Alejandra Forlán: “La vida es un ejercicio constante de adaptación, no se trata de resistir sino de abrazar las oportunidades”

Tenía 17 años cuando un accidente automovilístico cambió su vida para siempre. A los 52, la hermana del ex futbolsita uruguayo Diego Forlán ya lleva 34 sentada en una silla de ruedas y acaba de publicar su primer libro: “Buen día vida”. Su cuerpo, el dolor, la felicidad, sus deseos, sus sueños, sus nuevas “amigas” y la enseñanza de una mujer que aprendió a sobrevivir

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Primer plano de Alejandra Forlán, mujer rubia con el pelo recogido, sonriendo, con un top de ganchillo. Al fondo, el mar y un barco bajo un cielo claro
Hay palabras que el vocabulario de Alejandra no contempla. Rencor, culpa, rabia o víctima no se asoman a la entrevista

Alejandra Forlán es de esas personas a las que no les va el dramatismo. Encara la vida de frente. Es lo más parecido a una topadora. Una bellísima topadora. Porque ella puede con todo, o al menos eso es lo que me parece.

Tiene 52 años y lleva 34 y medio sentada en una silla de ruedas. Esos son muchos días. Unos 12.624 desde la patinada del auto que manejaba su novio de la adolescencia cuando terminaron incrustados contra una palmera en la banquina de una ruta uruguaya. Él murió; ella, con 17 años, sobrevivió para contarlo. También para lucharla sin rendiciones ni pausas. Porque desde esa madrugada lluviosa, en las afueras de la ciudad de Montevideo, tuvo que vencer un desafío tras otro. A pesar del esfuerzo que implicó su batalla, jamás de los jamases dejó de agradecer al universo por seguir viva. Justo de esto va su libro Buen Día Vida que fue lanzado en Uruguay el pasado 23 de marzo. Mágicamente la salida editorial ocurrió el mismo día en que cumplió años.

Festejar cada mañana el hecho de respirar se le ha hecho costumbre. Es solo una prueba más de su espíritu incombustible: Alejandra resulta ser una increíble guerrera de ojos que navegan entre el azul y el verde, entre el cielo despejado y el mar embravecido. Hoy lleva el pelo rubio recogido en una prolija coleta y su metro setenta y cuatro ataviado en un outfit impecable, tan canchero como sobrio. Son, precisamente, sus ojos los que inspiraron la tapa del libro que ilustró la mano experta de su hermana Adriana Forlán (53).

Alejandra es inquieta y charleta, va y viene con la moderna silla de ruedas eléctrica que compró hace unos meses en un viaje a España. Le da muchísima más libertad que la anterior porque ahora puede conducirla con su puño. Podríamos decir que su puño simboliza su ansiada independencia. La libertad. Con habilidad mueve la pequeña esfera con colores del manubrio de su móvil rodante. Adelanta, acelera, dobla, retrocede, gira. Alejandra asegura que la tiene controlada, pero cuando su vehículo agarra velocidad por la bajada de la porteña avenida Callao hacia Posadas, da miedo que se estrelle. “¿Dónde estará el freno?“, me preguntó con histeria y sin la confianza necesaria para detenerla con mis miedos. Los miedos son solo míos. Alejandra va radiante, sonriendo, mientras baja el cordón por una rampa cascoteada, sortea el tráfico salvaje del mediodía y encara la barranca hacia Libertador. ¿Miedo a qué?, podría retrucarme filosa y con razón. Da vergüenza el cuidado con que uno pisa, temiendo un resbalón en el plano inclinado, mientras ella enfrenta el mismo precipicio con ánimo invencible. Tiene curtido el espíritu y templada la voluntad. Posee un carácter fuerte, bien disimulado por las formas, la esmerada educación y su alegría vital. La intuía así desde nuestras largas charlas telefónicas que viajaban la anchura del Río de la Plata; verla, es otra cosa.

FINAL ALE FORLAN
Alejandra Forlan a los 4 años. Cuando tenía 17 y cursaba el último año de la secundaria, tuvo un accidente de auto en el que murió su novio Gonzalo

Alejandra está de visita por Buenos Aires y disfruta del aire y del sol que le da de lleno y le saca brillo a su pelo dorado en este día fantástico de otoño. En el café porteño donde nos sentamos, llueven amigos, familiares, conocidos. Pasan a verla, charlan un rato, comentan sucesos y se van. Es una colección de amistades diversas, de acá, de allá, de antes y de después. Mientras el resto tomamos algo, ella, en cambio, no puede ingerir nada de nada. Desde hace ocho años tiene no solo la traqueotomía en la base de su cuello coquetamente tapada con un pañuelo, sino también una gastrostomía en su panza. Esto último significa un orificio en el abdomen por donde una asistente le introduce, cada equis horas, los nutrientes que su cuerpo necesita.

