La Semana Trágica: cuando la represión a los obreros, el antisemitismo y el temor al comunismo sembraron muerte en Buenos Aires

Entre el 7 y el 13 de enero de 1919, durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen, la represión a una huelga de los obreros de la metalúrgica Talleres Vasena provocó un baño de sangre en la capital argentina. Después de siete días de violencia se contaron alrededor de 700 muertos, cerca de cuatro mil heridos, más de 50 mil detenidos y millares de torturados por la policía. La participación del oficial del Ejército Juan Domingo Perón y su reflexión casi treinta años después

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La huelga iniciada en Talleres
La huelga iniciada en Talleres Vasena en diciembre de 1918 desencadenó siete días de violentos enfrentamientos y represión en enero de 1919

En la Plaza Martín Fierro del barrio porteño de San Cristóbal, sobre la calle Rioja hay una placa incrustada en una pared de ladrillos a la vista: “Estos muros pertenecen a la construcción original de los Talleres Vasena. Aquí se produjeron parte de los sucesos de la Semana Trágica”, dice. Es un texto seco como el estampido de un fusil máuser. La placa de bronce fue ordenada por la Legislatura porteña cuando se cumplieron ochenta años de los siete días más violentos de la historia de Buenos Aires. Parece ficción: los arqueólogos Daniel Schávelzon y Ana Igarreta tuvieron que hacer excavaciones para rescatar algo material que conectara el presente con aquel enero sangriento. Porque las instalaciones de Vasena fueron demolidas años después, quizás para borrar todo vestigio de aquella vergonzosa página de la historia argentina.

Los registros meteorológicos dan cuenta de que enero de 1919 arrancó particularmente caluroso en Buenos Aires, pero nadie imaginaba que pronto se convertiría en un infierno de sangre y fuego que dejaría en apenas una semana el trágico saldo de alrededor de setecientos muertos, entre dos mil y cuatro mil heridos y más de cincuenta mil detenidos en la despiadada represión de una protesta obrera. Fue una de las páginas más oscuras del gobierno del radical Hipólito Yrigoyen –el primer mandatario argentino elegido por el voto popular– y pasó a la historia con un nombre que lo dice todo: la Semana Trágica.

Fue un infierno que se prolongó durante unos eternos siete días, entre el 7 y el 14 de enero y fue el resultado de un cóctel con ingredientes muy explosivos: la intransigencia patronal a los reclamos de los trabajadores, la represión estatal y paraestatal, el temor fogoneado por políticos y medios de comunicación al “contagio” en la Argentina de la Revolución Rusa de octubre de 1917 y, de manera más subterránea pero no menos importante, un antisemitismo que no tuvo reparos en provocar un pogrom también sangriento.

El foco inicial del incendio –por llamarlo de algún modo– que se expandió de manera incontenible tuvo lugar en una fábrica, los Talleres Vasena, cuyos obreros habían iniciado una huelga en diciembre de 1918 por la mejora de las condiciones laborales. No era un reclamo caprichoso: tenían agotadoras jornadas laborales de once horas y solo descansaban los domingos. El predio de la fábrica estaba entre las actuales calles Cochabamba, Urquiza, La Rioja, Oruro y Constitución, cerca de Parque de los Patricios, donde hoy está la plaza Martín Fierro.

El conflicto laboral durante el
El conflicto laboral durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen dejó como saldo la Semana Trágica, con alrededor de setecientos muertos y miles de heridos y detenidos

La huelga y los esquiroles

Talleres Vasena era una fábrica metalúrgica fundada por el inmigrante italiano Pedro Vasena, quien sumó capitales británicos a la compañía. Su muerte, en 1916, dejó a su hijo Alfredo al frente de la empresa. En aquel verano de 1919, cuando los obreros presentaron sus reclamos, Vasena hijo rechazó las demandas y prefirió convocar a rompehuelgas que a dialogar con los trabajadores. “Tenían 2.500 trabajadores, había carboneros, foguistas, fundidores… Si bien había distintas corrientes sindicales, tenían peso los de la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) del Quinto Congreso, que eran anarquistas revolucionarios. El pliego de reclamos de la huelga que empezó no era distinto de otros conflictos: jornada de ocho horas, pago de horas extras, vacaciones”, explica el historiador y periodista Rubén Furman a Infobae.

