
Morris Villarroel tenía 40 años cuando sintió el peso de una pregunta simple, pero cargada de significados: ¿qué tenía para mostrar de su vida? Era un momento de esos que llegan como un murmullo persistente en la mente, un eco que rebota en las paredes de la introspección. Fue entonces cuando decidió que quería algo más, una prueba tangible, innegable, de su existencia, para el futuro. Lo que vino entonces fue una vida volcada al registro, un experimento personal que convertiría cada detalle, por insignificante que pareciera, en parte de un mosaico meticuloso.
Morris se convirtió en un “life-logger”. Sin embargo, las fotos no son un ejemplo de calidad y profesionalismo, sino la captura en imagen de cada instante de su vida, de lo que estaba realizando en ese momento, sin importarle el cómo.

Según Daily Mail, cada mañana, antes de que el sol ilumine por completo las calles de Madrid, Villarroel se sienta en su escritorio. Un cuaderno abierto, el teclado de su computadora y una cámara pequeña que parece una extensión natural de su cuerpo son sus herramientas principales. Desde 2010, registró todo: a qué hora se levanta, qué come, los lugares a los que va, las conversaciones que mantiene.

En 2014, su proyecto tomó una dimensión nueva con la llegada de la tecnología. Adquirió una cámara Narrative Clip que dispara automáticamente cada 30 segundos y la lleva colgada al pecho. Desde entonces, la cantidad de fotos que ha acumulado supera el millón. Hay imágenes de la tostada que desayunó ayer, del volante de su coche durante el trayecto a la universidad y de los estantes de la despensa donde guarda las cebollas. Fotos aburridas, dirían algunos, pero no para él.

El resultado es un archivo multidimensional de su existencia. Además de las fotografías, registra sus movimientos con un rastreador de actividad física que le recuerda cuánto ha caminado, cuántos pasos le faltan para alcanzar sus 10.000 diarios, y cómo varía su energía a lo largo de la jornada. La escritura, sin embargo, sigue siendo su herramienta más íntima. En el último año, llenó 37 cuadernos con pensamientos, ideas y observaciones.
Today publicó ejemplos de sus anotaciones: “Me desperté en un hotel en Suecia. Las piernas me dolían un poco después del ejercicio de ayer”, anota una mañana. En otra página escribe: “Hablé sobre aves con mis colegas durante el café”. Ningún detalle es demasiado pequeño para escapar al radar de Morris. Una tarde, en 2014, una serie de fotografías lo mostró inmóvil durante una hora, con un hospital como telón de fondo. Aquella secuencia retrataba el momento en que su padre moría, cada imagen, un fragmento de un día que, según dice, nunca olvidará.

Lo que Morris hace no está exento de críticas o desconcierto. ¿Cuál es el propósito?, le preguntan a menudo. Incluso él se lo pregunta. Esas fotos, esos textos, son como espejos rotos: fragmentos que muestran algo, pero nunca todo. Hay momentos que las máquinas no capturan, como la intensidad emocional. Sin embargo, él tiene claro que su registro es más que un ejercicio de memoria. Lo siente como una forma de entenderse y de entender la vida.
Hay días en que su obsesión por registrar lo salva de pequeños desastres. Hace poco perdió un cuaderno y, tras buscarlo sin éxito, recurrió a las fotos. Allí estaba la evidencia: había dejado el cuaderno en un café dos semanas antes. En otra ocasión, revisó su archivo antes de un viaje para recordar el lugar exacto donde había estacionado la última vez o incluso dónde comprar un buen pan cerca de su destino.

El hombre detrás de esta compulsión no es alguien atrapado en la tecnología sin propósito. Morris es profesor de fisiología animal en la Universidad Politécnica de Madrid, donde enseña sobre bienestar animal y acuicultura. Habla pausado, con un tono que combina entusiasmo y un toque de ironía cuando explica su proyecto a los estudiantes, quienes oscilan entre la fascinación y la incredulidad. Según Daily Mail, el día de este hombre comienza temprano, con una rutina bien estructurada: se despierta antes del amanecer, escribe 750 palabras, analizando su humor y planificando su tiempo, y descarga los datos de sus dispositivos. Solo entonces empieza el resto de su jornada.
Es un proyecto que parece no tener fin. Morris planea continuar mientras pueda, llevando consigo su cámara, sus cuadernos y su curiosidad insaciable por el mundo. No sabe si alguna vez llegará a revisar todas las fotos, pero ese no es el punto. El verdadero objetivo es que un día, dentro de décadas, alguien, quizás su hijo o un desconocido, mire estos registros y vea un reflejo de lo que significa ser humano.
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