
Cuando un grupo de ajolotes criados en cautiverio fue liberado en los canales del sur de Ciudad de México, los científicos no estaban seguros de lo que pasaría. Aunque se trataba de su hábitat ancestral, estos emblemáticos anfibios habían pasado toda su vida bajo supervisión humana.
Y es que aquellos animales que se rescaten y viven en cautiverio usualmente no pueden reintegrarse a su entorno natural. De acuerdo con la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa), se debe a que las especies estuvieron expuestas a ambientes no naturales, bajo ambientes controlados por el humano y por ende, no desarrollan sus instintos naturales de caza y supervivencia.
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Contra todo pronóstico, los ajolotes no sólo lograron adaptarse, sino que también prosperaron. El hallazgo, publicado recientemente en la revista científica PLOS One, fue recibido como una de las noticias más alentadoras en el esfuerzo por salvar a una especie que, durante años, ha estado al borde de la extinción.
Del laboratorio al humedal, un regreso a casa

El ajolote mexicano (Ambystoma mexicanum), con su singular apariencia de sonrisa perpetua y branquias exteriores en forma de penacho, es un símbolo de la biodiversidad del país. Sin embargo, su existencia en la naturaleza está en peligro crítico. Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), actualmente quedan entre 50 y mil ejemplares en estado silvestre, debido a la pérdida y contaminación de su hábitat histórico en los antiguos lagos del Valle de México, transformados por la urbanización y el control de inundaciones en un sistema hídrico artificial cada vez más hostil.
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En este contexto, investigadores de la Universidad Autónoma de Baja California decidieron poner a prueba una estrategia ambiciosa para reintroducir ajolotes criados en cautiverio en ambientes acuáticos restaurados. Bajo la dirección de la bióloga Alejandra Ramos, el equipo liberó a 18 ejemplares —nueve hembras y nueve machos— entre 2017 y 2018 en dos entornos diferentes, que fueron los canales de Xochimilco y el humedal artificial de La Cantera Oriente, ambos al sur de la capital.
Durante 40 días, los científicos siguieron de cerca a los ajolotes mediante transmisores de radio, con la colaboración de voluntarios que patrullaban los sitios al menos dos veces por jornada. Los resultados fueron más que prometedores: todos los ejemplares sobrevivieron al periodo experimental y tres de ellos, al ser recapturados, mostraban un aumento de peso significativo.
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“Lo que aprendimos es que si podemos reintroducir estos ajolotes que han estado en cautiverio en el humedal restaurado donde las condiciones del agua son ideales para los ajolotes, pueden sobrevivir”, explicó Ramos.
De acuerdo con el reporte de la investigación, uno de los mayores temores del equipo era que los ajolotes, tras generaciones en cautiverio, hubieran perdido habilidades clave como la identificación de depredadores o la captura de presas. Sin embargo, las observaciones demostraron lo contrario. “Los que recuperamos habían engordado. Eso significa que estaban muy, muy bien”, relató Ramos. “Estaban cazando, comiendo y evitando a los depredadores. Así que esto fue realmente importante”.
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El estudio también reveló patrones conductuales inesperados. Según Popular Science, los ejemplares tendían a interactuar con ciertos individuos más que con otros, lo que sugiere una capacidad de establecer vínculos preferenciales. Además, los más jóvenes recorrían mayores distancias que los adultos, una diferencia que podría deberse, en palabras de Ramos, a la experiencia: “los adultos parecen más eficientes al elegir territorios ricos en recursos, lo que reduce su necesidad de desplazarse”.
Pese a estos avances, el riesgo no desaparece del todo. Tras el periodo de observación, se registraron ataques de garzas blancas a algunos ejemplares, lo que llevó al equipo a considerar la implementación de programas de “entrenamiento para el reconocimiento de depredadores” en futuras reintroducciones.
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Entre dioses y ciencia, el valor del ajolote

El ajolote no sólo representa una especie clave dentro de su ecosistema, también es un ícono cultural profundamente enraizado en la identidad mexicana. Su nombre proviene del dios mexica Xólotl, quien, según la tradición, se transformó en este animal para escapar de la muerte. “Para los mexicanos, son parte de nuestra cultura, son parte de nuestra historia. Y eso los hace realmente especiales para nosotros”, expresó Ramos.
A nivel científico, su importancia también es mayúscula. Su extraordinaria capacidad de regenerar órganos como el corazón, los pulmones e incluso el cerebro ha despertado el interés de la comunidad médica internacional, que estudia al ajolote en busca de pistas para tratar lesiones humanas graves.
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Si bien el objetivo principal sigue siendo la restauración del ecosistema original en Xochimilco, el éxito de los ajolotes en el humedal artificial de La Cantera Oriente plantea una alternativa viable. Esther Quintero, bióloga de Conservation International México, señaló a The Washington Post que estos espacios representan “una especie de Plan B”, permitiendo conservar núcleos poblacionales adicionales en caso de un colapso del hábitat natural.
Este enfoque dual —recuperación del entorno histórico y consolidación de reservas artificiales— fue respaldado por Luis Zambrano, biólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y coautor del estudio. En entrevista con la BBC, Zambrano advirtió que la solución no puede limitarse a replicar el hábitat en otro lugar: “No se trata de trasladar a los osos polares a nuestros refrigeradores, sino de conservar el Polo Norte. Tenemos que preservar Xochimilco para conservar al ajolote”.
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Aunque los desafíos persisten —desde la urbanización hasta la contaminación y el cambio climático—, la reintroducción exitosa de estos ajolotes abre una nueva ventana de esperanza. En palabras de Zambrano: “Si perdemos esta especie, perdemos parte de nuestra identidad mexicana”.
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