
Sus delantales artesanales, de un jean robusto, con correas de cuero y una estética norteamericana de los años de 1920 a 1940 se convirtieron en un objeto de deseo para chefs, baristas y bartenders de los mercados más exigentes del mundo. Fernando Brambilla, oriundo de Luján, es el creador de Bramby Supply Co., una firma que construyó, junto a su mujer Carolina Calandrelli, arquitecta de profesión, en Barcelona hace casi una década.
La historia de Bramby es la de un autodidacta. Un hombre que logró destacarse con un producto de calidad y diseño en un lugar altamente competitivo como lo es Europa, donde están presentes marcas de todo el mundo ofreciendo toda clase de productos y de todos los rangos de precios, desde los más altos hasta increíblemente bajos. Muchos extranjeros entran a su local, situado a la vuelta de la Catedral, sobre Carrer de la Frenería 4, gracias a las guías internacionales que lo recomiendan. El artesano interrumpe su trabajo para atenderlos personalmente y a veces son agasajados con una taza de café hecho con su cafetera de vacío o sifón japonés que funciona con mechero como si se tratase de un experimento de química. Esa ceremonia, la repite luciendo su propio delantal de cuero, dentro de su local-taller donde hace gala de su oficio detrás de un vidrio, como sucede en algunas ciudades europeas, donde no atienden vendedores, sino sus propios artesanos.

Antes de ser un artesano, en los años 80s Fernando Brambrilla fue skater, precisamente, el primer skater de Luján. De su tabla de la adolescencia pronto subió a otras para esta vez deslizarse por la nieve. Primero desafió las pendientes de San Martín de los Andes y más tarde, de los centros de esquí de La Cerdanya, en Cataluña. Durante ocho años comenzó a ganarse la vida diseñando las gráficas de tablas y bicicletas. Además, fue parte del equipo de una empresa de una marca de bebida energética, para cascos de profesionales. Y también formó parte de las marcas del mundo de las motos choperas.
Fue durante un viaje a Japón cuando se vio interesado en su variedad de delantales y todos sus formatos. “Compré unos metros de denim con la idea de hacer algo propio. Un producto de excelente calidad”.

El lujanense no tenía experiencia en cuanto a delantales, pero sabía hacia dónde se dirigía. En una cata de café en Castelldefels, municipio frente al mar en el que vivió Messi, Brambilla le preguntó a la representante de la marca de café italiana, La Marzocco. si podía hacer llegar una muestra de delantal para el universo del café y le dio algunos detalles. Que lo realizaría completamente a mano, con materiales de calidad. La mujer se mostró interesada, en un momento en que la firma estaba buscando nuevos delantales. “Si tenés una muestra la semana que viene la llevo a Italia”, le prometió.
Llegó a su casa y sin perder tiempo, puso manos a la obra. Tenía una gran oportunidad y no podía desperdiciarla. Buscó quién podía coser la muestra y buscó denim selvedge japonés. Una tela estructurada, robusta, cerrada con orillo dado que está hecha en viejos telares, los de lanzadera, que generan una pieza más estrecha que las actuales. Unos 75 cm frente a los 130 que vemos hoy. Los japoneses habían recibido estos telares de regalo de manos de los estadounidenses después de la Segunda Guerra Mundial. Con la estética que le fascina, la vintage norteamericana, Brambby le puso un bolsillo en el frente y correas de cuero adaptables. Todo fue muy rápido. A las dos semanas le estaban encargando su primer pedido en Milán. El entusiasmo fue enorme y también el incentivo de empezar por la puerta grande con una marca tan prestigiosa.

Dicen que cada niño nace con un pan debajo del brazo. Cuando le encargaron su primer pedido, Bramby tenía un bebé de cuatro meses, Faustino. La casa estaba revolucionada porque no tenían taller. Su mujer Carolina, trabajó a la par para hacer delantales, carteras, billeteras para hacer frente a más pedidos. Cuando el bebé cumplió 7 meses, pidieron un crédito a un banco para abrir las puertas del primer local taller sobre la calle Sant Pere Més Alt, a unos metros del hermoso edificio del Palau de la Música.
Tenía muchos clientes de Noruega y Japón cuando Barcelona quedó aislada por la pandemia. La ciudad que vivía del turismo se encontró con las calles vacías. Por esta razón, el artesano y su mujer decidieron mudarse a la Cerdanya, los Pirineos catalanes donde se encuentran los centros de esquí, en la frontera con Francia. “Alquilamos una casa grande, donde yo podía trabajar. Y empezamos a trabajar sin parar para los países que estaban abiertos mientras nosotros estábamos encerrados. Tuve pedidos de Abu Dabi y Dubái, de Emiratos Árabes, Japón, Australia, Noruega, Estados Unidos. Todos esos países me hicieron muy fuerte en pandemia y trabajé casi todo para gente de afuera”, detalla.

Con la vuelta a la normalidad en Barcelona, Bramby y su familia regresaron con un local-taller a la vuelta de la Catedral barcelonesa, en el barrio Gótico de la ciudad. “Y como siempre, el 98% de las ventas son clientes de todas partes del mundo”, asegura, entre los que se destacan los norteamericanos, japoneses y escandinavos. Y los que llegan a pie suelen ser de las mismas nacionalidades. Por el momento, este trabajo totalmente artesanal, es realizado por la pareja. “Estamos los dos acá sin ayudante, trabajando entre diez y 12 horas por día”, explica. La colección de ropa la confecciona una costurera de Badalona.

Dice Bramby que los viajeros que llegan a Barcelona se sorprenden gratamente cuando descubren su negocio, en medio de esas tiendas seriadas y despersonalizadas de souvenirs, de origen indio y pakistaní, que copan La Rambla y alrededores. “Entonces, al encontrar mi tienda y que yo esté cosiendo a mano en el mostrador o en la mesa de arriba, eso la gente lo aprecia mucho”, cuenta. Y agrega, orgulloso de su trabajo: “Todo el mundo se queda encantado porque yo tengo un producto que no se hace con materiales normales, sino fabricados con máquinas que tienen más de 150 años. Entonces, tengo clientes que repiten desde que me conocen”, manifiesta quien vende sus artículos bajo un slogan en la entrada del local que dice así: strong products for real people (productos fuertes para gente real). Cuenta también que las ediciones limitadas tiene un gran atractivo entre los norteamericanos y japoneses. “Comencé a hacer otra vez mi colección de ropa y hago camperas y camisas tipo de trabajo como las de 1930, hechas en telar antiguo, como un Levis de hace 150 años. Solamente 30 piezas por modelo. Y la gente se queda encantada. Solo 30 chaquetas de esas en el mundo”, concluye.
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