El sabor es otra cosa de las tantas que la vida le ha quitado. Pero ella no se queja. Nunca lo hace. No pertenece a la estirpe de los quejosos.

Alejandra gira en redondo con su silla varias veces. Quiere pispear qué locales hay por acá, por la zona. Está preocupada porque quiere comprar un regalo para un gran amigo y cantante, al que vino a ver en el escenario del Campo Argentino de Polo, en Palermo: Alejandro Sanz. ¿Qué puede llevarle que sea distinto, original? Pregunta varias veces y sopesa cada respuesta.

Hay palabras que el vocabulario de Alejandra no contempla. Me permito nombrarlas porque es llamativo que no surjan de su boca: rencor, culpa, rabia, víctima. No se asoman a nuestra conversación. En su léxico las emociones negativas parecen no existir.

Esta breve introducción es solo para que se entienda bien que en esta historia de vida no encontraremos lágrimas espesas ni el lastre del pesimismo. No porque falten condimentos para ello o porque no hayan estado en algún momento, sino más bien, y ante todo, porque la persona que la protagoniza ha decidido poner el foco en otro sitio. Principalmente en todo lo bueno que queda por vivir.

Aunque sea poco para muchos, para ella es más que bastante. Y suficiente para seguir conjugando el verbo ser feliz. Porque la realidad no es siempre un muro infranqueable. Alejandra trabaja cada día para horadar la piedra, correr con la energía de su mente cada obstáculo caído en el camino y remar la vertiente, montaña arriba, para demostrarle al resto de los mortales lo valioso que uno puede hacer con lo que toca.

Retrato de Alejandra Forlán, mujer de cabello rubio, sonriendo con la mano en la barbilla y vistiendo un jersey gris y pañuelo claro
“Victimizarse paraliza -dice-. Poner mi vida en marcha fue un proceso paulatino que acometí desde el principio, desde el momento mismo del accidente. Eso hizo que el dolor siempre se sintiera de una manera más suave"

“Está en vos seguir andando”

Alejandra nació en Montevideo el 23 de marzo de 1974 y fue la tercera hija de Pablo “Boniato” Forlán (80 años, célebre futbolista uruguayo que debutó con Peñarol y fue parte de la selección uruguaya) y Pilar Corazzo (76, hija también de un futbolista y DT conocido por esos lares). La pareja tuvo cuatro hijos en este orden: Pablo, Adriana, Alejandra y Diego. Dentro de una familia de deportistas no fue inesperado que los dos varones también jugaran al fútbol de manera profesional como su padre y abuelos. Diego (46) quizá haya resultado el más famoso de todos ellos porque jugó en grandes clubes de Gran Bretaña y España y llegó a ganar el Balón de Oro en el Mundial del 2010.

La infancia de Alejandra transcurrió dentro de una familia unida y alegre, con un padre que estimulaba el movimiento. La llevaba a nadar cada semana y le enseñaba a tirarse de cabeza a la pileta con estilo. El deporte, las peleas cotidianas con sus hermanos, las risas, los amigos y las actividades escolares llenaban su vida y la casa de los Forlán Corazzo.

Llegó la adolescencia de Alejandra, las salidas y las fiestas. El horizonte pintaba pluscuamperfecto.

Alejandra estaba en el último año del secundario cuando se hizo la noche del viernes 13 de septiembre de 1991. Se festejaba el cumpleaños de una de sus primas en el edificio donde las familias vivían en la calle Potosí, dentro del barrio de Carrasco, en Montevideo.

Ya era de madrugada y había comenzado el sábado 14 cuando su novio Gonzalo, quien era fanático de la banda The Doors, propuso ir a un boliche donde se hacía una fiesta con la temática de ese grupo de rock. El recital debería haberse hecho el sábado anterior, pero por algún motivo se había cambiado de fecha. Alejandra (17) aceptó acompañarlo, pero antes tuvo que ir hasta el dormitorio de sus padres, quienes dormían, para preguntarles si la dejaban ir.

A Pilar no le pareció una buena idea, ¿para qué salir si estaban pasándola bien ahí? Como toda adolescente Alejandra insistió y logró el permiso con la condición de que Adriana, su hermana mayor, fuera y volviera con ella. Algo que al final no sucedió porque, cuando Alejandra y Gonzalo agobiados por la cantidad de gente en el lugar decidieron irse, Adriana eligió quedarse.

Alejandra, a pesar de que una semana antes le había dicho a un amigo al colocarse el cinturón de seguridad del auto que tenía la premonición de que podría haber un accidente, esa noche olvidó ponérselo. Convengamos que eran épocas donde las normas viales y de seguridad no estaban tan instaladas en nuestras cabeza como hoy.

