Un casamiento secreto y una mujer embarazada descuartizada: el brutal crimen perpetrado por el único cura condenado a muerte en EEUU

La de Hans Schmidt y la joven Anna Aumüller parecía una más entre las muchas historias de sacerdotes que forman pareja. El 26 de febrero de 1913 se “casaron” y siete meses después el cura la degolló

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Anna Aumüller estaba embarazada cuando
Anna Aumüller estaba embarazada cuando fue asesinada por Hans Schmidt

El jefe de detectives de Manhattan, Joseph Faurot era un hombre respetado entre sus colegas por su perseverancia y por la prolijidad de sus métodos. Seguía hasta la más pequeña pista como un sabueso olfateando la presa y rara vez se le escapaba un detalle. Tampoco le rehuía al trabajo y por eso, aunque por su cargo podría habérselo asignado a un subordinado, cuando el 5 de septiembre de 1913 dos niños encontraron la parte superior del torso de una mujer en la costa del Río Hudson y casi al mismo tiempo aparecieron la parte inferior de un torso femenino y un muslo cinco kilómetros más abajo, decidió tomar el caso en sus propias manos.

La autopsia de los fragmentos reveló que se trataba de una mujer de menos de 30 años y una altura estimada de un metro 55 que había dado a luz muy recientemente. Ningún elemento de ese cuerpo descuartizado permitía identificar a la víctima. Faurot decidió entonces empezar su investigación a partir de una pista ínfima: los restos aparecidos estaban envueltos en sábanas y fundas de almohadas. Una de ellas tenía todavía adherida la etiqueta con el precio. Utilizando la etiqueta, rastreó la funda hasta una fábrica en Newark, Nueva Jersey, que le vendía sus productos a un solo comerciante de muebles de Manhattan.

Se trataba de un hombre llamado George Sachs, que tenía su negocio en el 2782 de la Octava Avenida. Hasta allí fue Faurot y luego de consultar sus registros, el comerciante le dijo que había comprado doce de esas fundas pero que solo había vendido dos, junto con un juego de sábanas y un somier. En el recibo figuraban un nombre y una dirección: el comprador se llamaba H. Schmidt y había pedido que le entregaran los productos en un departamento del tercer piso del 68 de la Avenida Bradhurst.

La investigación del crimen

Cuando Faurot y sus hombres llegaron ahí no había nadie en el departamento donde, según el portero del edificio, vivía un matrimonio desde hacía poco más de 15 días. El marido hablaba con un fuerte acento alemán y la mujer estaba embarazada, abundó el encargado ante una pregunta de los detectives. Faurot ordenó montar un disimulado operativo de vigilancia a la espera de la llegada de cualquiera de ellos, pero luego de tres días sin novedades consiguió una orden judicial para entrar al departamento.

A primera vista se veía que el suelo estaba limpio, lo que contrastaba con grandes cantidades de sangre seca adherida a las paredes. En un baúl aparecieron un cuchillo grande y una sierra, también con manchas de sangre. Era evidente que ahí se había cometido un crimen al que no quedaba otra opción que calificar como sangriento. Pero lo más importante fue el hallazgo de cartas escritas en alemán y en inglés dirigidas a Anna Aumüller, guardadas en sobres que tenían la dirección de la Iglesia de San Bonifacio.

El caso del crimen fue
El caso del crimen fue cubierto por los principales diarios de Estados Unidos

El cura John Braun, párroco principal de San Bonifacio, les informó a los detectives que la señora Aumüller había sido ama de llaves de la iglesia, pero que ya no vivía allí, que se había mudado el 30 de agosto. Les dijo también, quizás en tono malicioso, que quien podía saber de ella era otro cura, el padre Hans Schmidt, que también se había ido de la parroquia con un nuevo destino, la iglesia de San José.

Llevaban una semana avanzando paso a paso en la investigación, cuando la noche del 13 de septiembre, a las 23.30, el inspector Faurot y los sargentos Cassassa y O’Connell tocaron timbre en San José. El párroco principal, Daniel Quinn, les abrió la puerta, los llevó a un salón donde había otros curas y les dijo que esperaran mientras buscaba al padre Schmidt, que ya se había retirado a dormir. Minutos después, parado frente a los detectives, Schmidt se convirtió en el centro de atención de los otros curas.

