
El 7 de octubre de 2003, Megan Halligan se levantó temprano. La casa familiar estaba en silencio. Hizo lo de siempre. Se desperezó, se puso las pantuflas y caminó con lentitud, arrastrando los pies, como tratando de acostumbrase al nuevo día, hacia el baño. Pensó en el examen que la esperaba ese día en su último año de secundaria. Al prender la luz vio la peor imagen posible, lo que nunca imaginó ver, lo que nadie quiere ver. Su hermano Ryan, de 13 años, se había colgado usando el cinturón de la bata de baño de su madre. Megan gritó y sacudió sin esperanza, con bronca y dolor, el cuerpo de Ryan. Cuando entendió que no podía hacer nada, lo abrazó y lloró.
La muerte de Ryan Halligan conmovió a Estados Unidos. Pero lo hizo tiempo después de su muerte. Al principio se trató de otro suicidio juvenil, inexplicable, doloroso, inefable. Ni siquiera apareció en los diarios locales. En la escuela a la que acudía Ryan provocó un cimbronazo. Algo natural. Pero en su curso, entre los que eran sus compañeros, había algo más que sorpresa y pesar. Muchos ni siquiera se animaban a mirarse a los ojos. Su muerte y la acción decidida y paciente de su padre hicieron que su caso sirviera como antecedente, como alerta para entender que había que reaccionar ante una realidad: el ciberbullying.

John Halligan, el padre, no estaba en su casa esa mañana. Se encontraba en un viaje de trabajo: era ingeniero de IBM. Resulta inimaginable la llamada en la que le comunicaron la noticia ¿Quién lo hizo? ¿Qué dijo? ¿Dio vueltas? ¿Utilizó algún eufemismo? Resulta inimaginable el dolor de ese hombre. Unos días después mientras John estaba hundido en el dolor y el desconcierto, mientras trataba de entender, sentado en la cama de su hijo se puso a hojear la memoria escolar del año anterior. Descubrió que su hijo había tachado con una gran equis los retratos de algunos de sus compañeros de clase. Alguna de esas tachaduras tenía doble o triple trazo, tan intensa había sido que había traspasado la hoja. John supo que esas señales tenían un significado. Fue a la escuela y no recibió demasiado apoyo ni información, tan solo algunos pésames y miradas compasivas de las autoridades. Recién con el tiempo descubrió que esos, los tachados, eran los que cotidianamente molestaban a Ryan, se reían de él, lo sometían al acoso y las burlas públicas. Lo tildaban de diferente y de perdedor.
Pocas tardes después, John ingresó en la computadora de su hijo. Como trabajaba en IBM no le costó descubrir que gracias a un programa oculto, que el chico ni sabía que había bajado, se habían guardado los archivos de las conversaciones que Ryan habían mantenido por los servicios de chat, de mensajes instantáneos. Allí, en ese historial de charlas con sus compañeros de escuela, encontró una historia oculta sobre los últimos meses de vida de su hijo.

Ryan Halligan había nacido el 18 de diciembre de 1989 en el estado de Nueva York. La familia, al poco tiempo, se radicó en Vermont. Era el hijo menor. Ryan tenía dificultades para el aprendizaje, trastorno del lenguaje y alteración en la coordinación motora. Sus primeros años escolares fueron arduos y recibió educación especial. El progreso fue notable. Él ponía voluntad y con alegría celebraba los avances. A partir de cuarto grado, los padres y las autoridades escolares decidieron que integrara un curso común. El cambió fue difícil para Ryan. Debió adaptarse a nuevas realidades y las exigencias eran mayores. Su rendimiento escolar era regular pero día a día desarrollaba nuevas capacidades y atravesaba diferentes límites. Pero era diferente a los otros chicos. Y por eso lo molestaban, se burlaban de él, era el centro de las cargadas. A veces llegaba llorando a su casa. Ya no sólo eran palabras y gestos; en muchas ocasiones, el grupo que lo molestaba, pasaba a las agresiones físicas.
Hasta que para una Navidad como regalo pidió a sus padres un equipo de Taebo, una actividad que combinaba entrenamiento físico con artes marciales bastante popular en esos años (en los que había hasta programas televisivos con las rutinas de entrenamiento). Ante el pedido, los padres le pidieron a Ryan una explicación, quisieron saber por qué quería eso. El chico les contó de cómo era molestado en el colegio. Hablaron y el padre se comprometió a entrenarlo por las tardes pero con la condición de que sólo utilizara lo aprendido para defenderse. También le dijo que irían a la escuela para conversar con los directivos y los docentes. Pero Ryan, llorando, les pidió que no lo hicieran. No quería que los compañeros se enteraran y el bullying aumentara.

