
“Hemos venido a verte a ti, Señor, para buscar justicia y protección. Hemos caído en la miseria, se nos oprime, se nos aplasta de trabajo por encima de nuestras fuerzas, se nos insulta, no se nos reconoce como seres humanos, se nos trata como esclavos”, decía la carta que llevaba la multitud que marchaba en San Petersburgo hacia el Palacio de Invierno. Mientras en todo el mundo el almanaque decía que era el 22 de enero de 1905, en Rusia el calendario juliano marcaba el día 9. El “Señor” al que se referían los manifestantes no era otro que el Zar Nicolás II, el “Padrecito” de todos los rusos, el representante de Dios en la tierra. La respuesta fueron balas disparadas por los fusileros y sablazos de los cosacos que cargaron a caballo para sembrar muerte.
Fue una matanza cuya cantidad de víctimas sigue siendo materia de debate: oficialmente se contaron 96 muertos, pero la mayoría de los historiadores calculan que fueron por lo menos un millar. Los heridos superaron la decena de mil. Al hecho se lo conoce como el “Domingo Rojo” o el “Domingo Sangriento” y se lo considera el hecho que, meses después, desembocaría en la fracasada Revolución Rusa de 1905. Así lo entendió Trotsky, que escribió: “Comienza por una huelga, se unifica, formula exigencias políticas, sale a la calle, atrae hacia sí todas las simpatías, choca con la fuerza armada y abre la Revolución Rusa”.
En San Petersburgo –porque hubo protestas también en otros lugares de Rusia– los manifestantes fueron alrededor de 140.000, encabezados por el sacerdote ortodoxo Gueorgui Gapón, un cura que se había convertido en líder natural de los más pobres y había organizado la Asamblea de Obreros Industriales Rusos en la ciudad. Hasta entonces sus acciones habían sido toleradas por la policía zarista, que lo veía como un freno al avance de los “provocadores” socialistas, social revolucionarios, anarquistas y comunistas cada vez más escuchados por el incipiente proletariado ruso.
De ninguna manera habitaba en la mente del cura Gapon, y mucho menos en la de los manifestantes, la idea de desplazar al gobierno o derrocar al zar. No llevaban armas, sino retratos de Nicolás II e imágenes religiosas. Marchaban para pedir la protección del “Padrecito”. Lo prueba otro párrafo de la carta que pretendieron entregarle sin suerte: “¡Señor, no niegues la ayuda a tu pueblo! ¡Derriba el muro que se alza entre ti y tu pueblo! Dispón, júranoslo, que nuestros ruegos sean cumplidos, y harás la felicidad de Rusia; si no lo haces, estamos dispuestos a morir aquí mismo. Sólo tenemos dos caminos: la libertad y la felicidad o la tumba”, decía.
No obtuvieron libertad ni felicidad, sino represión y muerte. Esa matanza marcó también un punto de inflexión en las luchas populares rusas. En un artículo que ese mismo año, titulado El ‘padrecito zar’ y las barricadas, Lenin señaló que ese domingo sangriento “reveló la agonía de la fe secular del campesinado en ‘el padrecito zar’ y el nacimiento de un pueblo revolucionario encarnado en el proletariado urbano. (…) La última década del movimiento obrero produjo miles de proletarios socialdemócratas de vanguardia que rompieron con esa fe, plenamente conscientes de lo que hacían. Educó a decenas de miles de obreros en quienes el instinto de clase, fortalecido en la lucha huelguística y en la agitación política, minó todos los fundamentos de semejante fe”.

