
Los escritores prestan mucha atención a los nombres de sus personajes. Es muy importante bautizarlos de la manera adecuada. Para ello utilizan diferentes técnicas. Hay quienes los llaman igual que compañeros de la escuela primaria de los que nunca más supieron; en otros tiempos algunos hojeaban las guías telefónicas hasta dar con un nombre con la sonoridad deseada. Están los que los inventan, buscan nuevas maneras de llamar a sus criaturas en especial en la ciencia ficción o el fantasy. Osvaldo Soriano rebuscaba en viejas revistas El Gráfico y echaba mano a jugadores del fútbol argentino de las décadas del cuarenta y del cincuenta. Juan Rulfo buscaba los nombres de sus personajes en las lápidas de los cementerios.
Ese martes de 1952, mientras estaba sentado frente a su máquina de escribir en su casa de veraneo jamaiquina a la que había bautizado Goldeneye (ya utilizaría ese nombre también más adelante), Ian Fleming buscaba un nombre para el protagonista de su novela a la que había decidió nombrar Casino Royale. Hacía mucho que quería escribir. Al menos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Aprovechar en clave de ficción muchas de las experiencias que había adquirido. Pero la vida lo había llevado por otros caminos. Y la intención de crear un agente que transformara el género de las novelas de espionaje sólo había quedado en el territorio de las ideas. En ese tiempo, Fleming pasaba dos meses al año en Jamaica –dirigía la sección de Internacionales de una cadena de diarios y era la condición que había puesto para aceptar el trabajo: dos meses de descanso en su casa del Caribe-.
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Tenía que bautizar a su personaje y no era algo sencillo. En una entrevista con la revista Playboy durante la década del sesenta, cuando 007 ya era conocido mundialmente y había triunfado en el cine, Ian Fleming dijo que él había imaginado al protagonista de sus novelas como alguien discreto al que le ocurrían hechos excepcionales. “un instrumento anónimo al que la acción del libro iba llevando”. Pretendía que su personaje fuera creíble, como los de Dashiell Hammet y Raymond Chandler.
Y el nombre era muy importante. Fleming, en una entrevista televisiva que dio un día relevante para esta historia, el 5 de febrero de 1964, dijo que él buscaba un nombre que escapara a lo grandilocuente, sin reminiscencias románticas o heroicas. Nada altisonante. “Buscaba algo chato, tranquilo, que no llamara la atención. Pero viril”, dijo.
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Frente a la máquina de escribir, Ian Fleming pensó, rebuscó en su memoria, hasta que mirando a su alrededor, vio la portada de uno de sus libros favoritos, uno al que acudía casi cada mañana. “Birds of West Indies”, un catálogo exhaustivo de las aves de la región escrito por uno de los más respetados ornitólogos del mundo, el norteamericano James Bond. Él mismo era un ornitólogo aficionado.
Fue una especie de revelación. James Bond repitió. Le pareció un gran nombre. Breve y hasta aburrido. Tenía la virtud que él estaba buscando, pasaba desapercibido. Un primer nombre bien común y un apellido corto, fácil de pronunciar, con una sola vocal. Y, de paso, llevaba adelante un callado homenaje a uno de sus héroes, el hombre que había recopilado e identificado las especies que él disfrutaba cada mañana. Quedó muy satisfecho con la elección y se olvidó de la cuestión, concentrándose en la trama de su novela.
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No hay que olvidar que Fleming era muy bueno para los nombres, que cuando necesitaba buscar alguno viene resonante, inolvidable y exótico lo conseguía: Pussy Galore, Vesper Lynd, Francisco Scaramanga o Stavro Blofeld.
James Bond, el real, había nacido con el Siglo XX, en una familia acaudalada de Filadelfia. Estudió en Cambridge y luego siguiendo el mandato paterno se desempeñó como banquero para cuidar los negocios familiares. Pero no aguantó demasiado. A los pocos años se fue en una excursión al Amazonas para recolectar especies.
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Al regreso se dedicó de lleno al estudio de las aves. En pocos años se convirtió en uno de los ornitólogos más prestigiosos de su tiempo. Se especializó en las aves del Caribe. En 1936 publicó la primera edición de Birds of West Indies, ese libro que Ian Fleming llamó la biblia de los pájaros.