Ryan siguió siendo hostigado hasta que un día, después de ser empujado contra una pared, devolvió la agresión y se trenzó en una pelea con uno de sus habituales bullies. Mientras intercambiaban piñas y patadas, sin un ganador claro, una de las autoridades de la escuela interrumpió la reyerta. Al hacerle frente a uno de sus agresores no sólo se ganó el respeto del resto, sino que su contrincante se acercó a él y se frecuentaron durante un tiempo, en algo parecido a una amistad. La familia Halligan le pidió a Ryan que fuera con cautela, que recordara que ese chico lo había hecho sufrir durante los últimos años. Pero Ryan estaba feliz de tener un amigo y del grupo de “los malos”. Hasta que un día le contó que había sufrido dolores abdominales muy fuertes y fue llevado al hospital. Allí le realizaron diversos estudios para determinar qué era lo que sucedía. Le contó también que uno de esos estudios lo había incomodado, le había dado pudor. El compañero utilizó este relato en contra de Ryan. La amistad fue un espejismo, la tentación de la burla fácil, de concentrar el hostigamiento sobre el diferente fue más fuerte. Hizo circular entre sus compañeros de colegio que Ryan era homosexual. El hostigamiento llegó a su punto más alto. Ryan no quería ir al colegio.
El padre, después del suicidio de Ryan, encontró en su computadora las copias de las conversaciones en la que sus compañeros le hacían ciberbullying. Comentarios homofóbicos y violentos que se repetían día a día provenientes de diferentes destinatarios. Insistentes, masivos y lacerantes.
John Halligan encontró otras conversaciones. Se destacaban varias que había mantenido con Ashley, una chica hermosa y una de las más populares del colegio. Ella, cuando las burlas habían comenzado, intentó disuadir a sus compañeros y hasta lo defendió. En esos chats, Ashley le hizo creer a Ryan que estaba enamorada de él. Con lenguaje sugerente y preguntas insistentes incitaba al chico a que confesara que gustaba de ella. Ashley luego hizo circular copias de esas conversaciones entre sus compañeros de curso. Casi como preguntándose de qué manera ese chico podía creer que alguien como ella se podía fijar en él.
Había un tercer grupo de conversaciones alarmantes. Eran las que Ryan mantenía con un usuario del que el padre no pudo reconocer (en ese momento) su nombre de usuario. Hablaban del suicidio. Se compartían búsquedas de Internet sobre modos de suicidarse sin dolor, hablaban sobre las diferentes técnicas y también sobre la conveniencia de acabar con la propia vida. El otro usuario en una de las últimas conversaciones le dijo que ese era el momento ideal para suicidarse.