Alejandra Forlán, mujer rubia, sonríe a cámara al aire libre, lleva pañuelo claro, blusa beige, reloj, pulseras y un bolso estampado multicolor
La historia de Alejandra Forlán es ejemplo de cómo es posible vivir con plenitud, superando las pérdidas y construyendo felicidad desde la aceptación y la gratitud

Lo cuenta ella: “Subimos a su auto y emprendimos el camino de regreso a casa. Era sábado, de madrugada, había llovido, el asfalto estaba mojado y nosotros íbamos cansados. No puedo decir con exactitud qué pasó. Estábamos circulando por la calle Coimbra, en Punta Gorda, que en aquella época tenía un tramo donde solía acumularse el agua. En medio de la lluvia de pronto me di cuenta de que el auto había perdido el control. Puede ser que Gonzalo hubiera pestañeado por cansancio o que no hubiese podido ver bien el camino. Nunca lo sabré. ‘¡Gonzalo!’, le dije y él frenó de golpe. Lo que vino después fue como estar dentro de un trompo, dando vueltas y vueltas y vueltas. Me repetía para mis adentros, quiero que pare, quiero que pare, quiero que pare. Por mi mente cruzaron miles de pensamientos, imágenes, deseos y ruegos a Dios para que me dejara quedar con mi familia y seguir viviendo. Después sentí un golpe seco y todo se detuvo. Nos habíamos estrellado contra una palmera. El auto quedó mirando en la dirección contraria. La parte de atrás estaba deshecha… Si hubiera venido Adriana con nosotros… Gonzalo no reaccionaba. Le vi brotar sangre de un oído. Intenté moverme, probé levantarme, pero no pude hacer nada”.

Poco recuerda de lo que siguió a ese 14 de septiembre: “Desperté otra. Llorando porque Gonzalo había muerto en ese accidente que tomó por sorpresa toda mi historia (...) A partir de ese momento empezó mi nueva vida, una forma distinta de transitar el día a día. No podía mover mis piernas, ni mis manos, ni mis dedos. Mi cuerpo no se parecía a mi cuerpo”.

Esos primeros tiempos en la terapia intensiva estuvieron envueltos dentro de un espeso manto de niebla. Fue Pilar su madre quien la arrancó del letargo: “La vida de Gonzalo se apagó. Está en vos seguir andando”.

Pilar sabía que no podía ser contemplativa, que tenía que empujar el deseo de su hija a seguir viviendo. Se convirtió en su sostén desde el primer día de su nueva vida. No solo porque no cedió su puesto a nadie, sino porque ejerció el poder maternal con firmeza, convicción y sin concesiones. Lástima no habría. No había lugar para ello. Había, sí, que estimular la resiliencia. Pilar deseaba con toda su alma que su hija se volviera fuerte para soportar lo que vendría: “Vos decidís lo que querés hacer.

En un instante de una noche Alejandra había perdido lo que había creído eterno. Su vida adolescente se había evaporado. Sus sueños de futuro quedaron hechos un bollo en algún rincón. Estaba en una cama mirando la blancura del techo sin poder moverse y comenzando a comprender que su cuerpo se había convertido “en un envase distinto donde debería habitar de ahí en adelante”.

En un punto y de alguna manera decidió que su mundo no sería una cama de hospital y que su horizonte no se limitaría al techo anodino de una habitación: “Que yo siguiera viva significaba que había algo más, que era posible ir hacia adelante. Eso sería posible si yo lograba demostrar la suficiente resiliencia”.

Pilar había tenido éxito, su hija se había aferrado a la idea de que vivir valía la pena.

Alejandra fue recobrando fuerzas y en el verano de 1993 le cerraron la traqueotomía que tenía para poder asistir a sus pulmones. Respiraba sola. Fue su primer gran logro.

FINAL ALE FORLAN
Parada y rubia en el centro de la foto Alejandra Forlán con seis años. Diego Forlán es el pequeño rubio debajo de ella. Los demás son sus primos_

El sonido de los tacos de mamá

Pasar de la hiperactividad a la quietud. Pasar de hacer mil cosas a la vez a no poder hacer ninguna. Pasar de los sonidos habituales de tu vida a una existencia llena de sondas y máquinas e invadida por el ruido de un respirador. El pasaje de una a otra forma de vivir resultó un golpe que no admite adjetivos. Ninguno podría explicarlo en forma acabada y precisa. Su cuerpo fue atravesado por vías venosas centrales y periféricas, sondas vesicales, sondas nasogástricas, aspiraciones diarias de la tráquea. En esos tiempos ríspidos, escuchar los tacos de los zapatos de su madre acercándose por el pasillo del sanatorio le daban una sensación reconfortante. Estaba llegando Pilar, la persona que mejor la comprendía, en la que más confiaba.