Caldo de cultivo
Desde hacía meses el descontento popular venía cocinándose a fuego lento en las fábricas y en las flacas ollas de las casas campesinas. La situación económica era grave, porque Rusia estaba en guerra con Japón desde febrero de 1904 y las exigencias del conflicto se medían en grandes cantidades de rublos. Las protestas obreras comenzaron en septiembre de 1904, cuando los trabajadores de las imprentas de Moscú pidieron un aumento de sueldo basado en un cálculo que hoy puede parecer increíble pero que en ese momento tenía su lógica: los obreros gráficos cobraban por cada letra de los textos que imprimían, pero no por los signos de puntuación, y eso fue lo que reclamaron, además de una jornada laboral de ocho horas.
La huelga se inició en una imprenta llamada Sytin, pero no tardó en extenderse a todas las de la capital, que eran alrededor de cincuenta. Los trabajadores protestaron en las calles y la policía los reprimió. Con el correr de los días se sumaron otros gremios, entre ellos el de los panaderos y el de los ferroviarios. La huelga siguió extendiéndose y hubo también actos de sabotaje: los obreros cortaron cables de telégrafos, paralizaron el servicio de trenes, impidieron el funcionamiento de las centrales eléctricas. Hasta el ballet imperial se plegó a la huelga. Al calor de esas luchas, se hizo fuerte el Soviet de San Petersburgo, que lideraba Leon Bronstein, más conocido por su nombre de guerra, Trotsky, que luego describió así el desarrollo de los hechos: “Esta fue la huelga que comenzó con los signos de puntuación y terminó con el absolutismo”.
El zar intentó frenar las protestas haciendo algunas concesiones y el 17 de octubre de 1904 concedió poderes legislativos a la Duma, sufragio limitado a los trabajadores urbanos varones y la aprobó el funcionamiento de algunos partidos políticos, aunque solo el de aquellos que lo apoyaban. Con esas medidas y la amenaza constante de la represión de la policía imperial, las aguas se quietaron durante un breve lapso, para volver a encresparse, aún con más fuerza, los primeros días del año siguiente.

El Domingo Rojo
El 3 de enero de 1905 los obreros de la Fábrica Putilov, una empresa privada que producía locomotoras y maquinaria agrícola, fueron a la huelga por mejoras salariales y la jornada de trabajo. Cinco días después se convocó a una huelga general que paralizó a San Petersburgo. El almanaque juliano marcaba el sábado 8 de enero y se decidió entregar una carta al zar al día siguiente, acompañada por una movilización masiva al Palacio de Invierno.
El domingo 9 Nicolás II no estaba en San Petersburgo porque había decidido pasar el fin de semana con la zarina Alexandra en su villa de Tsárskoye Seló. En su ausencia había dejado a cargo del palacio a su tío, el gran duque Vladimir Aleksándrovich. Para impedir que los manifestantes llegaran al palacio, el duque dividió a la ciudad en zonas bajo jurisdicción militar y mandó a cerrar los cuatro puentes que llevaban al centro de la ciudad. Fue inútil, porque la multitud superó a quienes pretendían detenerla.
A media tarde los manifestantes llegaron al Palacio y aunque la marcha era claramente pacífica, el duque ordenó a la Guardia Imperial que disparara. Abrieron fuego los fusileros, que apuntaron directamente a las personas que estaban más cerca de las rejas del palacio. Minutos después, los cosacos a caballo cargaron contra la multitud a sablazo limpio, sin hacer distinciones entre hombres mujeres y niños. Los manifestantes levantaron barricadas en la avenida Nevsky mientras desde las ventanas de las casas los vecinos apedreaban a las tropas. Algunos pocos participantes de la marcha que llevaban armas y otros que lograron quitárselas a la policía comenzaron a responder el fuego. En medio de las escaramuzas, un grupo saqueó la fábrica de armas Schoff y se sumaron a la contienda. Otros cortaron las comunicaciones derribando los postes del telégrafo.
Sin embargo, la diferencia de fuerzas fue volcando el combate callejero a favor de las tropas zaristas que hicieron retroceder a los manifestantes, que dejaron detrás a centenares de muertos a balazos, por los sablazos de los cosacos o aplastados por otros en el desorden de la huida. Aún así, los combates siguieron toda la noche.

