
Las pintadas de las paredes de la ciudad de Buenos Aires reclamaban por “una navidad sin presos políticos” y denunciaban los crímenes de las patotas paraestatales de la Triple A cuando el lunes 23 de diciembre de 1974, poco después de las diez de la noche, el comisario general Luis Margaride, jefe de la Policía Federal, salió del edificio del Departamento Central y tomó por la calle Moreno, en dirección al oeste, para volver a su casa. Iba solo al volante del auto, pero estaba lejos de viajar en soledad: lo precedían tres motociclistas y un Ford Falcon con cuatro hombres fuertemente armados y lo seguía un Falcon más con otros cuatro, también con armas largas, de su inseparable custodia. La caravana avanzó por Moreno sin respetar los semáforos, como era habitual, y siguió sin novedad unos mil metros hasta cruzar General Urquiza y pasar frente al edificio de la Escuela Normal Superior “Mariano Acosta”. Eran las diez y cuarto cuando estalló la bomba.
Hacía menos de seis meses que Juan Domingo Perón había muerto y gobernada su viuda, María Estela Martínez de Perón, “Isabelita”, acompañada por el poderoso y omnipresente ministro de Bienestar Social, José López Rega, conocido también como “El Brujo” por su pasión por la astrología y las prácticas esotéricas. Margaride era jefe de la Federal desde el 1° de noviembre de ese año, cuando un comando de Montoneros hizo volar por los aires la lancha en la que navegaba por el Tigre su amigo y antecesor, Alberto Villar, alias “Tubo” o “Tubito”, y lo mató junto con su esposa.
La bomba que estalló sobre la calle Moreno estaba en una camioneta Ford F-100 blanca estacionada frente a la obra en construcción lindera al colegio y fue activada por control remoto al paso de Margaride y sus custodios. La onda expansiva y partes de la camioneta estallada alcanzó de lleno a los tres motociclistas y también, aunque con menos intensidad, a los autos de la caravana policial. Uno de los Falcon de la custodia recorrió varios metros fuera de control y terminó estrellado contra un poste de luz de la esquina de Moreno y 24 de Noviembre.
De inmediato, según el parte policial, comenzó un tiroteo que duró varios minutos, iniciado por francotiradores apostados en el edificio en construcción frente al cual estaba estacionada la camioneta-bomba. La versión resultó poco creíble, porque difícilmente los supuestos francotiradores se apostarían en un lugar donde quedaban expuestos directamente a la onda expansiva de la bomba. Tampoco se encontraron casquillos ni impactos de bala. Sobre el asfalto quedaron los tres motociclistas de la custodia, uno muerto y los otros dos heridos por el explosivo. Margaride y el resto de sus custodios salieron ilesos del atentado.
Ninguno de los atacantes pudo ser capturado y los únicos detenidos por el atentado fueron los tres serenos del Normal “Mariano Acosta”, a los que llevaron al Departamento Central de Policía para ser interrogados como sospechosos.
En un primer momento se pensó que el atentado contra Margaride -como antes el que le costó la vida a Villar- era obra de un comando de Montoneros, pero al día siguiente se lo adjudicó el ERP con un comunicado que hizo llegar a las redacciones de los diarios. “En el día de ayer, lunes 23 a las 22.14 horas, el Comando ‘Guillermo R. Pérez’ del Ejército Revolucionario del Pueblo, procedió a atacar con explosivos el vehículo en el que viajaba el Jefe de la Policía Federal, Luis Margaride, cumpliendo así el deseo de justicia de nuestra clase obrera y nuestro pueblo, de terminar con los responsables de la campaña de asesinatos de militantes populares con el que el gobierno contrarrevolucionario de Isabel-López Rega intenta frenar el avance impetuoso de nuestra revolución socialista”, decía.
Y agregaba: “El asesino, jefe de la organización fascista Triple A, que tiene en su triste haber el asesinato de hombres que, como Ortega Peña, Silvio Frondizi, etc. habían consagrado sus vidas a la causa del pueblo; que dirige personalmente la tortura a la que son sometidos los prisioneros que caen en manos de la Policía Federal; que planifica y orienta la campaña histérica de represión al pueblo, ha sido condenado por la justicia popular y deberá pagar con su vida, por esta ola de sangre de la que es principal responsable”.

