
“Cuando alguien me pregunta cómo puedo describir mejor mi experiencia de casi cuarenta años en el mar, yo simplemente digo sin incidentes. Claro que hubo tempestades de invierno, vendavales, nieblas y cosas de ese tipo… Sin embargo, en toda mi experiencia nunca estuve en cualquier tipo de accidente del que valga la pena hablar. Solo en una ocasión vi una embarcación en peligro en todos mis años en el mar. Yo nunca vi un naufragio o estuve en un naufragio, ni estuve en cualquier situación que amenazase con acabar en un desastre de algún tipo. Ya lo ve, yo no soy un material muy bueno para una historia”, le dijo el capitán Edward John Smith a un periodista neoyorquino luego de cruzar el Atlántico al mando del viaje inaugural del RMS Adriatic, el barco estrella de la prestigiosa compañía naviera White Star. Corría mayo de 1908 y faltaban cinco años para que se hundiera con el Titanic.
Cuando dio esa entrevista Edward Smith ya era un marino famoso, tanto que se lo conocía como “el capitán de los millonarios” por estar siempre al mando de los transatlánticos más lujosos de la compañía, cuyos pasajes costaban una fortuna. Además, era un tipo con muy buena imagen pública que se llevaba muy bien con los medios de comunicación, un plus que White Star aprovechaba para hacer la publicidad de sus viajes. Por eso le daban el mando de sus mejores barcos en sus viajes inaugurales, antes y después de los cuales acostumbraba a dar conferencias de prensa en las que emitía juicios tan contundentes como este: “No puedo imaginar ninguna condición por la que un barco actual pueda hundirse”.
Había llegado a la cima de su profesión desde un origen muy humilde. Sus padres eran alfareros cuando llegó al mundo en el pequeño pueblo de Hanley, Staffordshire, en Inglaterra, el 27 de enero de 1850. Creció en un barrio pobre donde pocos de sus habitantes conseguían llevar una carrera profesional de éxito. Para evitar ese destino frustrante, a los 17 años se trasladó a Liverpool y se enroló en la marina mercante como grumete. Ingresó a White Star en 1880, a los 30 años, como cuarto oficial del SS Celtic y desde entonces su carrera siempre había ido en ascenso.
Por su personalidad, reconfortante y tranquila, era muy apreciado en el ambiente marítimo. No solo se llevaba bien con los adinerados pasajeros de los barcos que capitaneaba, sino que era querido y respetado por los marineros, los oficiales y el personal de servicio que trabajaba a sus órdenes, entre los que se contaba una joven camarera de origen argentino llamada Violeta Jessop, a la que años más tarde se la conocería como “Miss Inhundible”.
Para 1910 ya era el capitán mejor valorado de la compañía, que comenzó a encargarle los viajes inaugurales de los grandes barcos. Su reputación se disparaba al tiempo que ascendía en la escala social. Antes de capitanear el Titanic, comandó el Republic, el Coptic, el Majestic, el Baltic, el Adriatic y el Olympic. Vivía con su mujer y su hija en una imponente mansión en Southampton y ganaba unas 1.250 libras al año más 200 dólares de un premio por no sufrir accidentes.
Pero no todo lo que reluce es oro, porque para entonces la trayectoria del capitán Smith en White Star tenía varias máculas, claro que muy poco conocidas. En 1889, al mando del Coptic, encalló el barco frente a Río de Janeiro, y más tarde le pasó lo mismo con el Adriatic en el puerto de Nueva York. Protagonizó su peor accidente en 1911, al mando del Olympic, un “tropiezo” que debió poner en alerta a los directivos de White Star antes de entregarle la capitanía del Titanic.

El choque del Olympic
Botado en mayo de 1911 con una ceremonia espectacular, el Olympic fue presentado como el barco de pasajeros más grande de su tiempo. Medía treinta metros más que su rival más cercano. El 20 de septiembre de 1911, en su sexta travesía transatlántica hacia Nueva York, la nave capitaneada por Smith chocó con el buque de guerra británico HMS Hawke. El enorme buque de pasajeros navegaba por el Solent en la isla de Wight paralelo al Hawke, cuando viró para el lado de estribor, sorprendiendo al capitán del Hawke y dejándolo sin tiempo hábil para reaccionar. La succión de las hélices del transatlántico atrajo al Hawke, que chocó por proa con el lado de estribor de la popa del Olympic y le abrió un enorme agujero por encima y debajo de la línea de flotación y dañó el eje de una de las hélices.
El choque abrió una enorme vía de agua en la zona de los camarotes de tercera clase y desató el pánico entre los pasajeros. Con dos de sus compartimentos estancos inundados, el Olympic consiguió llegar por su cuenta al puerto de Southampton. La investigación concluyó que el accidente había sido responsabilidad del Olympic, pero los peritos no recomendaron ninguna sanción para Smith.
En febrero de 1912, el Olympic sufrió un nuevo incidente, debido a la pérdida de una pala de la hélice de estribor y tuvo que retornar de nuevo a los astilleros en Belfast para reparaciones. Smith continuó al mando del barco hasta el 30 de marzo de 1912, cuando fue sustituido por el capitán Herbert Haddock.
De manera difícil de explicar, en lugar de mandar a Smith a cuarteles de invierno después del choque, los directivos de la White Star Line, le ofrecieron un destino que era todo un premio: capitanear el Titanic, un transatlántico en construcción que sería el más grande y lujoso del planeta. El barco había sido diseñado para ser lo máximo en opulencia y comodidad: tenía gimnasio, pileta cubierta, biblioteca, restaurantes de lujo y amplios camarotes para los viajeros de primera clase. También contaba con recursos excepcionales para la época, como con una potente estación de telegrafía a disposición de los pasajeros y los tripulantes.
A la camarera argentino-británica Violeta Jessop también le ofrecieron integrar la tripulación del Titanic. Cuenta en sus memorias que en un primer momento dudó, porque quería seguir en el Olympic cuando fuera reparado, pero no pudo rechazar la oferta, porque significaba un paso muy grande en su carrera. Ella tampoco desconfiaba del capitán Smith, que después de cargarse un buque de guerra y casi destruir su propio barco, iba camino a estrellar contra un iceberg al transatlántico más caro del mundo. Así, a los 24 años, pasó a ser una de sólo 23 mujeres que formaron parte de la tripulación en el trágico viaje inaugural del Titanic.

