La audición en la que la discografía Decca rechazó a los Beatles: “Estos muchachos no tienen la menor posibilidad de triunfar”

Un 1° de enero, con resaca generalizada y oídos poco atentos, Mike Smith, cazatalentos del sello discográfico Decca, rechazó en Londres a un cuarteto desconocido de Liverpool. El veredicto fue tajante; el tiempo, implacable con quienes no supieron escuchar

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La audición de Decca terminó
La audición de Decca terminó siendo recordada como una de los grandes equivocaciones cometidas por cazatalentos

Hay formas y formas de empezar un año. Eso de “mejor principio”, tiene sus vueltas. Es un deseo vago y difuso al que la rutina transformó en banalidad. Hace sesenta y cuatro años, el cazatalentos de un muy prestigioso sello musical británico, encargado del departamento de descubridores de estrellas, como Colón de nuevos mundos, sometió a un cuarteto musical a una audición destinada a medir su calidad y sus posibilidades de éxito.

Cuando los chicos dejaron de tocar y la prueba llegó a su fin, el cazatalentos emitió su juicio terminante, lacerante también, inapelable. Dijo: “Estos muchachos no tienen la menor posibilidad de triunfar”. El juez, duro y tajante, era Mike Smith que en ese caso actuó con el productor Dick Rowe como colaborador y acaso guía. El sello grabador era Decca, una firma por la que pasaron y pasan verdaderas glorias de la música popular. Y los chicos sin la menor posibilidad de triunfo eran Los Beatles. La vida es injusta. La sensacional metida de pata del señor Smith, junto al señor Rowe, está considerada como uno de los mayores yerros de la historia de la música.

José II era un tipo muy culto, archiduque de Austria, emperador del Sacro Imperio Romano y de alguna manera mecenas de Wolfgang Amadeus Mozart. Milos Forman, en su fantástica película “Amadeus”, recrea un hecho al parecer real. Mozart estrena su ópera “El rapto del Serrallo” ante los oídos de José quien, al final, le hace un comentario: “Demasiadas notas, querido Mozart”, ante el estupor del autor, pobrecito, las cosas que tuvo que aguantar.

Gente con una pelota de fútbol en la oreja, o en ambas, hubo y hay mucha, da igual si es emperador y archiduque o cazatalentos de un sello discográfico: lo que hay que tener es mucho cuidado con los juicios de valor porque el arte es siempre mucho más rico que nuestra capacidad para aprehenderlo. Ahí quedaron hermanados en la historia universal de la estupidez, el emperador José II y Mike Smith, el tipo que bochó a los Beatles.

Mike Smith, a la izquierda,
Mike Smith, a la izquierda, trabajaba en el prestigioso sello británico Decca, una discográfica nacida en 1929

Aquel desdichado examen a los Beatles empezó mal y, como debe ser, terminó peor. La historia, matizada por el tiempo, es compleja y divertida. La prueba fue tomada y grabada el 1 de enero de 1962. Una partícula de sensatez: un 1 de enero, da igual el año, no es un día para tomar pruebas, musicales o de lo que fuere, para formarse un leal juicio de valor sobre algo; ni siquiera es un día apto para tentar al destino. Es un día que todavía atesora los efluvios, destellos y vapores de la noche de parranda y alcohol con la que, por lo general, todo el mundo despide el año que se va y le abre los brazos al que llega. Es un ritual un poco tonto, pero es así: aunque la esperanza se vista de mona, esperanza queda. Tampoco es un día para enhebrar arpegios, seguir los dictados del pentagrama, el idioma del metrónomo y los laberintos de los arreglos vocales. Pero cuando alguien busca su destino, no hay barrera que lo detenga. Y los Beatles estaban en esa búsqueda ansiosa y febril.

Habían conseguido la audición con Decca, de hecho el bochazo de Smith a los cuatro de Liverpool se conoce como “La audición Decca”, gracias a otra leyenda de la época, el productor Brian Epstein, convertido en esos días en el flamante manager de Los Beatles. Chismecito del ambiente: parece que Epstein tuvo que poner algunas monedas de su bolsillo para que Smith y Rowe se dignaran a tomar la prueba a los muchachos. Siempre hay malas lenguas que lo enturbian todo.

