
A lo largo de más de cuatro décadas, Jerry Sandusky construyó una trayectoria dentro del fútbol universitario y el trabajo social, pero su carrera culminó con una condena por abusos sexuales que estremeció a Penn State University y a Estados Unidos. El ex entrenador asistente fue sentenciado a entre 30 y 60 años de prisión por múltiples delitos de abuso sexual infantil, un proceso judicial que expuso fallas institucionales y dejó marcas profundas en la universidad.
Sandusky inició su vinculación con Penn State en 1969, cuando fue contratado como asistente del legendario entrenador Joe Paterno. El fútbol americano a nivel universitario es un deporte muy importante en Estados Unidos.
Paterno fue un entrenador increíblemente exitoso en Penn State. Había estado en esa universidad durante más de sesenta años, desde que comenzó como entrenador asistente en 1950. En 1966, ascendió a entrenador en jefe y ganó la mayor cantidad de juegos que cualquier entrenador de fútbol universitario de la División I de la National Collegiate Athletic Association (NCAA). Su récord general fue 409 victorias, 136 derrotas y 3 empates, lo que significa que sus equipos promediaron la asombrosa cifra de 8,9 victorias por temporada.

Paterno y su esposa también donaron millones de dólares a muchas causas diferentes en Penn State, y él ayudó a recaudar miles de millones más para la escuela. Era “Joe Pa”, una figura santa en el campus de Penn State. Y disfrutaba de más influencia y poder real que los altos administradores, incluidos el presidente de la universidad Graham Spanier, el vicepresidente comercial Gary Schultz y el director deportivo Tim Curley.
Sandusky, asistente de Paterno, pronto adquirió relevancia dentro del equipo y en 1977 fundó The Second Mile, una organización dedicada a apoyar a jóvenes en situación de vulnerabilidad en Pensilvania, que más tarde se convertiría en el lugar donde se llevaban a cabo sus crímenes.
Por aquellos años, la figura de Sandusky empezó a consolidarse en la comunidad local como mentor y referencia social para miles de chicos, en particular huérfanos y niños en riesgo. Según se determinó con la investigación judicial los primeros abusos atribuidos a Sandusky datan de 1971, aunque permanecieron sin ser denunciados formalmente durante décadas.

La actividad de Sandusky en The Second Mile fue elogiada públicamente por figuras como el presidente de Estados Unidos George H. W. Bush, quien en 1990 distinguió a la fundación como un “brillante ejemplo” de obra caritativa estadounidense.
La organización recaudó fondos, organizó eventos masivos y se integró al entramado deportivo y de servicios sociales de Pensilvania. Numerosos chicos y familias accedieron así a las actividades impulsadas por Sandusky, lo que le permitió acercarse a cientos de menores en situación de vulnerabilidad bajo la apariencia de benefactor y con la impronta de una persona relevante en el deporte.
En paralelo a su ascenso profesional, surgieron señales de alerta dentro del entorno de Penn State. Registros internos y entrevistas recabados durante el proceso judicial revelan que desde mediados de la década de 1970 existían rumores y testigos de comportamientos impropios con menores. Ya para 1987, al menos dos asistentes de fútbol afirmaron haber sido testigos de episodios de contacto inadecuado entre Sandusky y chicos en las instalaciones del campus. En 1988, otro asistente presenció una agresión sexual e informó a las autoridades deportivas, aunque no se tomaron acciones disciplinarias claras.
El 3 de mayo de 1998, la madre de un niño de once años denunció que su hijo había tenido una experiencia incómoda en las duchas del edificio llamado Lasch y destinado a los que practican fútbol americano, dentro del campus universitario de Penn State. El caso se trasladó rápidamente a psicólogos, servicios juveniles y fuerzas de seguridad.

La profesional Alycia Chambers advirtió que las conductas descriptas por el menor coincidían con el patrón de un abusador infantil. Pese al análisis profesional, una segunda evaluación llegó a la conclusión de que Sandusky solo precisaba orientación sobre límites personales. Finalmente, la fiscalía resolvió no presentar cargos y la investigación se cerró.
En junio de ese año, Sandusky fue llamado por la policía universitaria para discutir el episodio y prometió que no volvería a ducharse con niños. Las autoridades administrativas no registraron el hecho en los archivos formales de la universidad y el caso nunca fue remitido a los responsables de recursos humanos.
En reuniones e intercambios de correos electrónicos, directivos del fútbol y de la universidad manifestaron su voluntad de archivar el asunto y dejarlo atrás. Poco después, Sandusky sabía que no iba a ser designado técnico principal y acordó una salida por la que cobró 168.000 dólares. La salida pactada le aseguró el estatus de “emeritus”, por lo que mantuvo privilegios exclusivos de uso de instalaciones y participación en actividades deportivas.

