En 1983, cuando el Smithsonian National Air and Space Museum de los Estados Unidos anunció que exhibiría en una de sus salas el cadáver de un chimpancé llamado Ham se desató un verdadero escándalo que dio lugar, incluso, a editoriales en los diarios y a una amplia cobertura en las cadenas de televisión. “Hablando de precedentes espantosos, el de Ham debería ser suficiente para poner nervioso a cualquier veterano espacial cuando piense cómo lo van a tratar después de su muerte”, publicó The Washington Post en una columna sobre el asunto. Otros medios se pronunciaron con palabras parecidas. La mención a los veteranos espaciales, es decir, a los astronautas, no era gratuita sino totalmente intencionada, porque Ham no solo fue un mono astronauta sino que fue su viaje alrededor de la órbita terrestre el que creó las condiciones para que los astronautas humanos pudieran volar al espacio exterior.
Su involuntaria hazaña —porque a Ham nadie le preguntó si quería abordar una nave espacial—, databa del 31 de enero de 1961 y significó un hecho bisagra en la conquista del espacio. A principios de la década de los ’60, las tensiones de la Guerra Fría estaban en uno de sus puntos más altos y se manifestaban a los ojos del mundo no solo con posicionamientos geopolíticos sino —y de manera mucho más visible— en dos competencias que no tenían nada de deportivas: la carrera armamentística y la espacial. Para Estados Unidos y la Unión Soviética, poner el primer hombre en el espacio era un objetivo estratégico y quien lo lograra antes se anotaría una victoria tecnológica y científica sin precedentes que, además, sería una demostración de poder. Todo valía en la disputa por la hegemonía entre las dos grandes potencias de la época.
Animales al espacio
Para 1961, tanto la Unión Soviética como Estados Unidos llevaban más de una década enviando animales al espacio. El primero fue Albert I, un macaco que la NASA hizo despegar el 11 de junio de 1948 y perdió la vida en el intento. Después de él siguieron más monos, ratones, conejos y perros. De esa etapa, el animal astronauta cuyo nombre todavía hoy se recuerda es Laika, una perrita callejera lanzada en la cápsula Sputnik II por los soviéticos en 1957 que murió pocas horas después del despegue debido al estrés y las altas temperaturas.
Como resultado de esos ensayos con aciertos y errores —casi siempre fatales para los animales— se llegó a una primera conclusión: en un vehículo adecuado, un ser vivo podía ser enviado al espacio, sobrevivir allí y ser traído de regreso a la Tierra. No era, como se suele decir, un dato menor, sino que también abría una puerta inmensa hacia el espacio exterior: si un animal era capaz de sobrevivir y, además, volver sano y salvo, un ser humano también podría hacerlo. En las palabras que hacia el final de la década pronunciaría Neil Armstrong al poner sus pies sobre la Luna, ese paso anterior también sería un gran salto para la humanidad.
Claro que antes de poner a un ser humano en el espacio era necesario desvelar otro interrogante: qué podría hacer en condiciones de gravedad cero. O, más precisamente, ¿sería capaz, en esas condiciones, de operar una nave espacial? Eso no se podía probar con ratones, conejos o perros, y tampoco era cuestión de mandar un ser humano casi a ciegas. La única posibilidad era enviar a un animal entrenado para que pudiera operar los controles, y eso no podía hacerlo un perro ni un gato y mucho menos un ratón.
No había muchas alternativas para la elección: había que entrenar y mandar a un chimpancé, el animal cuyo ADN es el más parecido al del hombre —a diferencia del resto de los monos, es un homínido— y que es capaz de aprender y realizar acciones relativamente complejas. Fue entonces que entró en escena el chimpancé Ham, seleccionado para ser lanzado al espacio y traerlo de vuelta como parte de la misión Mercury.