La argentina del Titanic
Violeta Jessop nació el 2 de octubre de 1887 en una pequeña colonia de británicos radicados en las cercanías de Bahía Blanca. Su padre, William Jessop, era un irlandés de Dublin que había emigrado para construirse un buen futuro en América, y su madre, Katherine Kelly, no había demorado en seguirlo para casarse y formar familia en la Argentina. Vivían en una casa que apenas superaba la condición de rancho. “Era una larga habitación construida por mi padre, con piso de tierra y paredes de adobe. También tenía una alambrada para protegerla de la paja voladora, que podía ser muy molesta con el viento. Adentro, apenas había una silla de madera y no mucho más. Sin embargo, ellos eran románticos”, cuenta Violeta en sus memorias. Creció a caballo de los dos idiomas y terminó hablando y escribiendo muy bien tanto en inglés como en castellano.
William trabajaba para el Ferrocarril del Sud, que primero lo condujo a Ingeniero White y después lo mandó a hacerse cargo de una estación en la ruta Tres Arroyos-Bahía Blanca. Poco antes del inicio del nuevo siglo, el padre fue trasladado a la estación Constitución y la familia, que ya contaba con cuatro hijos, se radicó en Buenos Aires, y un año más tarde viajó a Mendoza, un nuevo destino ferroviario.
Sin embargo, el futuro argentino con el que habían soñado William y Katherine se vino abajo en 1903, cuando al padre de familia le diagnosticaron un cáncer. Superó la intervención a la que lo sometieron en el Hospital Británico para extirparle el tumor, pero no pudo sobrevivir a las complicaciones posoperatorias y murió el 7 de marzo de ese año. Sola con sus cuatro hijos, Katherine decidió volver a Irlanda del Norte y radicarse en Belfast, donde tenía familiares que podían ayudarla.
Violeta terminó el colegio secundario y en 1908, para ayudar a la economía familiar, buscó trabajo como camarera en una compañía naviera, la White Star Line. Su manejo fluido del inglés y del español fue determinante para que la contrataran. Tenía 21 años. Así empezó su carrera en el mar, la que la llevaría a convertirse en “Miss Inhundible”, la mujer que sobrevivió a tres naufragios.

Un iceberg mortal
El Titanic, con el capitán Edward John Smith al mando y Violeta Jessop como camarera, partió en su viaje inaugural del puerto de Southampton con destino a Nueva York el 10 de abril de 1912 y se hundió cinco días más tarde, después de chocar con un iceberg. La colisión ocurrió la noche del 14 de abril y después de muchas vacilaciones, el capitán Smith ordenó la evacuación, pero ya la mayoría de los pasajeros y la tripulación estaba condenada a muerte por una imprevisión. El barco se hundió a las 2.20 de la madrugada del 15 de abril con el capitán Smith a bordo.
El transatlántico tenía prevista una dotación de 64 botes para 65 personas cada uno, pero como los fabricantes lo consideraban inhundible, solo llevaba veinte y los pasajeros apenas alcanzaron a abordar dieciséis. De las 2225 personas que, entre tripulantes y pasajeros, estaban a bordo, solo 706 sobrevivieron. “Me ordenaron que subiera a cubierta. Al principio los pasajeros paseaban tranquilos, pero después empezó la desesperación. Las otras camareras y yo vimos cómo las mujeres se aferraban a sus maridos antes de que las metieran en los botes salvavidas con sus hijos. Entonces, un oficial nos ordenó a nosotras abordar el bote número 16 para demostrarles a las mujeres que era seguro”, escribió Violeta en sus memorias, publicadas por sus sobrinos después de su muerte con el título Sobreviviente del Titanic.
Más allá del miedo, recuerda haber mantenido la calma por una cuestión de experiencia, ya que menos de un año antes había sobrevivido al choque del Olympic. Sabía que descontrolarse era lo peor. Quizás porque la vio tranquila, un oficial la eligió a ella para salvar a un bebé. Cuando estaban bajando el bote salvavidas, el marino se asomó por la barandilla del barco y le gritó:
—Señorita Jessop, tenga. Cuide este bebé —y le arrojó un bulto que atajó como pudo.
Durante las ocho horas siguientes, hasta que los tripulantes del bote fueron rescatados por el carguero RMS Carpathi, mantuvo al bebé apretado contra su pecho para protegerlo del frío lacerante que amenazaba con congelarlos. Subió a bordo del carguero todavía con el bebé en brazos y una vez que pisó cubierta, una mujer prácticamente se le tiró encima, le arrebató a la criatura y se alejó sin siquiera dirigirle la palabra. Violeta no volvió a verlos, ni a ella ni al bebé.
Todo había terminado. “(El Titanic) bajó un poco la cabeza, luego un poco más abajo y aún más abajo. Toda la maquinaria de cubierta cayó al mar como si fueran juguetes de niño. Luego dio un salto temeroso, la popa se alzó a cientos de pies en el aire hasta el último rugido y desapareció en las profundidades, y su ruido yéndose a través de las aguas fue de una violencia inimaginable...”, escribió la camarera argentina en sus memorias.
Violeta Jessop fue la única argentina que sobrevivió al hundimiento del Titanic y probablemente sea la única mujer del planeta que salió con vida de tres naufragios.