Volvió a su casa siete meses después del accidente. El reencuentro con sus cosas fue sobrecogedor. Su ropa, sus muebles, sus objetos contaban una historia que era parte del pasado. Estaba a una altura distinta de sus viejas pertenencias. El accidente le había cambiado la perspectiva desde la cual, de aquí en adelante, miraría al mundo.

Los amigos se convirtieron rápidamente en otro de sus grandes puntos de apoyo. Siguió saliendo cuanto pudo. Siguió intentando ser una adolescente más.

Pero superado el primer riesgo de muerte Alejandra tuvo que aprender a lidiar con otras cosas importantes. Por ejemplo, con la dependencia absoluta que tenía ahora de la voluntad ajena. Esta sería siempre la batalla más difícil de dar. Dependía de otros para ir o irse de un lugar, para comer si tenía hambre, para taparse si tenía frío, para rascarse la nariz o quitar de su cara un pelo que le provocaba cosquillas. Lo que las personas solemos hacer de manera automática, Alejandra no podía realizarlo por sí misma. Tuvo que aprender a pedirlo o, simplemente, a aguantarlo.

Alejandra Forlán en silla de ruedas, sonriente, con tres familiares sonrientes detrás. Están al aire libre con arbustos verdes y un edificio moderno
Ale con sus hermanos Pablo, Adriana y Diego, que hizo una carrera brillante en el fútbol mundial y pasó por clubes de Argentina, Gran Bretaña, España, Japón e Italia

No solo sus padres pusieron el cuerpo para ayudarla, sus hermanos también estaban ahí y hacían turnos. Montones de amigos se fueron sumando con el tiempo y en su etapa universitaria.

En su flamante libro escribió bastante sobre el tema de la dependencia: “En mi caso particular significa vivir ejercitando la paciencia, domando mi ansiedad natural e intentando entender que los demás no tienen la obligación de comprender de manera integral las necesidades no solo de mi cuerpo sino también de mi espíritu”. Para concretar los deseos necesita lo que ella llama sus intérpretes porque “aunque mi cuerpo no se mueva bajo mis órdenes, mi cabeza sí que camina y proyecta sin pausa. O sea que, permanentemente, preciso de mis intérpretes para arribar a lugares, momentos, concretar planes y metas. ¿Quiénes son ellos? Muchos. Primero, mi familia, que son quienes más me conocen. Luego, los asistentes y mis amigos. Y, por último, la IA. ¡La inteligencia artificial ha llegado para aliviar bastante mi cotidianidad!”.

Analiza: “Pensá en cada movimiento que hacés sin pensarlo. Miles por día”. Relata que hubo un estudio, en 2018, que demostró que cada persona toma unas 35.000 decisiones por día, pero que la gran mayoría (el 99,74% de las mismas) son automáticas. Nuestra conciencia solamente registra unas pocas. Sigue explicando y así lo escribió: “Esto quiere decir que si tomamos 1.458 decisiones por hora, durante esos 60 minutos posiblemente sólo percibamos cuatro”.

Pasaron los años. Las terapias físicas, más rehabilitaciones en Brasil, en Argentina y en Suiza. Cirugías y contratiempos gravísimos. Incluso hubo varios episodios en los que su vida volvió a pender de un hilo. Podría haber muerto, pero nuevamente sobrevivió.

Retrato de Alejandra Forlán, mujer rubia de ojos azules sonriendo. Viste blusa blanca de hombros descubiertos, pañuelo azul y joyas. Silla de ruedas visible
Alejandra Forlán convive con traqueotomía y gastrostomía desde 2018, dos procedimientos clave para mantener su salud tras complicaciones pulmonares y cardíacas

La vida sigue de otra manera

Una vez que Alejandra consiguió terminar el secundario, arrancó con la universidad para estudiar psicología. Su madre la llevaba hasta el auto cada día y su padre conducía hasta la facultad para luego subirla a upa, escalón por escalón. Fue un trabajo mancomunado de todos, incluso de algunos compañeros que ayudaron. Se recibió, como ella resume, con “esfuerzo, colaboración y voluntad”.

El accidente borró el mapa original de deseos y proyectos que había tenido de pareja, casamiento e hijos. Así lo expresa: “La maternidad fue otro sueño que quedó en el camino. En algún momento de mi vida decidí averiguar respecto a la congelación de óvulos. Llegué a ir a una clínica y me hice los estudios pertinentes. Pero, en este constante trabajo interno que practico, reflexioné y entendí que, si bien deseaba profundamente tener un hijo, esto -en mi caso- era un acto egoísta (...) De alguna manera, con el tiempo comprendí que muchas de las cosas que yo proyecté -una pareja, los hijos y una familia propia- se habían ido con Gonzalo”.