Una sigla para un nombre
Ham no se llamaba entonces Ham sino que se lo conocía solo por un número, el 65, del lote de chimpancés traído por la fuerza Aérea estadounidense desde África para entrenarlos en el Holloman Aero Med (HAM), cuyas siglas le compondrían luego el nombre con que pasaría a la historia de la conquista del espacio exterior. Nacido en Camerún en 1957 —el mismo año en que la perrita Laika murió en el espacio— Ham llegó con decenas de sus congéneres a los Estados Unidos en 1959 para ser examinado y luego entrenado en el centro de medicina espacial.
Antes de ponerlos a volar, los chimpancés debían se capaces de realizar una serie de acciones. El entrenamiento consistía en que aprendieran a tirar de una palanca de acuerdo con una serie de estímulos provocados con luces y sonidos. Por ejemplo, si se encendía una luz azul, los chimpancés debían de tirar de una palanca en los 5 segundos siguientes. Fue un aprendizaje cruel, realizado con el método de premios y castigos. Si realizaban la acción que les “ordenaba” la luz o el sonido —por ejemplo, tirar de la palanca— les daban una banana como recompensa, pero si se equivocaban recibían una descarga eléctrica en las plantas de los pies. También fueron sometidos a simulaciones de exposición a la gravedad cero, algo que también se estaba haciendo por entonces con los primeros candidatos humanos a astronautas.
En el curso de las pruebas, no todos los chimpancés reaccionaron igual y hubo algunos que se desempeñaron mejor que otros durante el entrenamiento. Para fines de diciembre de 1960, el equipo del Holloman Aero Med seleccionó a seis — cuatro hembras y dos machos— para ser enviados a la base de lanzamiento de Cabo Cañaveral el 2 de enero de 1961.
La elección definitiva no fue sencilla. Hasta el mismo día del vuelo el equipo de Cabo Cañaveral no definió cual sería el chimpancé astronauta que iría al espacio. La decisión fue tomada a último momento, cuando —según documentos que hoy están en el Smithsonian National Air and Space Museum de Estados Unidos— vieron que el número 65 se veía “particularmente luchador y de buen humor”. Para que se sintiera todavía mejor, le dieron un desayuno especial: cereales, vitaminas, medio huevo y leche condensada. Un verdadero manjar.

Ham en el espacio
Estaba previsto que el vuelo de la nave ‘Mercury Redstone’ en la que viajaba el número 65 —todavía no se llamaba Ham— alcanzase una altitud de 185 kilómetros con una velocidad de unos 7.081 kilómetros por hora. Sin embargo, debido a problemas técnicos, la nave se elevó 253 kilómetros con una velocidad de 9.426 kilómetros por hora. Es decir, voló más rápido y alto de lo que estaba previsto. Durante los 16 minutos y medio que duró el vuelo, el chimpancé número 65 estuvo seis minutos y medio en condiciones de gravedad cero. No fue lo único que falló. Los cálculos de la trayectoria tampoco se cumplieron como estaba previsto. La cápsula cayó al mar, en el Océano Atlántico, a más de 95 kilómetros del USS Donner, el barco que debía recogerla. Cuando finalmente lo rescataron, ya había un poco de agua salada dentro de la nave.
Aún con esas fallas, la experiencia fue un éxito. Ham tiró de la palanca respondiendo al estímulo de la luz, como le habían enseñado, aunque demoró un poco más que en tierra debido a las condiciones diferentes de gravedad. Se trataba de una prueba fundamental: si el chimpancé había sido capaz de realizar una tarea física en el espacio, los seres humanos también podrían hacerlas.
Otro dato fundamental fue que, aunque se lo vio cansado y se comprobó que estaba algo deshidratado, los exámenes a los que fue sometido demostraron que el chimpancé número 65 había resistido muy bien el vuelo y estaba en buenas condiciones de salud. Recién entonces se lo presentó al mundo con el nombre que pasaría a la historia: el anónimo 65 se convirtió en Ham, un verdadero aunque involuntario héroe de la conquista espacial.

La hora de los humanos
El vuelo experimental de Ham fue un paso importante para Estados Unidos en la carrera espacial que mantenía con la Unión Soviética, pero no le alcanzó para ganar la competencia de poner el primer hombre en órbita. Dos meses después del vuelo del chimpancé, el 12 de abril de 1961, la Unión Soviética llevó al espacio y puso en órbita al piloto de pruebas Yuri Gagarin. “¡Allá vamos!”, fue la frase que pronunció antes de despegar a bordo de una nave Vostok desde el cosmódromo ultrasecreto de Baikonur, en la por entonces República soviética de Kazajistán, a las 9.07 de la mañana, hora de Moscú. El vuelo duró 108 minutos, el tiempo exacto que demoró en completar una órbita alrededor de la Tierra y aterrizar en la estepa rusa.
Aunque no llegó primero, Estados Unidos quedó atrás de los soviéticos por poco. Menos de un mes después del vuelo de Gagarin, el 9 de mayo, envió a su primer astronauta fuera de la Tierra. Sin embargo, ese vuelo a cargo de Alan Shepard fue suborbital y no podía compararse con el del cosmonauta ruso.
Recién el 20 de febrero de 1962, la NASA lograría que un astronauta estadounidense completara la órbita terrestre con la misión Friendship 7, a cargo de John Glenn. Para esa fecha, Ham seguía en el Holloman Aero Med, donde se estudiaba día tras día su estado de salud, en busca de algún efecto demorado de su estadía en el espacio. No los hubo.

