
Había tanto silencio allá arriba que costaba saber si el corazón latía por el esfuerzo o por la gloria. El 29 de mayo de 1953, a las 11:30 de la mañana, dos hombres se detuvieron en lo más alto de la Tierra. Edmund Hillary, apicultor y montañista neozelandés, y Tenzing Norgay, sherpa nepalí con décadas de experiencia en el Himalaya, se abrazaron a 8.848 metros de altura, en la cumbre del monte Everest. La nieve bajo sus pies no había sido pisada nunca antes por ningún ser humano. Aquel día, por primera vez en la historia, alguien había conquistado el techo del mundo.
No hubo bandera clavada con dramatismo cinematográfico. No hubo discursos. Apenas fotos, unos minutos de celebración con oxígeno racionado y el cielo tan cerca que dolía. Y luego, el descenso. Porque en la montaña, llegar es sólo la mitad del camino.
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La idea de conquistar el Everest –el Chomolungma, como lo llaman los tibetanos: la diosa madre del mundo– tenía ya una larga lista de víctimas. Desde 1921, cuando los británicos comenzaron a explorar rutas de ascenso, hasta esa mañana de mayo en 1953, el Everest había derrotado a más de una docena de expediciones. En 1922, un grupo británico hizo el primer intento formal, pero una avalancha mató a siete sherpas. En 1930 comenzaron a ensayarse otras rutas, sin éxito. En 1952, el suizo Raymond Lambert y el propio Tenzing llegaron a 8.595 metros, lo más cerca que alguien había estado de la cima. Pero el intento más legendario fue el de 1924, cuando George Mallory y Andrew Irvine desaparecieron en las alturas. ¿Llegaron o no a la cumbre antes de morir? Nadie lo sabe. El cuerpo de Mallory fue encontrado 75 años más tarde, congelado en la nieve, a 800 metros de la cima, sin señales de haberlo logrado. Por eso, la historia reconoce a Hillary y Tenzing como los primeros seres humanos en llegar a la cima del Everest y regresar con vida para contarlo.

Para el mundo occidental, el Everest era mucho más que una montaña. A partir de los años 20, escalarlo se volvió una obsesión imperial: una forma de demostrar que, incluso después del derrumbe de viejos imperios, los británicos aún podían conquistar lo inconquistable. La geografía ayudaba: al estar entre Nepal y el Tíbet, y fuera del alcance de otras potencias, el Everest era un blanco simbólicamente perfecto para demostrar tenacidad, coraje y poder técnico.
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En 1953, el mundo aún se sacudía del polvo de la Segunda Guerra Mundial. Inglaterra, empobrecida pero con un imperio simbólico que resistía en geografías tan distantes como la India y Nepal, organizó una nueva expedición. La coronación de la joven reina Isabel II estaba prevista para el 2 de junio, y la hazaña de conquistar la montaña más alta del mundo podía ser un regalo inesperado para el imperio en retirada.
El líder de la expedición era el coronel John Hunt. El grupo, compuesto por más de 400 personas entre montañistas, científicos y sherpas, llevó toneladas de equipamiento a través del glaciar Khumbu. El plan era trabajar en equipo para establecer campamentos en altura y permitir que dos cordadas intentaran la cima.
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El primer intento, realizado por Tom Bourdillon y Charles Evans, fracasó a menos de 100 metros de la cumbre. El oxígeno no alcanzaba, y la tormenta amenazaba. El turno siguiente era para el dúo que venía destacándose por su resistencia: Hillary, de 33 años, y Tenzing, de 39.
Edmund Hillary era alto, huesudo, con una nariz prominente y una sonrisa tímida. Había crecido en una granja en Nueva Zelanda y se había formado en las montañas del sur del país, donde aprendió a caminar sobre hielo y a respetar la fuerza del viento. Después de servir en la Segunda Guerra, se dedicó con pasión a la escalada.