-¿Puede decirnos donde podemos encontrar a Anna Aumüller? – le preguntó Faurot.

-¡Yo la maté! ¡La maté porque la amaba! – respondió Schmidt ante la mirada atónita de sus colegas curas. Y ya no pudo dejar de hablar: en apenas unos minutos, les contó la historia de un amor prohibido, un casamiento secreto y un asesinato brutal.

El amor y la muerte

Nacido en 1881 en Alemania, donde hizo el seminario y fue ordenado cura en 1906, Hans Schmidt llegó a los Estados Unidos a mediados de 1909. Llegó con los documentos que lo acreditaban como sacerdote cuando ya no lo era. Al religioso lo habían expulsado de la Iglesia un año antes por fraude y abuso sexual de niños del coro de la parroquia a la que había sido asignado.

Sin averiguar nada sobre su pasado, lo enviaron a la Iglesia de Santa María, en Louisville, Kentucky, donde no duró mucho porque se enfrentó con el párroco principal. Lo mandaron entonces a la Iglesia de San Francisco, en Trenton, Nueva Jersey, y allí se repitió la historia. Un tercer traslado lo llevó a la Iglesia de San Bonifacio, en la ciudad de Nueva York. Corría diciembre de 1910 y apenas tres días antes de su llegada, una joven austríaca de 17 años llamada Anna Aumüller acababa de incorporarse a la parroquia como ama de llaves de la rectoría. Tres días después, Schmidt y Aumüller se convirtieron en amantes.

No se sabe si fue porque el párroco de San Bonifacio descubrió esa relación prohibida para un cura o por otras razones, ya que Schmidt nunca se llevaba bien con sus superiores, el padre Hans fue trasladado poco después a la Iglesia de San José. Ese cambio no separó a los amantes, que comenzaron a encontrarse en habitaciones alquiladas.

Hans Schmidt recibió una "orden
Hans Schmidt recibió una "orden de Dios" para matar a Anna

Schmidt nunca pudo explicar las razones que lo llevaron a pedirle matrimonio a Anne, algo que era imposible por su condición de cura. Tal vez haya sido porque la joven quedó embarazada. La cuestión es que el padre Hans compró una licencia matrimonial, la rellenó con sus nombres y así se casaron en secreto el 26 de febrero de 1913. Siguieron encontrándose clandestinamente hasta que el embarazo de Anne se hizo tan evidente que la joven debió abandonar su trabajo como ama de llaves en San Bonifacio. Entonces Schmidt alquiló el departamento de la Avenida Bradhurst para que la joven viviera allí y él pudiera visitarla. En ese momento le dijo también que en unos meses dejaría los hábitos para hacer pública su relación.

Después de confesar su asesinato, Schmidt le contó al inspector Faurot que había tomado la decisión de matar a Anna unos días antes de alquilar el departamento. Le explicó que en realidad no había sido una decisión, sino una orden divina. Relató que estaba celebrando una misa en San José cuando escuchó la voz de Dios sobre el cáliz que le decía: “Anna será un sacrificio de amor y expiación”. No fue una sola vez, Dios – mejor dicho, su voz – empezó a sonar dentro de su cabeza todos los días, siempre con la misma orden: “sacrificar” a Anna.

La noche del 2 de septiembre de 1913, Schmidt y Aumüller cenaron juntos en el departamento y se fueron a acostar. El cura esperó a que su “esposa” se durmiera y, según su propia confesión, la degolló con un cuchillo, bebió su sangre, la violó mientras se desangraba y después desmembró su cuerpo. Más tarde envolvió las partes utilizando las sábanas y las fundas de las almohadas, les agregó piedras para que se hundieran y las arrojó al río Hudson. Cuando terminó, volvió a la Iglesia de San José porque tenía que celebrar la primera misa de la mañana.

Del cadáver de Anna Aumüller sólo fueron encontradas la parte superior del torso, la inferior del torso y el muslo derecho. Las partes del torso contenían todos sus órganos internos, excepto el páncreas. El cuerpo del feto – o quizás de un niño recién nacido – nunca apareció.

