El incidente banal potenciado por un diario racista que causó la mayor masacre de ciudadanos negros en la historia de Estados Unidos

El 31 de mayo de 1921, después de un confuso incidente entre un chico negro y una adolescente blanca en un ascensor ocurrido en Tulsa, Oklahoma, un diario local llamó a “linchar un negro esta noche”. Así convocada, una turba atacó el barrio conocido como el “Black Wall Street”, incendió 35 manzanas y asesinó a cerca de trescientas personas. Los hechos fueron borrados de la historia oficial estadounidense durante más de un siglo. El testimonio de las últimas sobrevivientes

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Masacre Tulsa
El ataque racista del 31 de mayo y 1° de junio de 1921 en Greenwood fue provocado por un incidente banal y una campaña mediática incendiaria

“Sigo viendo a hombres negros siendo asesinados a tiros, cuerpos de personas negras tirados en la calle. He vivido la masacre a diario. Nadie se preocupó por nosotros durante casi 100 años. Nosotros y nuestra historia hemos sido olvidados. Puede que nuestro país olvide esta historia, pero yo no. Estoy aquí para buscar justicia”, dijo con voz pausada pero firme la anciana negra en la Cámara de Representantes del Congreso de Estados Unidos. Corrían los primeros meses de 2021 y Viola Fletcher tenía 107 años, un siglo más de vida desde los hechos a los que se refería: la masacre de Tulsa del 31 de mayo y el 1° de junio de 1921, cuando un incidente nimio provocó una ola de violencia blanca contra la población negra que dejó como saldo alrededor de trescientos muertos, unos ochocientos heridos, miles de confinados en improvisados centros de detención durante varios días y la destrucción de 35 manzanas del distrito que por entonces de conocía como “Black Wall Street” debido a la prosperidad económica de sus habitantes.

Cuando se presentó en el Congreso, Viola Fletcher –que murió en 2025, a los 111 años– era una de las dos últimas sobrevivientes del peor incidente de violencia racial de la historia estadounidense, un hecho sangriento que fue olvidado por la historia oficial de todo el país durante casi un siglo. No se hablaba de él en los colegios, no se estudiaba en las universidades. Recién en 2020, luego del movimiento de protesta contra el racismo y la violencia policial provocado por el caso de George Floyd, un afroamericano de 46 años asesinado por la policía durante su detención, los sangrientos hechos de la masacre de Tulsa pidieron volver a la luz desgarrando el deliberado manto de olvido bajo el cual permanecían ocultos.

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En la década de los años veinte del siglo pasado, el barrio de Greenwood, un enclave negro de la ciudad de Tulsa, Oklahoma, se destacaba por su bonanza económica. La repartición de tierras luego del fin de la guerra civil estadounidense había beneficiado a algunas comunidades afroamericanas e indígenas y gracias a ese fenómeno Greenwood se había fortalecido, a pesar de estar segregado, como cualquier otro barrio negro de la época. “Hay bastantes pruebas de que el barrio era un próspero centro económico, lo que aporta un elemento de envidia. La presencia de ese Wall Street negro en tiempos de una rigurosa segregación racial trastornaba a los supremacistas blancos, que no podían permitir ese ejemplo de igualdad y por eso sentían que lo tenían que quemar”, explicaba Ben Keppel, profesor del Departamento de Historia de la Universidad de Oklahoma, al cumplirse un siglo de los hechos.

Eran tiempos de fuertes tensiones raciales. De hecho, en 1918, cuando las tropas estadounidenses regresaron de Europa al finalizar la Primera Guerra Mundial, en lugar de ser recibidos como héroes muchos soldados negros fueron linchados con los uniformes puestos en las ciudades a las que volvían. Al año siguiente se desató el “Verano Rojo”, una serie de ataques y linchamientos contra los afroestadounidense en muchos lugares del país. Aún en ese clima y quizás por tratarse de un barrio rico, Greenwood no había sido escenario de ataques masivos contra la población negra hasta que la magnificación de un incidente banal magnificado por la prensa encendió la mecha que hizo estallar la violencia.