Cuando el conflicto escaló, el presidente radical Hipólito Yrigoyen puso al frente de la represión al general Luis Dellepiane y los resultados fueron atroces: no solo actuaron la Policía, los bomberos y el Ejército, sino que por primera vez apareció la Liga Patriótica, un grupo de choque con pretensiones de nacionalismo.

La situación estalló el 7 de enero. Ese día, de los depósitos de Vasena, sobre Amancio Alcorta, salió una caravana de autos escoltada por policías: llevaban “esquiroles” rompehuelgas con destino a la fábrica para cumplir las tareas que se negaban a hacer los huelguistas. A poco salir, se toparon con un piquete de obreros que les cortó el paso. Los cosacos, los temibles policías montados, cargaron mientras desde las terrazas vecinas otros agentes comenzaban a disparar con armas de fuego. La trifulca duró dos horas. Según consignó el diario La Vanguardia desde los huelguistas también hubo disparos. Era una zona de casas humildes, muchas de madera y los tiros hirieron a varios vecinos. Los muertos, comprobados, fueron cuatro, todos vecinos del barrio. Tres por balazos y uno por el sablazo de un policía montado. Alrededor de 30 fueron los heridos de bala. La policía no tuvo muertos y reportó solo cuatro heridos.

Cerca de allí estaba la sede de la Sociedad de Resistencia Metalúrgicos Unidos, de tendencia anarquista, donde fueron velados los tres muertos que quedaron tendidos sobre Amancio Alcorta. El restante murió en el Hospital Rawson, donde fue llevado agonizante.

Hipólito Yrigoyen jura el 12
Hipólito Yrigoyen jura el 12 octubre de 1916 como el primer presidente elegido por el voto popular

El ejército y “los galeritas”

Al día siguiente tanto los comercios como los talleres dejaron las persianas bajas: el conflicto se multiplicó al tiempo que las diferencias entre socialistas moderados y anarquistas revolucionarios crecía. El gobierno de Yrigoyen tomó nota y, su ministro del Interior, Ramón Gómez, fue a mediar entre los sindicalistas y la empresa. Se reunieron funcionarios, gremialista y el propio Vasena. Aunque Gómez logró que el empresario prometiera un leve aumento de salarios y reducir la jornada laboral a nueve horas, los ánimos obreros estaban caldeados porque, al mismo tiempo de la negociación, Vasena seguía mandando rompehuelgas y por los conventillos de Buenos Aires se esparcía el mal humor social.

Ese mismo miércoles 8, otros gremios decidieron hacer huelga en apoyo a los reclamos de los trabajadores de los talleres y el jueves 9 algunos colaboradores de Yrigoyen le propusieron al presidente que decretara el Estado de Sitio. El presidente se negó a hacerlo, pero puso al frente de la Policía a Elpidio González, ministro de Guerra, quien convocó al jefe de la Segunda División del Ejército, Luis Dellepiane, amigo del caudillo radical. Eso ocurrió en el mismo momento que salía el cortejo fúnebre de las víctimas de la represión desde Pompeya hasta el cementerio de la Chacarita. Los féretros eran llevados a pulso y en el trayecto, entre la multitud, había grupos anarquistas que no dudaron en llevar armas o, incluso, romper las cortinas metálicas y expropiarlas de las armerías que había en el trayecto.

Con esos sectores en pugna, la violencia no demoró en estallar. “Para los empresarios, Yrigoyen era un populista. A su vez, los nacionalistas sentían que era su momento, estaban convencidos que todo era fruto de un complot maximalista de rusos, judíos y comunistas. ‘Los galeritas’, como se los llamaba, salían con carabinas en coches particulares, algunos de ellos descapotados. Actuaban como si fueran la guardia blanca ante el peligro bolchevique”, describe Furman.

