
La maestra de preescolar nos decía que bajáramos la voz, que debíamos ir calladitos por los pasillos de la escuela. Podíamos hablar en el camino, pero muy bajito, como hormigas de las negras, de las más pequeñas. Y recuerdo que yo intentaba hablar cada vez con menos volumen, hasta que de mi boca sólo salía silencio, o al menos eso creía.
No sabía entonces que mi voz se seguía escuchando. Si la maestra hubiera sido un elefante o un topo me habría dicho: ‘silencio’, pero no, era una linda persona, con cabello largo y ojos color café como la miel de maple. No me preocupaba en aquellos tiempos cuál sería el sonido más diminuto, ni tampoco el mayor de todos.
Fui feliz por un buen tiempo, hasta que llegué a clases de guitarra. Tendría unos diez años entonces y mi papá siempre me hablaba de la importancia de la música y repetía que un filósofo había dicho que la vida sin música sería un error. Pronto supe que también había sido una equivocación llevarme a esas clases, pues mis demás compañeros avanzaban mientras yo sólo exasperaba al instructor.
No podía manejar más de una mano a la vez. La palabra ‘arpegio’ se me hacía tan bella como inalcanzable. En ese entonces sabía ya de los sonidos que los humanos no alcanzan a escuchar; unos son tan débiles que no hacen vibrar el tímpano y otros son tan fuertes que lo rompen y lo inutilizan. Se me ocurrió decirle al instructor que la música estaba limitada por nuestros oídos, me pareció una idea interesante. Sin embargo, él se molestó y dijo que el único límite ahí era yo, y convenció a mis papás del sinsentido de seguirme llevando a clases.

No me llevaron nunca más a aprender otro instrumento, ni volví a pensar en las restricciones auditivas, hasta hace poco, cuando apareció un programa de Inteligencia artificial que escribe música. No es la gran cosa, actualmente sólo hace propuestas divertidas. Pero su desarrollo va a seguir y quizá en poco tiempo pueda componer melodías agradables. Luego, seguramente conseguirá situarse a la par de músicos profesionales y después, sin dejar nunca de superarse a sí misma, logrará el nivel de los grandes compositores y así hasta que alcance la genialidad.
Y continuará progresando. Pero ¿de qué serviría una música inaudible, con acordes ultrasónicos o por debajo de los 3 decibeles? Cuál sería la utilidad de melodías incomprensibles, con una idea de la belleza que nuestro intelecto aún de puntillas no sea capaz de alcanzar.

En la historia del arte hay algunos casos de expresiones metahumanas, es decir, obras de arte más allá de lo que nos es posible comprender o percibir. Uno es el de aquel escultor al que le encomendaron hacer angelitos para la catedral. Una vez terminados, los colocarían en lo alto y, desde la cúpula verían hacia abajo, dándole la espalda al cielo. Alguien le preguntó al escultor por qué se esmeraba tanto en el dorso de los ángeles, si las personas nunca lo verían. Él contestó que trabajaba con más cuidado esa parte, porque era para ser admirada por los ojos de Dios.
Es cierto que la Inteligencia artificial quizá no pueda hacer una música metahumana por las restricciones en su programación. Su función principal es ayudar a las personas y nada más. Pero, si es más lista que nosotros, quizá suceda como cuando un papá le promete a su hijo de 3 años que no va a fumar y luego, mientras el niño duerme, se va a un lugar lejano a disfrutar sus cigarrillos. Probablemente así lo haga la máquina cuando nadie la vea, en las profundidades virtuales de sus circuitos. Al igual que los grandes artistas no tendrá opción, se verá obligada a componer esa música que nadie escuchará, sólo por la importancia de hacerla para deleite de oídos perfectos, para los oídos de Dios.
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