Como su familia era conocida en Uruguay y su caso público, con el correr del tiempo, Alejandra detectó en esa circunstancia una posibilidad muy valiosa: podía ayudar a otros que atravesaran escenarios semejantes. “Muchas familias que vivían situaciones similares a la mía, empezaron a llamar a casa para solicitar orientación o pedir algún tipo de ayuda o consejo. Esto me concientizó rápidamente de lo que ocurría con otros y despertó en mí la idea de hacer algo. Funcionó como un llamado a la acción porque, cuando finalmente nació la fundación que llevó mi nombre, yo ya había experimentado en carne propia muchas de las dificultades del sistema de salud y todas las barreras que enfrentamos en esta sociedad las personas con discapacidad. Desde las limitaciones para circular por la calle o para ingresar a edificios hasta los serios problemas para conseguir trabajo (...) Lo primero que hice fue empezar a dar charlas junto a mi colega Marisol. Las bautizamos ‘Punto muerto’ y estaban orientadas a la prevención de accidentes de tránsito (...) Estas charlas marcaron el inicio de algo mucho más grande. A medida que avanzábamos, descubrí que las necesidades de las personas afectadas por siniestros de tránsito eran mucho más amplias de lo que yo había imaginado”, cuenta.

Ser Forlán era una gran ventaja. Todos sabían quién era. En 2009 creó la Fundación Alejandra Forlán bajo la consigna de cambiar todo lo que hiciera falta para prevenir accidentes y mejorar la vida de quienes habían quedado con limitaciones. Se convirtió en una luz guía para muchos. En 2010, el entonces presidente de Uruguay, José Mujica, le propuso ocupar la vicepresidencia de la Unidad Nacional de Seguridad Vial (Unasev). Después de varios días de pensarlo, aceptó: Nunca me importaron los colores de la política, me motivaba la posibilidad de transformar la realidad. Por eso acepté la responsabilidad: creí que podría hacer cosas que marcarían la diferencia”.

Pero el mundo de los ideales está lejos del territorio de los hechos. Durante los años que trabajó allí Alejandra fue testigo de lo que podría mejorar, pero también descubrió “que no todos comparten la misma visión ni energía para concretar esos cambios” en tiempo real.

Valoró la oportunidad y está convencida de que sembró semillas para lograr modificaciones, pero cuando terminó el mandato del presidente decidió que lo mejor era marcharse y buscar nuevos rumbos donde ejercitar su vocación de ayuda.

FINAL ALE FORLAN
"Mi madre fue mi guía. No la vi destruida, nunca la vi llorar, siempre tirando para adelante. Yo veía cómo actuaba ella y fui su espejo", cuenta sobre su madre Pilar Corazzo

Dos “nuevas amigas”

Alejandra siempre disfrutó de viajar. Estuvo con su familia en el Mundial de Sudáfrica, paseó por Hong Kong, París, Madrid, Mallorca, Miami y por muchas otras ciudades y países, aunque lograrlo no fue una tarea sencilla.

En 2015 voló con su familia a un centro de rehabilitación en Suiza donde experimentó un severo episodio con el exceso de flemas que no podía expulsar. Alejandra tiene el 40 por ciento de la capacidad pulmonar de cualquier persona. Por falta de fuerza muscular por su tetraplejía, no puede sacar esas flemas de su cuerpo mediante la tos, el mecanismo habitual al que recurrimos todos.

Fue una experiencia desesperante porque lo cierto es que esta vez las flemas la ahogaron de tal manera que terminaron por provocarle un paro cardiorespiratorio. Debieron usar un desfibrilador para traerla a la vida nuevamente y quedó en coma.

En 2018 tuvo otra internación de tres meses por una gripe que le generó tantas flemas que, una vez más, su corazón se detuvo. La rescataron, pero tenía neumonía. Debió ser intubada para depender del respirador artificial para vivir. En esta ocasión su condición fue mucho más grave porque experimentó, además, cuatro infecciones simultáneas: en pulmones, en cerebro, en corazón y perineo. Tenía una septicemia severa.

Si sobrevivía, la internación sería larga.

Los profesionales querían una mejor vía de acceso para proporcionarle medicación y alimento. No tenía que debilitarse. Decidieron que lo ideal era ponerle un botón gástrico (gastrostomía). Ello implicaba hacerle un orificio en su pared abdominal para pasar los nutrientes directamente a su estómago con una sonda. Su familia dudó, no querían que ella tuviera que convivir con una restricción más, pero era necesario para que su cuerpo pudiera batallar. Finalmente le hicieron la intervención.