Un represor todo servicio
Cuando sufrió el atentado del ERP, Luis Margaride tenía 61 años y transitaba su tercer paso por las filas de la Policía Federal, donde desde mucho antes se había labrado una justificada fama como represor político y supuesto campeón de la moralidad y del anticomunismo.
Había egresado de la escuela de policía “Ramón L. Falcón” a los 20 años, en 1933 y llegado al grado de comisario en 1957. Con ese grado estaba en 1959 a cargo de la comisaría 42, en Mataderos, cuando se produjo la huelga del Frigorífico Lisandro de la Torre durante el gobierno de Arturo Frondizi. Margaride fue el encargado de organizar y comandar la violenta represión policial de la toma con armas de fuego y gases lacrimógenos.
Por esa misma época inició la campaña que lo hizo famoso con sus razzias y detenciones masivas contra las comunidades LGTB, que lo bautizaron como la “Tía Margarita” por los argumentos supuestamente morales con que justificaba su accionar. También se dedicó a allanar hoteles alojamiento para detener “infieles”. Se calcula que entre 1960 y 1961 ordenó más de 700 operativos de ese tipo y detuvo a miles de parejas por no estar casadas.
En su Pecar como Dios manda: historia sexual de los argentinos, Federico Andahazi lo describe así: “Durante la presidencia de Arturo Frondizi se encumbró uno de los personajes más oscuros, nefastos y patéticos de la historia de los últimos años: el comisario Luis Margaride, una suerte de Savonarola del siglo XX, un cruzado contra la homosexualidad, las ‘depravaciones’ y el adulterio. El comisario Margaride solía encabezar personalmente los allanamientos a numerosos hoteles alojamiento; en estos procedimientos, una comisión policial iba forzando las puertas habitación por habitación, requisando e identificando a los sospechosos que temporariamente ocupaban las camas”.

Detenía a las parejas que no podían demostrar que estaban casadas. No solo las llevaba a la comisaría por cometer supuestas “infracciones” sino que, en el caso de las personas que estaban casadas pero sus acompañantes entre las sábanas del hotel no eran sus “legítimos cónyuges”, llamaba o hacía llamar a sus casas para informar a su marido o mujer dónde y con quién los había detenido. “Margaride se autoproclamaba el guardián de la moral. En una entrevista de abril de 1961, antes de cerrar la nota, el periodista le preguntó al comisario cuándo terminarían esos allanamientos y detenciones en los hoteles alojamiento. Olímpico, Margaride respondió: ‘Nunca’”, cuenta Matías Bauso en el capítulo que le dedica en su libro Argentina Bizarra.
Para el legendario cronista de policiales Gustavo Germán González, la cruzada moral de Margaride tenía razones que iban mucho más allá de lo ideológico para adentrarse en su propia vida privada. En una entrevista que le hizo a mediados de la década de los ‘80, el autor de esta nota le preguntó al viejo periodista de Crítica si sabía por qué el comisario se había obsesionado obsesionado tanto con las parejas que iban a hoteles alojamiento. Su respuesta fue: “Era su manera de vengarse porque descubrió que su mujer lo había engañado”.
En 1963, cuando el radical Arturo Illia asumió la presidencia de la Nación, Margaride supo de inmediato que no le permitirían continuar con su “cruzada” y pidió el retiro con el grado de comisario de la Policía Federal.

“Custodio moral de la Ciudad”
Volvió en 1966, con la dictadura de Juan Carlos Onganía, cuando se lo nombró en un cargo hecho a su medida, el de “custodio moral de la Ciudad” para que emprendiera una “campaña de moralización” en la Capital Federal. Esta vez, Margaride no se limitó a perseguir a las “parejas de infieles” y a los integrantes de las comunidades LGTB, sino que hizo redadas en las que detenía a los varones que tenían el pelo largo y los hacía “pelar” en las comisarías, a las mujeres que usaban minifalda, e incluso a las parejas de novios tenían el atrevimiento de besarse en la calle.