Ofensiva popular y derrota revolucionaria
Protegido por un grupo de manifestantes, el cura Gapon, que estaba entre quienes iban en la primera fila de la marcha hacia el palacio, salvó su vida y al día siguiente salió clandestinamente de Rusia. Antes de partir escribió una carta que fue publicada por algunos medios y leída en las asambleas obreras. “Ya no tenemos zar. Un río de sangre lo separa hoy del pueblo ruso. Ha llegado la hora de que los obreros rusos libren sin él la lucha por la libertad del pueblo”, clamaba.
Una crónica publicada poco después pintaba el panorama después de la salvaje represión. “Lunes 10. Patrullas de cosacos a caballo recorren las calles. Aquí y allá hay grupos de obreros excitados. Los quioscos de periódico están en llamas. No hay electricidad ni gas. En la avenida Nievski hubo nuevos enfrentamientos. Las tropas han vuelto a disparar contra la multitud en las cercanías del palacio de Anichkov. La policía ordenó cerrar las armerías y depositar las armas en los sótanos. Los numerosos incendios y explosiones producen pánico. En la isla Vasilievski se volvieron a levantar barricadas, nuevamente capturadas por las tropas. No hay periódicos, las escuelas están cerradas. En las barriadas obreras se han llevado a cabo numerosos mítines discutiendo las medidas de resistencia”, describía.
Por las calles y en las asambleas comenzó a circular un volante encabezado por la consigna del Manifiesto Comunista: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”. En su texto llamaba a la insurrección: “¡A las armas camaradas! ¡Tomemos los arsenales, los depósitos de armas y las armerías! ¡Destruyamos las prisiones y saquemos de ellas a los combatientes por la libertad! ¡Derribemos los cuarteles de la policía y la gendarmería y todas las instituciones oficiales! ¡Hay que derrocar al gobierno zarista e instituir nuestro propio gobierno! ¡Viva la revolución! ¡Viva la asamblea constituyente de los representantes del pueblo!”, decía.
Pese a la brutal represión del Domingo Rojo, en los meses siguientes la ola de protestas siguió creciendo por toda Rusia y desembocaron en el intento revolucionario de los Soviet entre octubre y diciembre de 1905, cuando fue aplastado. El cura Gapón volvió del exilio en 1906 para, supuestamente, volver a sumarse a la lucha. Fue entonces cuando los social-revolucionarios, que lo habían apoyado, descubrieron que en realidad era un agente encubierto de la policía zarista. En abril de ese año lo encontraron ahorcado en una granja de las afueras de San Petersburgo.
Pese a su fracaso, la marcha del Domingo Rojo y el intento revolucionario de ese año plantaron la semilla de la exitosa Revolución Rusa de 1917. “La Revolución de 1905 no fue sólo el ensayo general de 1917 sino también el laboratorio del cual salieron todos los agrupamientos fundamentales del pensamiento político ruso, donde se conformaron o delinearon todas las tendencias y matices del marxismo ruso”, escribió Trotsky.
Últimas Noticias
Cómo un teléfono japonés de 1999 inventó el concepto de selfie y cambió la tecnología para siempre
La aparición del Kyocera VP-210 marcó un quiebre inesperado en la telefonía móvil: por primera vez, la imagen se sumó a la voz y abrió el camino a una nueva forma de comunicarse que hoy domina la vida digital

71.716 cintas de video en 12.094 días: la excéntrica mujer que grabó 33 años de televisión para proteger la verdad y la información
Marion Stokes presionó “rec” el 4 de noviembre de 1979 e introdujo el último VHS la mañana del 14 de diciembre de 2012, el día de su muerte a los 83 años. Dedicó parte de su vida a documentar todas las noticias que la televisión estadounidense difundiera. La vida de una visionaria que fue investigada por el FBI, que se encerró en su casa y que vivió para que la información no se perdiera

Parecía una dulce anciana, pero enterraba a sus huéspedes en su jardín de hortalizas: la caída inesperada de una asesina serial
Dorothea Puente aparentaba más edad de la que tenía. Su pensión Los Samaritanos, destinada a adultos bajo cuidado del Estado, tenía fama de tratarlos muy bien. Mientras tanto, cobraba los cheques de un tendal de víctimas. Un error mínimo la dejó en evidencia

Una fortuna invertida, un navío maldito y dos viajes catastróficos: la verdadera travesía del SS Bessemer, el supuesto barco anti-mareo
Henry Bessemer, creador del célebre proceso del acero, impulsó un proyecto revolucionario que terminó asociado a accidentes, fracasos empresariales y una leyenda sobre los riesgos y aprendizajes de la innovación marítima del siglo XIX

El juicio por el Caso Watergate: la férrea determinación de un juez y la investigación que derivó en la renuncia de Richard Nixon
En enero de 1973 se dio inicio el proceso contra los hombres que entraron a oficinas del Partido Demócrata en Washington. La revelaciones periodísticas y las confesiones que precipitaron la renuncia del presidente de Estados Unidos