No se parecía al agente secreto James Bond pero sí algo a Indiana Jones. Era capaz de atravesar junglas, de navegar en pequeños botes enclenques, de pasar varias noches a la intemperie en medio de la naturaleza, de ingresar de incógnito a fincas ajenas con tal de profundizar sus estudios.
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Realizó más de 200 viajes por alrededor de 100 islas del Caribe en busca de nuevas especies.
Algunos años después, en 1961, el ornitólogo estaba en su casa hojeando el diario, cuando con sorpresa, vio su nombre en un titular de la sección literaria. Al principio, algo confundido, creyó que habían publicado una reseña de la última reedición de su libro. Pero nada de eso. Se disgustó cuando descubrió que alguien había usurpado su identidad para nombrar a un personaje aventurero, mujeriego, con licencia para matar. En las antípodas de su vida recatada, monacal, de estudio, nada estentórea.
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Las novelas de Fleming, de gran éxito en Inglaterra, empezaron en ese tiempo a ser muy conocidas en Estados Unidos gracias a que el presidente Kennedy eligió De Rusia con Amor como uno de sus libros preferidos.
Su esposa Mary Fanning Wickham, esa misma tarde, despachó una carta indignada a Ian Fleming, el escritor inglés que había osado utilizar el nombre de su esposo para bautizar a un personaje con esas malas costumbres.
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Ian Fleming respondió de manera inmediata por la misma vía. Es probable que tuviera temor de que Bond iniciara algún reclamo judicial. El escritor le explicaba que se había tratado de un homenaje. Que él tenía la afición de la observación de los pájaros y que el libro de James Bond era una referencia permanente, a la que recurría casi diariamente antes de sentarse a escribir. Como compensación por los disgustos que podría haber llegado a ocasionar ofrecía al ornitólogo que le pusiera su nombre al próximo pájaro horrible que encontrara, al más feo de todos. Y para cerrar la misiva, invitaba al matrimonio a visitarlo en Goldeneye cuando quisieran.

El 5 de febrero de 1964, tres años después de la carta y el mismo día que Fleming brindó la entrevista televisiva que se mencionó antes, por la tarde recibió una visita muy importante. Esa tarde Ian Fleming y James Bond por primera y única vez estuvieron cara a cara. No hubo reproches, sino todo lo contrario. El ornitólogo y su esposa tomaron el té con el escritor. Hablaron de pájaros y del inesperado éxito de las novelas. Fleming le pidió disculpas porque lo que había intentado ser un homenaje algo secreto se había convertido en una fuente de disgustos y de momentos equívocos para el científico.
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Bond le confesó que nunca había leído ninguna de las novelas de Fleming. Pero que su esposa no se perdía ninguna. Le explicó que no era una cuestión personal, sólo que no solía leer ficción. “No lo culpo por no leer mis novelas”, respondió Ian Fleming.
Antes de despedirse, Fleming les regaló su última novela You Only Live Twice. En la primera página escribió una dedicatoria: “Para el verdadero James Bond del ladrón de su identidad. 5 de febrero de 1964 (Un gran día)”. Unos años después de la muerte del verdadero James Bond, el libro fue subastado y un coleccionista privado pagó 72.000 dólares por el ejemplar.
Ian Fleming murió pocos meses después de ese encuentro. Llegó a ver la tercera película de la serie. Goldfinger protagonizada por Sean Connery es considerada una de las mejores de la serie.
Es imposible no imaginarse a este hombre serio y apocado cuando alguna vez le fue preguntado su nombre, respondiendo lo que cualquiera hubiera esperado de él: Bond, James Bond. Ni siquiera él se puede haber resistido a una escena tan perfecta. Y en este caso, absolutamente real.

La esposa que había encabezado la primera protesta, que había enviado la carta indignada a Fleming, fue amigándose con la idea de estar casada con James Bond. Tanto es así que publicó su propio libro: “La historia de cómo 007 obtuvo su nombre contada por la Señora Bond”.
El ornitólogo tuvo que afrontar algunos inconvenientes por haberle prestado su nombre a 007. En algunas fronteras le rechazaban los documentos porque suponían que estaban adulterados. También hubo personas que no aceptaron sus cheques al ver la firma creyendo que estaban siendo timados. Cada vez que hacía una reserva telefónica se la rechazaban porque creían que estaba haciendo una broma. La esposa se cansó de atender llamados en su hogar en los que sensuales voces femeninas pedían hablar con James.
James Bond murió hace 35 años. Fue en Filadelfia. Recién había cumplido 89. A su lado estaba, como desde hacía más de 60 años, su esposa May. Al día siguiente los principales diario norteamericanos publicaron su obituario. Además de sus logros científicos, todos recordaron cómo había servido de inspiración para el agente secreto más conocido (ese oxímoron) de la historia.
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