “casi tan gruesas como el dedo” y adornada con esmeraldas, rubíes y topacios.
Una vez consumada la Conquista, en 1521, las Casas Nuevas de Moctezuma, como llamaban los españoles al palacio, fueron entregadas a Cortés como recompensa por sus hazañas. Para 1562 sus descendientes la vendieron a la corona española y a partir de entonces, se transformó en el Palacio Real durante el virreinato, y Palacio Nacional, tras la consumación de la Independencia.
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