Alejandra tiene humor y dice que, desde esa internación, convive con sus dos nuevas amigas “la traqueo y la gastro”. Ellas son la llave de su salud, atajos directos y seguros. La traqueotomía se la dejaron para poder expulsar por allí las flemas o para, en caso de necesidad, aspirarla con facilidad; la gastrostomía, para alimentarla cada día con las calorías que su organismo requiere.

FINAL ALE FORLAN
Alejandra con sus adorados sobrinos. "La idea de ser madre me abandonó. Traer un hijo al mundo es querer dar todo por ese hijo, pero yo no podía dar todo por un hijo. Con la discapacidad que tengo debo ocuparme de mí y ese hijo iba a terminar ocupándose de mí"

Lo cierto es que, a partir de este momento crucial, los sabores y texturas para el paladar dejaron de ser parte de su vida. Era otra pérdida a asimilar. Una más. La aceptó y aprendió a convivir con ella.

La vida es un ejercicio constante de adaptación. No se trata de resistir ni de pelear; se trata de abrazar las oportunidades y estar dispuestos a empezar una vez más, como sea y de la forma que sea”, Alejandra dixit.

La encefalitis fue la más complicada de las infecciones que atravesó en esta etapa porque le hizo perder la vista transitoriamente: Mi ceguera acabó de remitir, sin embargo, quedó una lesión en mi lado izquierdo que no podré recuperar jamás. Es un limitado ángulo por el que no podré observar al mundo”.

Al recuperarse y volver a casa, Alejandra resolvió refugiarse más que nunca en sus rutinas. La disciplina para cuidar correctamente de su cuerpo se volvió indispensable.

En 2022, cuando pudo retomar su pasión por los viajes, tuvo dos malas experiencias que frenaron por un tiempo sus deseos. Se descompensó en un par de vuelos al punto que los médicos se plantearon que no volviese a viajar. Ella cuenta: “Se me había hinchado el abdomen hasta tal punto que me impedía respirar. Fue necesario que me acostaran sobre el piso y que me atendiera un médico que estaba a bordo. El segundo trecho y la vuelta no fueron mejores. La hinchazón volvió a no dejarme respirar por lo que, una vez más, acabé echada en el suelo (...) En la siguiente oportunidad, como se trataba de un vuelo corto, pensamos que no me pasaría lo mismo. Sin embargo, otra vez me sentí pésimo”.

Los especialistas aconsejaban dejar los viajes; su familia, para protegerla, pensaba lo mismo. Pero Alejandra no estaba dispuesta a que le quitaran los aviones que la llevaban a lugares que la nutrían con imágenes y recuerdos. No se iba a resignar a perder esos tesoros. Tuvo que ponerse firme con Pilar, su propia madre. Le explicó que “si no pudiera hacerlos, ¿qué recuerdos podría tener? En los inviernos viviría limitada a mi casa, por el frío peligroso que paraliza mi cuerpo. Con esa crudeza se lo expresé a mi madre y logré convencerla: por suerte, ella entendió que no viajar era quitarme la posibilidad de una gran motivación”.

Alejandra había vencido, con la fuerza de su voluntad, la resistencia de todos. Volvió a viajar muchas veces más y piensa seguir haciéndolo en todas las oportunidades que se le presenten. Para el cumpleaños de 80 de su padre viajaron todos a Europa donde vivía uno de sus hermanos. Y hasta anduvo en lancha.

Esas experiencias llenan de formas, colores y alegría su cabeza e inundan de movimientos su vida.

FINAL ALE FORLAN
Alejandra nunca se pregunta por qué le ocurrió a ella: “No tenemos nada asegurado cuando llegamos a este mundo. Nadie lo tiene. Sabemos que despertamos, pero no sabemos si volveremos a la seguridad de nuestra casa"

“No” a sufrir dos veces

Alejandra no esquiva preguntas. Es directa en sus respuestas.

-¿Qué se hace con los sueños truncos? ¿Dónde se guardan? Hablo de la maternidad, de la pareja, la familia propia.