“Miss Inhundible”
Cuando, un día después del naufragio, Violeta llegó al puerto de Nueva York a bordo del carguero Carpathia ya había tomado una decisión. Pese a todo, seguiría navegando. La destinaron como camarera a otro barco de la compañía, el Britannic, que hizo su primer viaje en 1914, en coincidencia con el inicio de la Primera Guerra Mundial. Estaba destinado a ser un barco de pasajeros, pero el Gobierno británico lo requisó para convertirlo en un buque hospital. Allí no hacían falta camareras, pero sí enfermeras. Violeta, dispuesta a seguir en el mar pese a los peligros de la guerra, hizo un curso en la Cruz Roja y quedó a bordo como auxiliar de los médicos.
El 21 de noviembre de 1916, cuando el barco navegaba por el mar Egeo a la altura del canal de Kea, frente a las islas griegas, sufrió una explosión. Aún hoy no queda claro si chocó con una mina o fue alcanzado por un torpedo alemán. El Britannic se hundió en 55 minutos, tres veces más rápido que el Titanic. Violeta pudo abandonar el barco en un bote salvavidas, pero pronto terminó por saltar al agua porque la pequeña embarcación estaba siendo chupada por las hélices del barco. Al arrojarse se golpeó la cabeza, pero alguien la tomó del cabello y logró subirla a otro bote. Ese día murieron treinta personas. Violeta, una vez más, sobrevivió.
Después de este tercer accidente naval, Violeta Jessop se convirtió en “Miss Inhundible”, como la llamaban sus compañeros de trabajo y los directivos de la White Star Line. Tampoco ese naufragio la hizo alejarse del mar. Tal vez haya pensado que la tercera era la vencida. Siguió trabajando como camarera, otra vez en el ya reparado Olympic, con el que navegó durante años sin sufrir ningún contratiempo. Se casó con un marinero, pero el matrimonio fue efímero y no tuvo hijos.
En 1945, al terminar la Segunda Guerra Mundial y con 58 años a cuestas, pidió ser transferida a las oficinas, pero esa decisión terrestre le duró poco. En 1948, a los 61, volvió a embarcarse y navegó dos años más. Se jubiló en 1950 y se fue a vivir a Suffolk, lejos del mar.

Un llamado y un monumento
Una noche de mediados de la década de los ’60, Violeta Jessop recibió una llamada en su casa de Suffolk, donde se dedicaba a la cría de gallinas luego de pasar casi toda su vida ligada al mar. Del otro lado de la línea, una voz de hombre le preguntó en inglés:
—¿Es usted la señorita Jessop?
—Sí, soy yo. ¿Quién es usted?
El hombre le contestó con otra pregunta:
—¿Usted cuidó a un bebé durante toda la madrugada en el naufragio del Titanic?
—Sí, es algo que nunca podré olvidar… —empezó a responder Violeta, pero el hombre la interrumpió.
—Bueno, yo soy ese bebé. Muchas gracias —le dijo y colgó sin dar su nombre.
Violeta Jessop murió en 1971, a los 84 años, a causa de una bien terrenal insuficiencia cardíaca. En cuanto al capitán Edward John Smith, la investigación lo eximió de toda responsabilidad en el hundimiento del Titanic. Algunos sobrevivientes relataron que nunca perdió la calma y que no intentó salvarse del naufragio. En 2012, al cumplirse un siglo de la tragedia, se inauguró un monumento en su honor en el Beacon Park de Lichfield. La placa dice: “En memoria y ejemplo de un gran corazón, una vida brava y una muerte heroica”.
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