Por otro lado, para poner su grano de arena, para hacer su contribución al desastre, los Beatles estaban convencidos de su talento y razón tenían; sabían, o lo intuían, que iban a dar vuelta el rock y la música popular, cantaban, a menudo tres y cuatro voces, unas letras contundentes ya fuese para hablar del amor o del mundo que los rodeaba. Así que se confiaron: la prueba iba a ser un trámite simple, una formalidad. Se equivocaron. Nunca resulta prudente sobrestimar los valores propios y subestimar el juicio ajeno. Más bien al revés, aunque tampoco tanto.

La mañana del último día de 1961, los Beatles cargaron sus equipos y sus instrumentos en una furgoneta Commer Caravan, un bicho cuadradote que podía usarse como motor home, pusieron al volante a un amigo del colegio, Neil Aspinall, y se largaron a conquistar Londres y el mundo. Eran unos críos. John Lennon tenía 21 años, Paul McCartney 19, George Harrison 18 y Pete Best 20. Ringo Starr no había llegado todavía al grupo. Todos se perdieron a lo largo de los caminos helados del duro invierno británico. No se sabe bien qué ocurrió, no hay registros de ningún brindis anticipado de final de año, tal vez las nieves y la furgoneta Commer hicieron todo más lentos, a lo mejor de detuvieron más de una vez ante algún arranque bucólico, para contemplar la árida belleza de la campiña; como fuere, demoraron diez horas para recorrer los trescientos y algo de kilómetros que separaban a Liverpool de la capital inglesa. Llegaron a las diez de la noche del 31, a un indigno promedio de treinta y cinco kilómetros por hora y, como sintetizó Lennon: “Justo a tiempo para ver a los borrachos saltar a la fuente de Trafalgar Square”.

John Lennon y Paul McCartney
John Lennon y Paul McCartney con el productor Johnny Hamp quien los llevó a su primera presentación en televisión en 1962

De cualquier modo, como buenos profesionales amateurs y cualquiera haya sido su estado físico y anímico, a las once de la mañana del 1 de enero de 1962 estaban en los estudios Decca de West Hampstead, al norte de Londres, dispuestos a dar la prueba. No eran los únicos. Ese día también iba a ser examinada otra banda: “Brian Poole and The Tremeloes”. Decca, que había nacido en 1929, era un gigante de la industria y competía metro a metro con el otro gigante británico, el sello EMI, tenía un brillante catálogo de artistas: albergaba a Bing Crosby, a Louis Armstrong, a Count Basie, a Elvis Presley, lo haría en el futuro con la Orquesta Nacional de Francia, Luciano Pavarotti y con el director sir George Solti, un músico brillante pese a que pensaba que la obertura de “La Traviata”, de Giuseppe Verdi, podía ser escuchada con cierto aire de tarantela. Nadie es perfecto.

Los Beatles rindieron examen durante una hora; tocaron un repertorio algo heterogéneo mientras corría la cinta que Epstein quería atesorar a toda costa. En lo que fue un rarísimo privilegio, tal vez no registrado en sus conciencias, Smith y Rowe escucharon entre otros temas: “Crying”, de Buddy Holly, “Memphis, Tennessee”, de Chuck Berry y, esto es muy raro, hasta “Bésame Mucho”, de Consuelo Velázquez, ese bolerazo que dice “Bésame, bésame muuuucho, como si fuera esta noche la úúúltima vez”, disculpen lo desafinado. Era un breve repertorio de dudoso eclecticismo que tal vez pretendía demostrar a sus examinadores que Los Beatles podían hacer música, no importa su origen ni su vigencia. Por supuesto, sabedores de su talento, grabaron también tres temas de Lennon y McCartney: “Like Dreamers Do”, “Hello Little Girl” y “Love of the Loved”. En 2012, aquella cinta de prueba que Epstein guardó como un tesoro, salió a remate y fue comprada por treinta y cinco mil libras por un coleccionista japonés. Todo se diluye.