Entre sus logros de esa segunda etapa, Margarite se anotó también las clausuras de los teatros “Maipo” y “El Nacional” por exhibir “espectáculos indecentes” y también cerró “La Cueva”, el local de la Avenida Pueyrredón que hoy se considera como cuna del rock nacional. El comisario no se privaba tampoco de propagandizar las acciones de su campaña y siempre se prestaba a salir en los medios, los mismos a los que censuraba. En una entrevista de 1966 con un periodista de la revista Gente se puede leer el siguiente diálogo:
–¿Puede tomar medidas de tipo preventivo?
–Sí, puedo secuestrar publicaciones o cerrar determinados locales ante presunción de hechos delictuosos. No se trata ya de esperar que se cometa el delito o se difunda la inmoralidad para castigarla después. Hay que actuar sobre el hecho, inmediatamente sin dilaciones (...). No sólo se secuestra una publicación porque tenga una tapa inmoral, sino también puede tener material obsceno en su interior.
–¿Y qué entiende por “moral” en este caso?
–Las exhibiciones de mujeres desnudas o la pornografía encubierta. Un caso típico son las notas que aparecen en revistas pretendidamente serias y que propugnan, abiertamente, el amor libre, la disolución del matrimonio, etc.
–Entonces, ¿para usted eso es inmoral?
–Sí. Todo eso es inmoral porque favorece la destrucción solapada del matrimonio, de la unidad familiar, de los valores cristianos más puros. Y eso es una maniobra clásica del comunismo: romper las vallas morales de la sociedad cristiana.

López Rega y la Triple A
El final de la dictadura que se llamaba a sí misma “Revolución Argentina” terminó también con la carrera de Luis Margaride como “custodio de la moral” de Buenos Aires. Una de las primeras medidas que tomó Héctor J. Cámpora al llegar a la Casa Rosada en mayo de 1973 fue exonerar a ese comisario, cuya trayectoria represiva resultaba incompatible con el período democrático que se acababa de iniciar.
Sin embargo y contra todo pronóstico no demoró en volver a vestir el uniforme de la Federal, esta vez con el grado de comisario general y el cargo de jefe de la superintendencia de Seguridad Federal, el verdadero riñón de la represión política que se inició con el desplazamiento de Cámpora. Su nombre y el de su viejo compañero de armas, Alberto Villar, le fueron sugeridos a Juan Domingo Perón por López Rega. Nunca se sabrá si al hacerlo, el “Brujo” le dijo al general que los necesitaba para que comandaran la organización terrorista parapolicial que estaba poniendo en marcha en las catacumbas del Ministerio de Bienestar Social: la Alianza Anticomunista Argentina, la temible Triple A.
El jefe de la Policía Federal era por entonces el general retirado Miguel Ángel Iñiguez, un legalista que al ver lo que se estaba cocinando a sus espaldas intentó, en abril de 1974, desbaratar a la Triple A y ordenó detener a Margaride. Era, además, un reclamo fuerte del ala izquierda peronista, que se lo exigía a Perón con una consigna: “Perón, Perón, el pueblo te lo pide, queremos la cabeza de Villar y Margaride”.
El desplazado fue sin embargo Iñiguez. Lo reemplazó Alberto Villar que de inmediato nombró a Margaride como subjefe. Así, el mando de la Policía Federal y de las bandas parapoliciales de la Triple A quedaron en las mismas manos. Cuando Montoneros mató a Villar, Margaride lo reemplazó en la jefatura, un cargo que ocupó hasta el 18 de agosto de 1975, cuando fue reemplazado por Omar Enrique Pinto. Su jefe y mentor, José López Rega, ya no formaba parte del gabinete de Isabel Perón y estaba fuera del país.
Luis Margaride sobrevivió al atentado del ERP y murió en 2001, a los 88 años, sin que nunca fuera citado siquiera a declarar por los crímenes cometidos por la Triple A. Tampoco se lo recuerda por su accionar en la represión política ilegal; en cambio, la dudosa fama que se ganó a fuerza de allanar hoteles alojamiento sigue indisolublemente asociada a su nombre.
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