Faltaba todavía lo peor. Si la ciudad estaba fuera de control, lo que sucedía en la fábrica era más grave aún. Alfredo Vasena había contratado a guardias privados que estaban acuartelados en el interior de la planta. Los huelguistas, a su vez, intentaron ese jueves 9, ingresar por la fuerza. No bien el general Dellepiane se enteró de que había disparos en el lugar, decidió mandar tropas de infantería. “Cerca del taller se montaron dos ametralladoras pesadas que fueron letales. Es decir, el Estado se movía en dos direcciones. Por un lado intentaba que los Vasena negociaran y, por el otro, le dice a Dellepiane que tome el control de la fábrica y de la ciudad. Si hubiera que buscar un paralelo, es lo que sucedió medio siglo después en el Cordobazo”, cuenta Furman.

La brutal represión estatal y
La brutal represión estatal y la aparición de la Liga Patriótica marcaron la intervención militar y parapolicial durante la Semana Trágica

Los medios y “el peligro rojo”

El viernes 10, los periódicos que expresaban las voces de los huelguistas, destacaron la brutalidad militar y policial, mientras que desde la otra vereda, El Buenos Aires Herald, La Prensa, La Razón y La Nación hacían eje en el peligro comunista.

Los diarios afines al poder expresaban un temor concreto. A principios de 1919, la victoriosa revolución bolchevique ocurrida hacía menos de dos años en Rusia se había transformado en un fantasma que recorría y atemorizaba a los gobiernos de buena parte del mundo. Temían que se expandiera como la peste. La Argentina no era la excepción. La incipiente clase obrera, compuesta en buena parte por inmigrantes europeos, se agitaba y reclamaba por sus derechos –principalmente por una jornada laboral de ocho horas– impulsada por dirigentes anarquistas y comunistas.

El historiador Daniel Lvovich, investigador del Conicet especializado en la historia política y social del siglo XX, lo explica así: “En ese momento se produjo un cambio de perspectiva. En noviembre de 1918 La Nación confiaba en que el maximalismo no se expandiría más allá de las fronteras rusas y consideraba que sólo unos pocos países europeos enfrentarían en los meses sucesivos al peligro maximalista. Sin embargo, a partir de diciembre La Nación, La Razón y La Prensa alertaban en sus editoriales contra la divulgación de las ideas maximalistas y consideraba la posibilidad de que, como en Europa, también en Argentina se desencadenasen huelgas revolucionarias”. Pero ese temor al “maximalismo” no venía solo, sino con una fuerte carga de antisemitismo.

La plaza Martín Fierro de
La plaza Martín Fierro de San Cristóbal conserva una placa que recuerda los Talleres Vasena, epicentro de la Semana Trágica en Buenos Aires

El pogromo de Buenos Aires

Por entonces, la ciudad de Buenos Aires albergaba a más de un millón y medio de habitantes, con un alto porcentaje de inmigrantes europeos, de los cuales entre 70.000 y 100.000 eran judíos. Por entonces -aún en mayor medida que hoy– las simplificaciones para identificar a los extranjeros eran moneda corriente: todo español era un “gallego”, todo árabe era “turco”, y los judíos eran sencillamente “rusos”. Esta última generalización -que no era sólo patrimonio del común de la gente sino de las fuerzas policiales y de buena parte de la clase política– produjo, en medio de la agitación obrera y el temor que despertaba la Revolución Rusa, una ecuación de sentido común que derivó en sangre durante la Semana Trágica.

Por eso, cuando se desató la huelga de los Talleres Vasena se empezó a hablar de la existencia de un “soviet argentino” y, como el único soviet conocido y temido era el ruso, “los rusos” se transformaron de inmediato en blanco privilegiado de la represión. El propio jefe de Policía, comisario Justino Toranzo, denunciaba una “intensa agitación anarquista provocada por numerosos sujetos de la colectividad ruso-israelita y la propaganda que hacen en ruso y hebreo”, según consta en el Archivo General del Ministerio del Interior.