A Epstein y a los Beatles les dijeron lo habitual, que muy bien, que en un par de semanas les iban a hacer saber la decisión de la compañía. ¿Qué sucedió en realidad con la prueba de Los Beatles? Los biógrafos del cuarteto, juicio que tal vez deba ser considerado algo parcial, sugieren que aquel día de su desgracia Smith llegó tarde a los estudios Decca “perjudicado por las libaciones de la noche anterior”, una descripción que parece hasta piadosa. También esbozaron que Smith ya tenía decidido optar por “The Tremeloes”, que era un muy buen quinteto radicado cerca de Londres, todos conocidos del cazatalentos de Decca. El libro “Beatles 62 – El año del cambio”, de Fernando López Chaurri afirma también que “Los Beatles sonaron un poco mediocres”, en un ambiente frío y desangelado. No es un disparate. Es probable que el cuarteto haya actuado lejos de su capacidad: habían viajado largo y mal, bajo un clima polar, tal vez habían despedido el año con alguna copa, o con más de una, seguro habían dormido poco: todo veneno puro para un cantante.

Smith tenía preferencia por “The
Smith tenía preferencia por “The Tremeloes”, un quinteto radicado cerca de Londres, quienes eran sus conocidos

Ya fuere porque sonaron como papel de lija o porque Smith ya se había decidido por “The Tremeloes”, Decca le dijo no a Epstein y a los Beatles que ya eran el embrión de lo que llegarían a ser. No hacía falta ser un genio para darse cuenta. Sin embargo, cuando Epstein le pidió las razones del rechazo, Smith se las dio y las fundamentó: “Los grupos de rock con guitarra ya no corren. Estos muchachos no tienen la menor posibilidad de triunfar”. Lo malo de equivocarse con energía es que te hundís en el lodo hasta la nuez.

En aquella pradera salvaje de talentos, cazadores, bendiciones, rechazos, intereses y arreglos bajo cuerda, Epstein era un zorro muy astuto. En paralelo a las gestiones con Decca, Epstein, por si las moscas, había hecho una especie de acercamiento, más bien había tirado sus redes de bucanero con la discográfica Parlophone, una subsidiaria de EMI, el sello rival de Decca, con la que los Beatles terminaron por firmar contrato para su primer disco, producido por George Martin. Y de allí, saltaron a la gloria. Si algo podía salir mal para Smith aquel día, todo salió peor.

¿Quién era el tipo que bochó a Los Beatles y les auguró un futuro de sombras? Smith había nacido en Barking, Essex, el 30 de abril de 1935, él también era un crío de 26 años cuando escuchó a los Beatles por primera vez aquella mañana de año nuevo de 1962 en los estudios Decca. Había estudiado música, había cumplido su servicio militar en la Real Fuerza Aérea como electricista, recaló como técnico de la poderosa cadena BBC y pasó luego a Decca con la idea de viajar por Europa en busca de talentos de la música clásica, una idea que no llegó siquiera a concretarse: o Smith no tuvo las condiciones necesarias, o un mal viento le torció el rumbo. Quedó en el sello a cargo de la producción de orquestas ligeras y de algunos vocalistas como el cantante pop Billy Fury.

Es verdad que tenía al menos inclinación por “The Tremeloes”. Después de bochar a Los Beatles, Smith produjo varios de los éxitos de Brian Poole, incluido un exitazo de 1963 de los Beatles, “Twist and shout”. Cuando Poole se separó de The Tremeloes, Smith ató su vida a la de la banda y guio a sus muchachos hacia una nueva discográfica: CBS.

Muchos años después, se reconcilió con los Beatles y los Beatles con él. Ya jubilado, aceptó ser parte de las habituales charlas con sus fans que encaraba el más famoso conjunto de rock de la historia; en ellas, reconocía su célebre metida de pata. Lo bueno era la admisión del error, lo malo era la justificación.

Smith con el tiempo admitió
Smith con el tiempo admitió su error al rechazar a Los Beatles

Decía entonces que había pecado de centralismo: Liverpool, decía Smith, había desarrollado una cultura musical que los ajenos a esa ciudad no entendían. Tal vez hablaba de Londres cuando se refería a los “ajenos “ a Liverpool. Eran tonterías, una tras otra: su teoría sobre la ajenidad geográfica cultural no explicaba entonces cómo Bach, y también Mozart, no importara la cantidad de notas que escribía en sus impecables partituras, cómo la buena música en suma, da igual quien la escriba y cuándo y dónde, se torna universal.

La de Smith era una mirada piadosa sobre su yerro histórico. O estaba compinchado con The Tremeloes y decidido a beneficiarlos, o esa mañana estaba sordo como un iceberg y no supo escuchar el potencial que tenía adelante. Murió a los sesenta y seis años, por un enfisema, en Camberley, Essex, el 3 de diciembre de 2011.

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