Las situaciones sospechosas continuaron en años sucesivos. Según los reportes, en el año 2000 un equipo de intendencia observó episodios “de naturaleza sexual” en las duchas del edificio Lasch. Si bien los empleados discutieron lo ocurrido entre ellos y con su superior, decidieron no presentar denuncias por temor a perder su empleo. Ese contexto de silencio e inacción se replicó en otros ámbitos de la universidad y de The Second Mile.
En febrero de 2001, Michael McQueary, asistente del equipo de fútbol, presenció un acto de índole sexual en las duchas entre Sandusky y un niño. Tras comunicarlo a Paterno y, posteriormente, a autoridades superiores, la reacción fue reservar el hecho y tratarlo de manera confidencial. El resultado fue una reunión con Sandusky para advertirle que debía evitar ingresar al campus con menores y el compromiso de comunicarse con The Second Mile para regular su participación en actividades con niños. Las indicaciones, según los reportes judiciales, nunca implicaron notificar a la policía externa ni sumar cargos formales.

En 2009, la madre de un nuevo niño —identificado en el juicio como “Victim 1”— reportó a una escuela secundaria que su hijo había sido abusado sexualmente por Sandusky. Esa denuncia dio inicio a nuevas investigaciones, mientras el agresor continuaba vinculado a actividades de caridad y deportivas. Sandusky presentó su renuncia a la dirección de The Second Mile un año después.
Entre diciembre de 2010 y principios de 2011, un jurado especial recogió testimonios, incluidos los de McQueary, para enmarcar la investigación que se publicaría en medios nacionales a partir de la publicación de Sara Ganim en The Patriot-News en marzo de 2011. El caso motivó una cobertura masiva y puso bajo la lupa a Penn State y a su conducción. Ganim obtuvo el premio Pulitzer por el modo en que contó el Caso Sandusky.
El 5 de noviembre de 2011, tras las primeras detenciones, el rector Graham Spanier y el legendario entrenador Joe Paterno fueron apartados de sus cargos. Mientras tanto, la universidad vivió semanas de disturbios y protestas sin precedentes por parte de alumnos en apoyo a Paterno. La presión pública creció cuando nuevas víctimas y testigos relataron sus historias en audiencias judiciales y ante la prensa. La renuncia de Jack Raykovitz, entonces presidente de The Second Mile, fue un paso más en el proceso de depuración institucional. Por esos días, Sandusky fue entrevistado en televisión nacional y, aunque admitió haberse duchado con niños, negó rotundamente cualquier acusación de abuso sexual.
El 7 de diciembre de ese año, la fiscalía sumó doce cargos más a Sandusky por nuevas víctimas, que elevaron el total de cargos formales a cerca de cincuenta. En la causa judicial se conoció el rol de la esposa de Sandusky, Dottie Sandusky, mencionada en testimonios de varias víctimas como posible conocedora de los hechos.
Luego de un juicio extenso, el 22 de junio de 2012, un jurado declaró a Sandusky culpable y el 9 de octubre, hace 13 años, fue sentenciado conforme a los cargos. Para entonces, se estimaba que, de haberse sumado la pena máxima por cada imputación, las penas hubieran superado los 400 años de prisión. El fallo judicial estableció entre 30 y 60 años de cárcel, con posibilidad de cadena perpetua de hecho.

Los años siguientes incluyeron apelaciones rechazadas, demandas civiles y medidas disciplinarias contra exfuncionarios universitarios. En 2017, Graham Spanier, Gary Schultz y Tim Curley fueron condenados por poner en peligro a menores bajo su responsabilidad y recibieron penas de cárcel y arresto domiciliario, además de multas y trabajo comunitario. Las consecuencias en el seno de Penn State también incluyeron la contratación, en 2011, del entrenador Bill O’Brien —el primero en incluir el nombre de los jugadores en la camiseta— marcando un intento de renovación institucional.
En 2019 su sentencia fue reconfirmada y debe pasar décadas en prisión. A los 81 años, hace una semana presentó una nueva apelación en su caso que será tratada en el futuro. Las reformas introducidas tras el escándalo modificaron las políticas de denuncia y de protección juvenil en Penn State, influyendo en las normativas estatales y federales estadounidenses.
El caso Jerry Sandusky cambió para siempre la vida de decenas de víctimas y evidenció las graves consecuencias del encubrimiento institucional. Su impacto repercutió en la cultura deportiva, en la justicia y en la opinión pública de Estados Unidos, abriendo un largo camino de reparación y prevención.
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