En ese contexto, la represión centrada en un principio en los obreros de Talleres Vasena y en las movilizaciones proletarias que apoyaban sus reclamos, no demoró de ampliarse hacia los barrios de Once y Villa Crespo, epicentro comercial y habitacional de “los rusos”. Así se desató lo que pronto se llamaría “el pogromo de Buenos Aires”, utilizando el término con que se denominaban los ataques a las poblaciones judía en el Imperio Ruso y otros países del Este europeo.

“Vi ancianos cuyas barbas fueron arrancadas; uno de ellos levantó su camiseta para mostrarnos dos sangrantes costillas que salían de la piel como dos agujas. He visto obreros judíos con ambas piernas rotas en astillas, rotas a patadas contra el cordón. Y todo esto hecho por pistoleros llevando la bandera argentina”, escribía en la revista Popular el reconocido periodista Juan José de Soiza Reilly, cuando todavía seguía sin poder borrar de su retina lo que había visto en las calles de Buenos Aires durante la Semana Trágica. En su cobertura se había topado con un fenómeno particular dentro del desastre general: la salvaje persecución de judíos desatada por las fuerzas policiales y grupos de civiles armados.

Pinie Wald, periodista y líder
Pinie Wald, periodista y líder sindical judío, fue arrestado y torturado como supuesto cabecilla del "soviet argentino" durante los hechos

El “líder” Pinie Wald

Todo el aparato represivo no demoró en meter dentro de la misma bolsa al maximalismo y al judaísmo para encontrar al supuesto líder de todas las protestas. Se llamaba Pedro “Pinie Wald”, y era un judío polaco nacionalizado argentino que había sido obrero hojalatero en su tierra pero que en Buenos Aires se había transformado en periodista y escribía en la publicación en idish Avangard y en el diario Die Presse. Fue uno de los primeros detenidos y así lo relató:

“Nos dirigimos al Avangard, en la calle Ecuador. En la calle, cerca de las ventanas, todavía estaba el montón de ceniza negra, restos de los objetos y enseres quemados. No quedaba allí otra cosa que las paredes desnudas. (…) Al salir, no advertimos ninguna presencia sospechosa. Íbamos por Corrientes cuando oímos la orden:

-¡Caminen derecho!

Era un oficial del ejército, que avanzaba desde atrás y estaba a dos pasos de nosotros.

-Están arrestados – nos informó”.

Pedro Pinie fue trasladado a la Comisaría Séptima, donde lo sometieron a tormentos para que reconociera que era el supuesto líder del “soviet argentino” y revelara cuáles eran los planes de la supuesta conspiración que encabezaba. Le salvó la vida el abogado y dirigente del Partido Socialista Federico Pinedo quién, avisado de la detención, se presentó rápidamente en la seccional policial y evitó que lo siguieran torturando para obligarlo a confesar algo imposible.

Años más tarde, Wald -que murió en Buenos Aires en la década de los ’60 – dejó testimonio del pogromo y de su propio calvario en una novela escrita en idish, Koschmar (Pesadilla), que hoy es inhallable.

Los féretros eran llevados a
Los féretros eran llevados a pulso y en el trayecto, entre la multitud, había grupos anarquistas que no dudaron en llevar armas

El terror parapolicial

Las fuerzas policiales y comandos integrados por civiles –mayormente por militantes radicales y católicos antisemitas– se centraron allí en atacar salvajemente a todo aquel que fuera o pareciera judío, sin importar sexo, edad u ocupación. Un anónimo cronista del diario La Crítica describió así los hechos: “Hombres, mujeres y niños fueron maltratados brutalmente, cual si existiera el propósito de extirpar a esa raza atormentada. Los rusos eran atormentados con saña feroz por los ebrios polizontes, y no pocos fueron ultimados a palos y bayonetazos. Se puede decir que ni un solo ruso salió ileso de las garras policiales. Por los pasillos del Departamento de Policía desfilaban los flagelados y ensangrentados. En el departamento central de Policía, cincuenta hombres, ante el cansancio de azotar, se alternaban para cada judío. Con fósforos quemaban las rodillas de los judíos mientras atravesaban con alfileres sus heridas abiertas. En la comisaría Séptima les orinan en la boca”.

