
El canis lupus baileyi, mejor conocido como lobo mexicano es una subespecie del lobo gris considerada el cánido más pequeño de América del Norte. Es endémico de México, lo que significa que su distribución original estaba limitada a ciertas áreas del norte y centro del país, así como al suroeste de Estados Unidos.
Este depredador carnívoro ocupa un lugar importante en los ecosistemas, pues contribuye al equilibrio poblacional de otras especies, evitando la sobrepoblación de herbívoros y a pesar de ello, estuvo a punto de desaparecer por completo, pues en la década de 1950 el lobo mexicano estuvo al borde la extinción debido a la caza intensiva, la pérdida de hábitat y los conflictos con los ganaderos, quienes veían en ellos una amenaza para el ganado.
Es por ello, que se implementaron programas de conservación por parte de los gobiernos de EEUU y México a través de criaderos en cautiverio, que en los años 90 dieron lugar a la reintroducción de pequeños grupos en su hábitat natural. En la actualidad, el lobo mexicano sigue catalogado como una especie en peligro de extinción, aunque las campañas han contribuido significativamente a su conservación y su población crece cada año.
El dilema ético sobre “ayudar” al lobo mexicano

La subespecie estuvo en estado crítico de supervivencia, por lo que la primera medida tomada fue la de su reproducción en cautiverio y su posterior liberación de forma controlada en reservas naturales protegidas con una rigurosa vigilancia que no pusiera en riesgo a los ejemplares jóvenes de lobos mexicanos.
Sin embargo, con la creciente recuperación de la población de estos cánidos, los discursos sobre cuáles deberían ser las nuevas medidas de protección para el beneficio de los lobos mexicanos en territorio estadounidense.
De acuerdo a un artículo publicado en la revista National Geographic el debate sobre cómo debe seguir el proyecto de conservación de lobo mexicano se reavivó, tras popularizarse el caso de Asha, una hembra de la especie que ha sido recapturada en múltiples ocasiones por elementos del Servicio de Pesca y Vida Silvestre (FWS por sus siglas en inglés) tras salir de la zona protegida.
El FWS argumenta que la captura y reintegración de Asha a una reserva natural de aproximadamente 153,000 millas cuadradas que se extiende por el sur de Arizona y Nuevo México es fundamental para protegerla de ser herida por cazadores o granjeros que traten de defender su ganado ante un posible ataque de la loba.
Por su parte, muchos conservacionistas de vida silvestre se oponen vehementemente, insistiendo en que Asha debería tener libertad para vagar libremente. Entre este grupo de activistas se encuentra Michelle Lute, bióloga especializada en lobos y directora ejecutiva de Wildlife for All quién considera que es importante que las especies escojan sus propios hábitats para garantizar su adaptación y su proliferación.
“Creo que Asha nos está enseñando lo que muchos lobos harían si tuvieran la oportunidad (...) Tienen su propia capacidad para elegir los mejores hábitats”, mencionó la bióloga.
Aunque hasta el momento el grupo conservacionista no ha ejercido mayor presión para regular o cambiar el sistema de protección hacia los lobos mexicanos, mantienen vivo el debate sobre si es momento de dejarlos “decidir” desplazarse fuera de las áreas protegidas.
La conservación de la especie

En México las acciones para la protección y recuperación del lobo mexicano son coordinados principalmente por la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP) y la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT), las cuáles implementan medidas como la reintroducción a la vida silvestre, el constante monitoreo y principalmente la reproducción en cautiverio.
El pasado 17 de junio cuatro crías de lobo mexicano, dos machos y dos hembras, nacieron en el Centro de Conservación de Vida Silvestre de San Juan de Aragón, bajo el cuidado de la Secretaría del Medio Ambiente (Sedema) del Gobierno de la Ciudad de México.
El objetivo es una población bajo cuidado profesional genéticamente saludable y numerosa, que sea capaz de sostener las reintroducciones a vida silvestre, logrando una población silvestre en su rango de distribución histórico. Desde su implementación en el año 1978, los zoológicos de Chapultepec, San Juan de Aragón y Los Coyotes han sido clave en el programa, logrando el nacimiento de 194 ejemplares y contribuyendo significativamente a la recuperación de la especie.
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