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Will Brown - Verano Rojo 1919
The Tulsa Tribune incentivó la violencia racial publicando titulares y editoriales que llamaban abiertamente al linchamiento de Dick Rowland

Un ascensor y un artículo incendiario

El comienzo de todo fue un hecho tan insignificante como confuso. La tarde del 30 de mayo de 1921, Día de los Caídos, Dick Rowland, un lustrabotas negro que trabajaba en el centro de Tulsa tuvo ganas de ir al baño. Como las leyes de segregación le impedían usar el mismo servicio que los ciudadanos blancos hizo el recorrido que ya se sabía de memoria: caminó hasta el edificio Drexler y se encaminó hacia el ascensor para subir hasta el tercer piso, donde estaba el único baño de negros. Por pura casualidad, subió solo al elevador, donde estaba la ascensorista Sarah Page, una chica blanca de 17 años. En algún momento del breve viaje entre la planta baja y el tercer piso, la chica gritó. Un empleado de Renberg’s, una tienda de ropa en el primer piso del Drexel, escuchó lo que sonó como el grito de una mujer y vio a un joven negro que salía corriendo del edificio. El empleado fue al ascensor y encontró a Page en un estado angustiado. Pensando que había sido agredida sexualmente, llamó a la policía, que de inmediato detuvo a Rowland y lo llevó al edificio de los tribunales.

En realidad, nunca se supo qué sucedió. “Aunque es todavía incierto describir con precisión lo que pasó el 30 de mayo de 1921 en el edificio Drexel, la explicación más común es que Rowland pisó el pie de Page, lo que causó que ella gritara”, dice un informe de la Sociedad Histórica de Oklahoma. Otras versiones sostienen que el chico negro y la adolescente blanca mantenían una relación clandestina –un hecho más que peligroso en esos tiempos de rígida segregación racial– y que habían tenido una discusión en el ascensor durante la cual Sarah gritó. “En qué medida, Dick Rowland y Sarah Page se conocían ha sido durante mucho tiempo una especulación (…) Es imposible saber qué paso realmente. Sin embargo, en los días y años que siguieron, muchos de los que conocieron a Dick Rowland estuvieron de acuerdo en una cosa: que nunca habría sido capaz de violar”, sostiene A Report by the Oklahoma Commission to Study the Tulsa Race Riot of 1921, un informe oficial de 2001.

Todo podría haberse aclarado con las declaraciones de los dos chicos en el juzgado, pero no hubo tiempo porque en el medio se perpetró una operación de prensa que tuvo la clara intención de desatar una ola de violencia contra la población negra. Porque la masacre de Tulsa es un claro ejemplo de lo que la manipulación mediática puede producir en una sociedad. Al día siguiente, el diario regional The Tulsa Tribune publicó un artículo incendiario de su periodista acreditado en tribunales con el título: “Agarran a negro por atacar a una niña en un ascensor”, donde se daba por probado que Rowland había intentado abusar de Page. Como si con eso no alcanzara, el director del diario potenció la “noticia” con un editorial donde se llamaba a asesinar a Roowland. Su título lo decía todo: “A linchar al negro esta noche”. No hizo falta más para hacer estallar la situación.

Masacre Tulsa
"La explicación más común es que Rowland pisó el pie de Page, lo que causó que ella gritara”, dice un informe de la Sociedad Histórica de Oklahoma

Dos días de violencia

Convocados así por The Tulsa Tribune, la tarde del 31 de mayo una multitud de hombres blancos se reunió frente al tribunal y exigió que le entregaran a Rowland para lincharlo. El sheriff se negó y eso provocó que comenzaran a arrojar piedras contra el edificio. Al saber lo que estaba pasando, un grupo de afroamericanos, muchos de ellos veteranos de la Primera Guerra Mundial, llegó al lugar para defender al chico. Allí se desarrolló el primer enfrentamiento, donde hubo disparos de armas de fuego.