¿Cuerdo o demente?

El juicio por asesinato contra Hans Schmidt comenzó el 7 de diciembre de 1913, casi al mismo tiempo que la arquidiócesis de Nueva York anunciaba que suspendía indefinidamente sus facultades sacerdotales. En el proceso salieron a la luz otros hechos, como que al mismo tiempo que estaba “casado” con Aumüller, Schmidt mantenía relaciones homosexuales con el dentista neoyorquino Ernest Muret. Y no solo eso: eran además socios en una red de falsificación de dinero. En su declaración testimonial, el cura dijo que había disfrutado más de la relación con Muret que de la de Aumüller.

El proceso tuvo una gran cobertura mediática y los medios sensacionalistas, una novedad que empezaba a tener gran éxito en la época, se hicieron un verdadero picnic durante su desarrollo. No había dudas de la culpabilidad de Schmidt, que había confesado su crimen con pelos y señales. Sus abogados decidieron entonces centrar la defensa en su incapacidad mental con los argumentos de su bisexualidad – considerada por entonces una enfermedad aberrante – y en sus afirmaciones de haber escuchado la voz de Dios como prueba de que padecía una psicosis.

Hans Schmidt fue condenado a
Hans Schmidt fue condenado a la silla eléctrica (Imagen Ilustrativa Infobae)

Llamaron como perito de parte al psicólogo Smith Ely Jeliffe, quien testificó que el árbol genealógico de Schmidt mostraba hasta 60 parientes cercanos o lejanos con signos de inestabilidad mental y que, por lo tanto, el acusado debería ser eximido de la pena de muerte, porque él también estaba loco.

Para refutar esa línea de defensa, la fiscalía convocó como testigos a los psiquiatras que habían entrevistado a Schmidt antes del juicio. Todos coincidieron en que el acusado estaba cuerdo, a pesar de sus afirmaciones de escuchar voces que le decían que “sacrificara” a Anna Aumüller.

Después de 23 días de audiencias, la estrategia de la defensa tuvo éxito. A la hora de dar el veredicto, el presidente jurado anunció que sus miembros no habían llegado a un acuerdo: diez lo consideraban culpable, los otros dos creían que estaba demente.

El segundo juicio comenzó dos semanas después. Esta vez, la fiscalía presentó un nuevo testimonio. En abril de 1913, mucho antes de que recibiera la supuesta orden divina de “sacrificar” a Aumüller, Schmidt había convencido a una inmigrante alemana, Bertha Zech, para que se hiciera pasar por ella y contratara una póliza de seguro de vida de 5000 dólares a su nombre.

El documento tenía a Schmidt como único beneficiario. Otra testigo, Anna Hirt, amiga íntima y compañera de trabajo de Aumüller, declaró que la víctima le había dicho que Schmidt le regalaría una póliza de seguro de vida para su cumpleaños pero que nunca se la dio.

Antes de que el jurado comenzara a deliberar, el juez Vernon Davis instó a sus miembros a que debatieran a fondo para llegar a un fallo unánime. “Si usted está convencido de que el acusado compró el cuchillo y la sierra con la que cortó el cuerpo, pensando en usarlos como lo hizo, y si está convencido de que en medio de la noche fue le cortó la garganta para terminar cortando su cuerpo, ¿qué conclusión llega? Use su sentido común… su experiencia con los hombres. Tenga en cuenta, no es una forma de malestar mental lo que excusa un crimen”, dijo dirigiéndose a cada uno de ellos.

El 5 de febrero de 1914, luego de solo tres horas de deliberación, el jurado declaró a Hans Schmidt culpable de asesinato en primer grado y lo condenó a muerte. Al escuchar la sentencia, el cura asesino pidió la palabra y dijo: “Estoy satisfecho con el veredicto. Prefiero morir hoy que mañana”.

Hans Schmidt murió en la silla eléctrica de la prisión de Sing Sing el 18 de febrero de 1916. Es, hasta la actualidad, el único sacerdote condenado a muerte y ejecutado en los Estados Unidos.

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