La ingratitud de la NASA
Para entonces, el chimpancé Ham era un personaje famoso. Se convirtió en uno de los íconos de la naciente cultura pop como símbolo de la conquista espacial estadounidense y fue portada de la revista Life. Sin embargo, esa gloria no le sirvió para tener una vida mejor que la de otros chimpancés en cautiverio.
En 1963, terminados todos sus exámenes, fue a parar al Zoológico Nacional de Washington DC, donde pasó 17 años en soledad. Luego estuvo tres años en el zoológico de Carolina del Norte en compañía de otros chimpancés antes de morir el 19 de enero de 1983 a los 25 años, bastante joven para ser un chimpancé. Tras su fallecimiento, sus restos fueron nuevamente estudiados, esta vez por el Instituto de Patología de las Fuerzas Armadas.
Después del escándalo que provocó la propuesta de exhibir su cadáver en el Smithsonian National Air and Space Museum, el esqueleto de Ham se conserva en el Museo Nacional de Salud y Medicina de Maryland, mientras que el resto de sus despojos están enterrados en el predio del Salón de la Fama del Espacio Internacional de Alamogordo, en Nuevo México.
Aunque tardíamente, en 2008 el cine le hizo una suerte de homenaje al chimpancé Ham con una película animada, Space Chimps: Misión espacial. Su protagonista no es Ham, sino su nieto, que lleva una vida feliz como mono volador en un circo de tercera categoría, hasta que la NASA —recordando a su abuelo— lo busca para hacerle una oferta que no puede rechazar: rescatar a una nave espacial que, luego de ser atrapada por un agujero de gusano, está perdida en los confines del universo.
Últimas Noticias
La foto acertijo: ¿Quién es esta niña nacida en una familia poderosa que acabaría siendo famosa en todo el mundo?
Nació en el seno de una familia poderosa del Japón de entreguerras y creció entre mudanzas, distancia emocional y una educación estricta. La guerra, la soledad y una temprana formación artística marcaron a la niña que, años más tarde, se destacaría como artista polifacética.

De los zepelines alemanes que bombardearon París a la falsa ciudad construida para engañar a los pilotos
El impacto de los primeros bombardeos aéreos sobre la capital francesa durante la Primera Guerra Mundial llevó a las autoridades a idear una defensa tan audaz como secreta: la construcción de una réplica iluminada de París destinada a confundir a los aviadores enemigos

Seis veces peor que el Titanic: los 9.000 muertos del Gustloff, el barco de evacuación alemán hundido por tres torpedos soviéticos
Construido por los nazis en tiempos de paz para realizar cruceros de placer, al inicio de la Segunda Guerra Mundial fue convertido primero en barco hospital y luego en buque militar. El 30 de enero de 1945, cuando zarpó de Danzig, en Polonia, con más de diez mil personas a bordo en una operación de evacuación, fue alcanzado por tres proyectiles que lo mandaron al fondo del mar

Cuatro víctimas, un “alumno brillante” y 150 cuchillazos: los horrores que develaron las autopsias del cuádruple crimen de Idaho
Las pericias de los asesinatos de Bryan Kohberger fueron desclasificadas por la justicia y vertidas a la prensa: determinaron que el joven, que el domingo 13 de noviembre de 2022 tenía 28 años, atacó con su cuchillo KA-Bar al menos 150 veces sobre los jóvenes estudiantes Xana Kernodle, Ethan Chapin, Madison Mogen y Kaylee Goncalves. La historia de un caso que estremeció a una comunidad

De rival del Titanic al olvido: la historia del RMS Berengaria, el gigante que conquistó el Atlántico y cedió ante la modernidad
Nacido como SS Imperator y rebautizado tras la Primera Guerra Mundial, este navío fue símbolo de lujo en la era dorada de los transatlánticos, antes de sucumbir al avance tecnológico