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Tenzing Norgay era distinto. De origen sherpa, había nacido en el pueblo de Thame, cerca del Everest, y desde joven había trabajado como porteador para las expediciones occidentales. Los sherpas son un grupo étnico del Himalaya, originario del este de Nepal, conocidos por su increíble resistencia física y su vínculo espiritual con las montañas. Aunque el término se extendió a todo guía de altura, el sherpa pertenece a una cultura milenaria con lengua, religión y tradiciones propias. En las expediciones al Everest, suelen ser los encargados de cargar equipo, montar campamentos y abrir rutas, aunque durante mucho tiempo fueron considerados meros ayudantes, y no protagonistas. Tenzing había participado en seis intentos previos de ascenso. Su rostro moreno, su andar firme y su conexión ancestral con la montaña lo convertían en un guía insustituible.
La madrugada del 29 de mayo, partieron del campamento IX, a 8.500 metros. Tenían sólo unas horas de oxígeno, dos cámaras fotográficas y el peso de la historia sobre sus espaldas.
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El ascenso final era traicionero. A esa altitud, conocida como la “zona de la muerte”, el oxígeno escasea tanto que el cuerpo comienza a apagarse: cada paso requiere un esfuerzo titánico, la concentración se nubla y los errores se pagan con la vida. El viento helado podía cambiar en segundos, y cualquier detención prolongada ponía en riesgo el éxito y la supervivencia.
Pasaron por una grieta casi vertical que luego sería conocida como la “Escalera de Hillary”, una pared de hielo que obligó al neozelandés a tallar escalones con su piolet. Tenzing lo siguió con una cuerda y una sonrisa. Más arriba, la pendiente se suavizó. A las 11:30, estaban en la cima.
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“El cielo era de un azul brillante, y el mundo, bajo nuestros pies, parecía suspendido en la nada”, escribió Hillary años más tarde. Tenzing sacó dulces de su bolsillo y los ofreció a la montaña como ofrenda espiritual. Hillary sacó fotos. Se abrazaron. Y empezaron a bajar.
El descenso fue igual de extenuante. La mayoría de las muertes en el Everest ocurren al bajar, cuando el cuerpo ya está agotado y la euforia puede cegar el instinto de supervivencia. Pero Hillary y Tenzing lograron regresar al campamento alto con vida, y ese fue, quizás, su mayor triunfo.
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El éxito se conoció días después. El 2 de junio, mientras en Londres se coronaba a Isabel II, los diarios británicos publicaban en portada: “El Everest ha sido conquistado”.
Para el mundo, Hillary y Tenzing se volvieron héroes. Pero el modo en que se narró la hazaña no fue ajeno al contexto geopolítico. La prensa occidental destacaba a Hillary como el gran conquistador, relegando a Tenzing a un rol secundario de ayudante. En Asia, fue al revés: Tenzing era el hombre que había guiado a un extranjero a la cumbre de su montaña sagrada.
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Durante años, ambos esquivaron la pregunta de quién puso el primer pie en la cima. En su autobiografía de 1955, Tenzing escribió que lo habían hecho juntos. Y Hillary, pragmático, dijo una vez: “No importa quién llegó primero. Lo importante es que llegamos juntos”.

El Everest se convirtió, desde entonces, en un símbolo de superación. Pero también, con los años, en un destino turístico extremo, con cientos de escaladores por temporada y colas para llegar a la cima. Hoy, más de 6.000 personas han alcanzado el punto que Hillary y Tenzing pisaron en soledad. Hay basura, cuerpos congelados que nunca pudieron ser bajados, y una industria que convierte en negocio lo que alguna vez fue una epopeya espiritual.
El Everest sigue ahí, inmutable, indiferente al esfuerzo humano. Pero los que lo intentan, los que se atreven a mirar hacia arriba y dar el primer paso, nunca regresan siendo los mismos. Esa es, quizá, la verdadera cima.
Pero el 29 de mayo de 1953 todavía brilla con otra luz. Fue el día en que dos hombres de mundos distintos –uno blanco, occidental, educado en la Commonwealth; el otro asiático, criado entre las montañas, sin títulos ni fama– se miraron a los ojos, compartieron una cuerda, y demostraron que los imposibles también se escalan.
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