Después de eso, la violencia se trasladó a Greenwood. Alrededor de las diez de la noche, una turba de hombres blancos, entre los cuales había policías, se dirigió al Wall Street negro y comenzó a disparar contra los vecinos y a quemar edificios. Hombres, mujeres y niños fueron sacados de sus hogares y negocios y asesinados en las calles. El asalto duró alrededor de 16 horas, hasta que intervino la Guardia Nacional porque la policía no hizo nada para impedir los ataques.

El Ayudante General de la Guardia Nacional, Charles Barrett, llegó alrededor de las 9 de la mañana del 1° de junio 109 soldados trasladados desde la capital del estado, Oklahoma City, y también convocó refuerzos de varias otras ciudades. A esa altura del día, la mayoría de los ciudadanos afroamericanos sobrevivientes de los ataques había huido de la ciudad o estaba bajo custodia en los varios centros de detención. Las tropas declararon la ley marcial a las 11:49 de la mañana y hacia el mediodía consiguieron acabar con los últimos focos del disturbio.

El saldo era aterrador: aunque el Departamento de Estadísticas Vitales de Oklahoma dio la cifra oficial de 39 muertos, investigaciones posteriores demostraron que ascendieron a más de trescientos entre la comunidad negra. Muchos cadáveres fueron arrojados al río o enterrados en fosas comunes. Los hospitales locales atendieron a cerca de 800 heridos y cerca de diez mil vecinos negros de Greenwood fueron desalojados y trasladados a centros de detención improvisados en diferentes edificios y espacios comunitarios. El fuego destruyó 1.256 residencias en 36 manzanas.

Masacre Tulsa
La masacre de Tulsa dejó alrededor de 300 afroamericanos muertos, 800 heridos y destruyó el próspero barrio de Black Wall Street

Un siglo de silencio

La masacre acabó además con la prosperidad del Black Wall Street de Tulsa. Las compañías de seguros jamás pagaron las pólizas y muchos de los vecinos de Greenwood se fueron para siempre de la ciudad. En la actualidad, en la ciudad la brecha social entre negros y blancos es enorme, con una pobreza que es casi tres veces más altar entre los ciudadanos afroamericanos y la población blanca.

La masacre fue cubierta con un manto de olvido y deliberadamente dejada fuera deliberadamente de los libros de historia. Recién en 1998, 77 años después de los hechos, el estado de Oklahoma comenzó a investigar la localización de las fosas comunes, aunque no tardó en cerrar el caso. Hubo que esperar hasta 2018 para que el alcalde reabriera la búsqueda con un proyecto para localizar las tumbas colectivas mediante un radar de penetración subterránea y recuperar los restos e identificar a las víctimas.

A principios de 2020, un grupo de habitantes de Oklahoma, encabezado por Lessie Benningfield Randle, por entonces de 105 años, y Viola Fletcher, que tenía 106, presentó una demanda exigiendo indemnizaciones para los herederos de las familias víctimas de la masacre. En la presentación acusaron al Ayuntamiento de Tulsa, al condado de Tulsa, al sheriff del condado de Tulsa de la época, a la Guardia Nacional de Oklahoma y a la cámara regional de Tulsa por su participación directa en la masacre. Según los abogados, los acusados “se han enriquecido injustamente a expensas de los ciudadanos negros de Tulsa, así como de los supervivientes y de los descendientes de las víctimas de la masacre de 1921”.

Sin embargo, no obtuvieron justicia. Sin mucho trámite, la Corte Suprema de Oklahoma desestimó definitivamente la demanda por reparaciones y dictaminó que, aunque los agravios eran legítimos, no encajaban dentro del marco legal de la ley estatal sobre “molestias públicas”.

Luego de la muerte de su compañera Viola Fletcher a los 111 años el 24 de noviembre de 2025, Lessie Benningfield Randle, que también acaba de cumplir 111 años, es la única testigo viva de la masacre de Tulsa. Aún sigue esperando justicia.

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