El accionar de los grupos de civiles armados -algunos de los cuales pocos días después constituirían la Liga Patriótica- en el pogromo quedó documentada por, entre otros, el periodista y escritor Arturo Cancela en sus Tres relatos porteños: “Jóvenes con brazaletes, armados de palos y carabinas, detienen a todos los individuos que llevaban barba; los de las carabinas les pinchan el vientre o se cuelgan de las barbas -escribió -. Otros apedrean los vidrios de las casas de comercio cuyos propietarios abundan en consonantes”.

Otro testigo que relató en detalle los ataques de los parapoliciales a “los rusos” fue el escritor Juan Carulla. “En medio de la calle ardían pilas con libros y trastos viejos, entre los cuales podían reconocerse sillas, mesas y otros enseres domésticos, y las llamas iluminaban tétricamente la noche, destacando con rojizo resplandor los rostros de una multitud gesticulante y estremecida. Se luchaba dentro y fuera de los edificios; vi allí dentro a un comerciante judío. El cruel castigo se hacía extensivo a otros hogares hebreos. El ruido de los muebles y cajones violentamente arrojados a la calle se mezclaba con gritos de ‘mueran los judíos’. Cada tanto pasaban a mi vera viejos barbudos y mujeres desgreñadas”, contó.

La huelga obrera concluyó con
La huelga obrera concluyó con la instauración de la jornada de ocho horas y mejoras salariales, pero la ciudad de Buenos Aires sufrió una de sus peores crisis sociales

El triunfo obrero y una frase de Perón

Después de seis días de violencia desatada, el lunes 13 de enero la ciudad amaneció más tranquila, el subte –el único que había, que luego se llamó A- funcionó y muchos comercios abrieron. A las cuatro de la tarde, en el despacho del ministro del Interior, Ramón “el Tuerto” Gómez, se llevó a cabo una reunión en la que estuvieron Alfredo Vasena y un hermano suyo, acompañados por el senador radical Leopoldo Melo, quien era asesor legal y miembro del directorio de la empresa. Por la Sociedad de Resistencia Metalúrgicos Unidos asistieron el secretario general Juan Zapetini y cinco delegados elegidos por la asamblea. Se leyó el pliego de condiciones en el que se aclaraba que la jornada sería de ocho horas, que los aumentos de sueldos serían entre 20 y 40% de acuerdo con las categorías, que los domingos se pagaría el 100% de aumento, que se eliminaba el trabajo a destajo y que no habría represalias contra los huelguistas. La huelga de Talleres Vasena había terminado con la victoria de los obreros, pero Buenos Aires había vivido una de las semanas más violentas y sangrientas de toda su historia.

Con el correr de los años fue mucho lo que se dijo y escribió sobre el papel que el entonces teniente Juan Domingo Perón jugó durante la Semana Trágica. Lo concreto es que el futuro líder justicialista estuvo en el lugar de los hechos y obedeció, como todos, las órdenes que le dieron sus superiores, aunque no hay pruebas de que haya participado directamente de la represión de los obreros.

El 1° de mayo de 1948, cuando ya era presidente, Perón pronunció su discurso por el Día de los Trabajadores en la Plaza Martín Fierro, donde habían funcionado los Talleres Vasena. Fue la única vez que se refirió a los hechos: “Se ha dicho que yo tuve intervención en la Semana de Enero (así se llamaba por entonces a la Semana Trágica). Yo estaba en el Arsenal de Guerra y me tocó hacer guardia al día siguiente (el viernes 10). Allí una vez más reafirmé mi pensamiento de que un soldado argentino no puede tirar contra su pueblo a menos que sea un asesino. Eso lo reafirmé cuando vi los numerosos muertos del día anterior”, dijo.

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