John Halligan enfurecido llevó copias de estas conversaciones a la justicia. Quería que todos fueran castigados, condenados. La justicia dijo que esas charlas entre chicos de 13 años no configuraban ningún tipo penal. Halligan se enteró que Ashley estaba muy arrepentida, que se sentía responsable por la muerte de Ryan y que hasta había considerado quitarse la vida. John fue a hablar con sus padres y con ella. La perdonó y le dijo que no cometiera ninguna locura que aprendiera para adelante y que lo ayudara a dar el mensaje. Tiempo después, la chica y John dieron entrevistas juntos en la televisión.
No tuvo tanta suerte con el usuario misterioso. Cuando logró develar su identidad, descubrió que era un chico de la misma edad de su hijo y que habían sido compañeros de colegio unos años antes. Los dos sufrían el acoso de sus compañeros. Tiempo después los chicos se encontraron en el ciber espacio y retomaron la relación chateando. Halligan envió la copia de las conversaciones a los padres del chico. Unas semanas más adelante atravesó varios estados y fue a la casa para hablar con la familia. Fue recibido por el padre que no tenía la menor idea de quién era él. Nunca había escuchado hablar ni de Ryan ni de John y muchos menos de unos chats. Cuando apareció la madre intentó negar la situación hasta que por insistencia de Halligan sacó del fondo de un cajón las hojas con las transcripciones de las conversaciones. El padre del chico comenzó a leerlas. Pero al visitante lo echaron de la casa y nunca más lo recibieron. Tiempo después John Halligan comprobó que el chico seguía posteando mensajes en blogs y otros sitios de internet incitando al suicidio juvenil.
Halligan padre comenzó buscando responsables. Quería culpables por la muerte de su hijo, apaciguar su dolor, confundirlo durante un rato, con sanciones para los que habían atormentado a su hijo. También comenzó a ver señales evidentes que él no había sabido decodificar en su momento, a las que no les había prestado atención.
Luego su actitud varió. Comprendió que podía hacer algo para que otros padres no atravesaran el infierno que él vivía, para que no fueron arrasados por la tragedia, para que los chicos tuvieran algún tipo de protección ante esas situaciones.
Su lucha se concentró en convencer a las autoridades y a la comunidad de la necesidad de leyes y normas que penaran el ciberbullying, que educaran a los chicos (y a los padres y docentes) y que se crearan programas de prevención a estas situaciones y de prevención al suicidio.
Al comienzo su lucha parecía utópica. No faltaban los que creían que estaba tratando de generalizar una situación particular, que el caso de su hijo había sido un hecho aislado, casi excepcional. Halligan tuvo que probar que Internet, además de una herramienta poderosas y extraordinaria, creaba nuevos escenarios que presentaban peligros, y a veces muy serios, para los jóvenes.
Halligan sostuvo que el ciberbullying llevaba las cosas a otra dimensión, que la difusión inmediata y masiva y la (casi) imposibilidad de borrar lo dicho –alguien siempre hace una copia- creaban una nueva situación, un escenario que no existía y que multiplicaba exponencialmente lo que sucedía en las viejas aulas y patios de las escuelas: “”De esta manera se amplifica y acelera el daño al que el chico estaba tratando de hacer frente y que se inició en el mundo real. Una cosa es sufrir bullying y ser humillado delante de unos pocos chicos. Una cosa es sufrir el rechazo de una chica y ver tu corazón destrozado. Pero tiene que ser una experiencia totalmente distinta a la de una generación anterior, cuando este dolor y esta humillación son ahora contemplados por una audiencia muchísimo mayor de adolescentes online. Creo que mi hijo habría sobrevivido a estos incidentes de no haber tenido lugar en Internet”, dijo.

Halligan consiguió que en el estado de Vermont se promulgaran leyes para frenar el bullying, para la creación de programas para su prevención y también para la prevención del suicidio adolescente con campañas y programas destinados a padres, docentes y alumnos secundarios.
En los años siguientes varios estados más utilizaron como base estas leyes y la prédica de Halligan para dictar sus propias leyes y crear sus propios programas.
El de Ryan Halligan fue uno de los primeros hechos que llamó la atención sobre un nuevo fenómeno, el hostigamiento virtual. El padre, esquivando el espíritu de venganza que surgió en los primeros momentos, transformó la tragedia personal, el dolor indecible, en normativas y programas para que se conociera estas nuevas situaciones, se las penara y se las previniera.
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