-Los dejé a un lado, con todo lo que se me fue, y seguí adelante. Primero tenía que luchar por mi vida y después fui por los sueños que sí podía llevar a cabo. Lo trabajé con mi cerebro de manera espontánea. No lo negué, solo los estacioné de un lado de mi cabeza y me concentré en el otro lado, en lo que sí podía. Se dio naturalmente. Por ejemplo, con la maternidad... En ese momento quería ser madre y como conté en el libro llegué a ir a un centro de óvulos. La ficha me terminó cayendo sola. Me pregunté para qué y con quién, porque no tenía pareja en ese momento. La idea de ser madre me abandonó. Traer un hijo al mundo es querer dar todo por ese hijo, pero yo no podía dar todo por un hijo. Con la discapacidad que tengo debo ocuparme de mí y ese hijo iba a terminar ocupándose de mí. Me di cuenta de que no estaba bueno porque no era justo ni saludable para mi posible hijo, ni para mi madre, ni para mí. La maternidad fue una necesidad que supe adormecer en mi cabeza. Un sueño que simplemente dejé a un costado.

-Hay algunas palabras que nunca escucho de tu boca… rencor, bronca, víctima. ¿Es negación o una elección?

-Es algo innato. Tuve el accidente, se murió mi novio, lloré… pero la frase de mamá sobre que tenía que decidir si quería vivir me interpeló. Mi madre fue mi guía. No la vi destruida, nunca la vi llorar, siempre tirando para adelante. Yo veía cómo actuaba ella y fui su espejo. Paré de llorar y empecé a enfocarme en lo que podía hacer.

(Dice en su libro al respecto: “Victimizarse paraliza. Pude demostrarme ser lo suficientemente capaz y exigente como para no permitir que eso me ocurra. No concibo frenar para que ese concepto me defina. De ninguna manera. Poner mi vida en marcha fue un proceso paulatino que acometí desde el principio, desde el momento mismo del accidente. Eso hizo que el dolor siempre se sintiera de una manera más suave. Lloré un montón cuando me confirmaron que Gonzalo había muerto, pero ese duelo y el de mi nueva situación, los hice por mi cuenta. Fue una adaptación que realicé en mi interior más profundo. Me preservé para no lastimarme más (...) Mi refugio funcionó. A veces, me sorprendo de haberlo logrado. Porque realmente no sé exactamente cómo lo hice. No hubo recetas ni manual, solo fe y amor por la vida”.)

-Hablando de la tecnología como aliada: ¿imaginás que la inteligencia artificial te podría brindar una asistencia perfecta?, ¿soñás con una terapia que te devuelva el movimiento voluntario?

-Aprendí que tengo que vivir el hoy. Lo que llegue que llegue, pero mientras solo vivo el ahora. No estoy pendiente de algo que pueda llegar a suceder. Vivo lo que hay. No es que no podés soñar, claro que soñás, pero eso no puede ser tu eje porque corrés el riesgo de que te paralice. La vida pasa por estar acá, por disfrutar de lo sencillo como tirarte en el pasto y mirar el cielo. Son cosas que muchos toman como algo que está dado, pero para mí en cambio valen un montón. Si estás deseando tantas cosas, no disfrutás de lo que tenés. Soy una agradecida de vivir en un país sin guerra, de estar viva y de tener a mi familia. Adoro a mis sobrinos y tengo muchísimos amigos.

-Una familia solvente económica y emocionalmente para sostenerte en una situación así no es algo que cualquiera en tu situación tenga la suerte de tener. ¿Qué le dirías a alguien que le falta esa contención?

-La contención emocional siempre se puede encontrar en alguien… Hay que buscarla aunque, también, hay que tener las herramientas psicológicas necesarias para eso. Agradezco tenerlas. No te niego que los medios económicos son importantes, pero lo más valioso es la cuestión psicológica y el entorno. Tengo la suerte de tener en mi cuerpo la “química positiva”. Si no tenés esa buena disposición emocional, o tenés tendencia a la depresión, puede resultar complicado. Claro que si el entorno te ayuda podés desarrollar esas capacidades indispensables. Creo que es algo que, en parte, se hereda. Yo lo traigo de mi yaya vasca, María Eulogia, y de mi madre Pilar. La fortaleza es mi herencia, me ayudó mucho. Reconozco que también podría adquirirse porque yo la vi en mi madre y pude seguirla. Y ella lo vio en la suya. Funcionamos como espejos.

-¿Evitás pensar que algún día tu madre podría no estar en tu vida o lo han charlado?

-Lo hemos hablado un poco. Ella también piensa en mi ausencia. Nuestra relación es más que madre e hija y muchísimo más que una amistad. La falta de una u otra va a ser difícil, inevitablemente. Lo traté con mi psicóloga y terminé dándome cuenta de que meterte tan profundo es vivir la angustia dos veces. Así que opté por vivir sin ahondar tanto. Lo que me enseñó esa terapia corta fue a reafirmar lo que siempre había hecho: disfrutar el presente. Porque lo que va a pasar, va a ocurrir de todas maneras. Dejar el pensamiento en otro lado, sin negarlo, fue mi mejor opción. No soy negadora, solo que no voy tan profundo para evitar sufrir por partida doble.

