
La presidenta de la Asociación de Mujeres Jueces de Argentina y del Tribunal Superior de Justicia de la provincia de Entre Ríos, Susana Medina fue galardonada con el premio “Visión Global Arline Pacht”, una distinción que lleva el nombre de quien fuera la fundadora y primera presidenta de la Asociación Internacional de Mujeres Juezas.
La magistrada argentina participó, durante décadas, en el fortalecimiento y crecimiento de dicha Asociación en el cual ocupó todos los cargos directivos, hasta que fue designada presidenta en el periodo 2016-2018. Desde este espacio, fomentó la creación de nuevas asociaciones en la región y en el mundo.
Más de 1200 juezas, de las cuales 60 eran de Argentina, participaron de la XVI Conferencia Bienal de Mujeres, llevada adelante entre el 11 y el 14 de este mes en Marruecos, un evento internacional que reunió a magistradas de 72 países para debatir sobre los avances de la mujer en el ejercicio de la magistratura.
Al regreso del encuentro celebrado en la ciudad de Marrakech (Marruecos), Infobae dialogó con la jueza Susana Medina sobre los nuevos desafíos tras la distinción con la que fue galardonada.
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—¿Qué desafío implica para usted este premio?
—Seguir militando en el asociacionismo judicial con perspectiva de género que es una forma, una mirada muy especial de lo que significa la función judicial. Eso conlleva lo que yo llamo la conciencia funcional con perspectiva de género que es lo que aprendí de Carmen Argibay. Es decir, tener una especial mirada, amplia, generosa, no estereotipada, no sexista. Una mirada transversal de los problemas que llegan para nuestro conocimiento, tratamiento y consideración a los poderes judiciales.
Cuando comenzamos la militancia, hace más de 30 años junto a ella, se formó la Asociación de Mujeres Jueces de Argentina. Lo que queríamos era eso: tener un Poder Judicial igualitario, donde no haya jerarquías, donde seamos ni superiores ni inferiores, sino jueces y juezas con distintas competencias funcionales al servicio de la gente.
Un Poder Judicial cercano a la gente y, bueno, creo que mucho de ello se ha logrado pero todavía falta un largo camino por recorrer sobre todo para que las nuevas generaciones de la judicatura, con esa visión, tengan esta actitud funcional. Carmen siempre decía: “Susana, parar es retroceder”, me acuerdo de eso, entonces no hay que parar, no hay hacerlo, hay que seguir militando con estas ideas.

—¿Cómo estuvo integrada la delegación argentina?
—Casi 60 juezas de distintos fueros, de distintas instancias y provincias, llegamos a Marrakech para participar de la conferencia que se realizó entre el 11 y el 14 de mayo. Habían 1.200 juezas de 72 países, todas en un ambiente de camaradería y cordialidad.
Hemos constatado, una vez más, que la violencia de género se da transversalmente en los poderes judiciales de todos los países del mundo. Tanto en las naciones desarrolladas y en las que están en vías de ello como así también en países ricos, pobres, con poderes judiciales -algunos más patriarcales que otros- y con sistemas judiciales diferentes. Porque hay países que tienen monarquías constitucionales y, en otros tenemos sistemas democráticos, con división de poderes.
Pero la violencia es una sola y es la misma en todos lados y, es más, en algunos países adquiere formas más insidiosas de violencia. Después hemos tenido también la grata sorpresa, e incorporación a nuestro movimiento, de la primera jueza de Qatar, Naha Al Thani, nombrada en marzo de 2010. En 2013, ella ocupó el sexto lugar de las 100 mujeres árabes más influyentes de la década. Que venga una jueza de Qatar fue muy significativo.
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Fue muy emotivo escuchar a las juezas de Afganistán, que pudieron huir del régimen talibán gracias a un corredor humanitario que se organizó desde la Asociación Internacional de Mujeres Juezas. Pudimos rescatar cerca de 100 juezas con sus familias que están viviendo en distintos países del mundo occidental.
Emocionó ver la fortaleza, la resiliencia de esas mujeres jóvenes que, con lágrimas en los ojos, nos contaban cómo fue huir de su país y tratar de iniciar una nueva vida en una cultura completamente diferente.
—Dependían de la ayuda y cooperación de las organizaciones internacionales…
—Sin la ayuda humanitaria, como la nuestra, no podrían haber salido ni mantenerse hoy. Por ejemplo, una jueza de Siria -que también la ayudamos a salir- y está viviendo hoy en los Países Bajos. Otra está viviendo en Canadá, también gracias a nuestra colaboración.
Este año nosotros hacemos el Encuentro Nacional en Mendoza, el 7 y 8 de septiembre, y tengo la intención de invitar a la jueza siria y qatarí, también a las de Afganistán, para que vean nuestra realidad y conozcan Argentina, además de que nuestras magistradas puedan conversar con ellas.

—En estos casos, ¿también hacen gestiones ante los gobiernos para que les den asilo?
—Sí, por supuesto, a través de las embajadas. Cada una de nosotras tuvo algún contacto diplomático, y con los gobiernos, para que les den asilo. De hecho, el gobierno de la provincia de Entre Ríos estaba dispuesto a recibir a algunas colegas. Logramos que se quedaran en España ya que eran viajes largos hasta Sudamérica por eso algunas se quedaron en distintos países de Europa como Holanda y el Reino Unido.
—¿De qué manera se sostienen económicamente?
—Hacemos un aporte en dólares y volcamos eso a la Asociación Internacional: con eso se las ha ayudado. Las subvencionamos hasta que los gobiernos de los países, que las han recibido, les dan vivienda, permiten que los hijos se anoten en las escuelas. Tienen un apoyo económico gubernamental, sobre todo, el que proviene de Holanda.
—¿Qué relevancia tienen estos encuentros?
—Es relevante porque compartimos las mejores prácticas. Conocemos las desventajas en las que están algunas de las juezas y tratamos de ayudarlas. Por ejemplo, desde lo humanitario -y también desde lo jurisdiccional- compartiendo doctrina, jurisprudencia y legislación.
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