-¿Qué sueños te movilizan ahora?

-¡Varios! Lanzar el libro fue uno que se está concretando. La gira por el interior del Uruguay que empieza en abril, es otro sueño. Quiero visitar los 19 departamentos de mi país. Es algo que recién terminaría de hacer el año que viene porque en invierno no puedo viajar. Tengo que cuidarme del frío, es peligroso para mi salud. También sé que debo descansar porque no paro, estoy siempre a mil. Tengo que bajar un cambio. Para escapar del frío estoy preparando la próxima aventura: otro viaje a Europa. Estamos viendo qué lugar, qué ciudad, alguna playa. Y coordinando con mis enfermeros, porque necesariamente tengo que viajar con asistente. Durante años viajé sola con mi mamá, pero desde que la cosa se complejizó, tengo que ir con alguien más.

FINAL ALE FORLAN
Tiene 52 años y lleva 34 y medio sentada en una silla de ruedas. "Convivir con el dolor y ser feliz al mismo tiempo es posible", enseña

El dolor y la felicidad pueden andar de la mano

Dice Alejandra en las primeras líneas de su libro: “El aire entra en mi cuerpo y me dice al oído: estoy viva. Me lo murmura como si tuviéramos un pacto secreto. Lo siento entrar, lo recibo con alegría, me insufla fuerzas. Y esperanza. Confirmamos juntos, mi cuerpo y yo, que comienza otro día ganado a la muerte, que es una mañana más en este lugar en el que quiero y elijo estar. El lugar es mi casa y el mundo, pero por sobre todo es la vida que habita en mi cuerpo. Son mi amor a la existencia y mi voluntad para seguir siendo parte de ella los pilares que me anclan, que me sostienen en este plano y que me empujan a seguir aprendiendo cómo disfrutar cada minuto. Junto al aire, entra la luz que envuelve mi cuerpo. Va asomando detrás de las persianas. Hace un rato le pedí a la inteligencia artificial que las abra. Lentamente los rayos del sol atraviesan el vidrio del ventanal de mi habitación y se depositan con suavidad sobre las cosas que me rodean.

Existir es un acto de magia.

¡Cómo negar que estoy enamorada de la vida!

Siempre lo estuve, pero vengo renovando estos votos en cada segundo desde aquel día, hace ya 34 años. Cuando todavía era una adolescente y apenas empezaba a entender que mi cuerpo se había convertido en un envase distinto donde debería habitar en adelante”.

Páginas más adelante expresa: “No quería la cama, pero se convirtió en este entorno adaptado, en el que no necesito tanta compañía y en el que la necesidad de mis cuidados es menor. En este espacio encuentro una soledad disfrutable que me permite trabajar en mi desarrollo interior, apartada de toda distracción. Se ha vuelto un lugar que valoro porque en él pude hallar paz y tranquilidad. He aprendido a disfrutar a través del otro aquellas vivencias que no puedo experimentar sola. A ser feliz a través de la mirada”.

Agrega “siempre elijo la vida” y asegura que “convivir con el dolor y ser feliz al mismo tiempo es posible” porque “perder algo puede ser una ventana hacia el resto de todo lo que nos queda. Es una posibilidad nueva de asomarnos a nuestro alrededor para descubrir lo que todavía hay”. Alejandra nunca se pregunta por qué le ocurrió esto a ella: “No tenemos nada asegurado cuando llegamos a este mundo. Nadie lo tiene. Sabemos que despertamos, pero no sabemos si volveremos a la seguridad de nuestra casa y de nuestros sueños esa noche o la que sigue o la semana posterior”.

El accidente le cambió la vida en un instante. Y también moldeó a su familia y a su entorno. Esculpió relaciones sólidas y una incondicionalidad perenne. Porque Alejandra Forlán se convirtió de alguna manera en el faro de ese inmenso río que tanto ama y adivina cada mañana desde su ventana, cuando sus “asistentes virtuales” abren las cortinas de su habitación. Alrededor de su luz parpadeante está siempre congregada la flota aliada: su familia, los amigos y todos los que se suman con buena onda y energía positiva. Es un faro erguido sobre el amor, alimentado con las virtudes de la paciencia y la empatía. Por esto es que Buen día vida es mucho más que un libro lleno de palabras y experiencias. No sé si ella lo sabe, pero estas páginas son casi un manual de supervivencia extrema. También constituyen un homenaje a sí misma porque haber podido reconstruirse resulta una verdadera obra de ingeniería vital. Es el alma en genuino movimiento, fabricando vida.

Alejandra Forlán nos deja claro que no se trata de negar las pérdidas o de no querer ver lo que nos falta, sino de aprender a caminar la existencia de otra manera.

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