
Muchas anécdotas detrás de los héroes de bronce de la historia argentina permiten observar a estos grandes personajes en su dimensión humana y, a la vez, explicar algunos episodios que marcaron el pulso del devenir nacional.
En este sentido, resulta interesante observar el recorrido de tres figuras clave como los generales Juan Galo Lavalle, José María Paz y Gregorio Aráoz de Lamadrid, cuyas personalidades incompatibles les impidieron trabajar de un modo eficiente y homogéneo para vencer a Juan Manuel de Rosas.
Por abril de 1826 el cordobés Paz tenía 35 años y bajo su mando quedó el Regimiento 2° de Caballería. Las tropas nacionales estaban organizándose para enfrentar a Brasil, que había declarado la guerra a Argentina meses antes.

Adicto a la disciplina, Paz se preocupó todo el tiempo por la conducta de sus hombres y el bienestar de los caballos, además de procurar evitar cualquier tipo de abuso contra las poblaciones cercanas. Fue entonces cuando conoció a Lavalle y la amistad nació inmediatamente.
Al regreso de aquella infructuosa guerra los dos generales se enfrentaron a los gobernantes nacionales. Lavalle terminó fusilando a Manuel Dorrego y exiliándose en Montevideo, mientras que el cordobés cayó en manos enemigas y pasó diez años en prisiones federales. Ambos, que por entonces eran enemigos declarados de Rosas, al principio contaron con el apoyo del general tucumano Gregorio Aráoz de Lamadrid -o Madrid como lo llamaban entonces, debido a que su apellido era originalmente La Madrid- pero al ser capturado Paz, Lamadrid pasó a las filas del Restaurador.
En Uruguay, Lavalle llevó una vida humilde dedicada a la agricultura. Su pobreza era tal que algunos amigos lo ayudaron a mantenerse. De todos modos seguía pendiente de los sucesos de esta orilla y las políticas de Rosas lo enfurecieron. Fue así que regresó al país. Entre 1839 y 1841 —sin recursos y al frente de un ejército sumamente indisciplinado— llevó a cabo campañas contra el entonces gobernador de Buenos Aires y los federales recorriendo diversos caminos de la patria.

Los años lo habían cambiado. Paz – ya libre- volvió a ver a su viejo amigo después de once años y lo desconoció. En sus memorias apuntó: "Educado en la escuela militar del general San Martín [Lavalle era granadero], se había nutrido con los principios de orden y regularidad que marcaron todas las operaciones de aquél general (…) El general Lavalle, el año 1826, que lo conocí, profesaba una aversión marcada no sólo a los principios del caudillaje, sino a los usos, costumbres y hasta el vestido de los hombres de campo o gauchos, que eran los partidarios de ese sistema; era un soldado en toda forma. (…) abjuró sus antiguos principios y se pegó a los contrarios, adoptándolos con la misma vehemencia con lo que los había combatido. Se hizo enemigo de la táctica (…) Hasta en su modo de vestir había una variación completa. Años antes lo había conocido haciendo alarde de su traje rigurosamente militar, y atravesándose el sombrero a lo Napoleón (…) A través del vestido y de los modales afectados del caudillo, se dejaban traslucir los hábitos militares del soldado del ejército de la independencia".
Lavalle -a diferencia de su amigo cordobés- poseía un carisma enorme y gran influencia entre muchos. Sus soldados lo idolatraban y confiaban ciegamente en su capacidad. Seguían órdenes en las peores condiciones, sin tregua, habituados incluso a dormir sobre sus caballos. Todos querían mantenerse cerca, lo rodeaban permanentemente y miraban con admiración. Fue éste el más caudillo de los generales del país.
Aquel reencuentro con su antiguo compañero no fue el único para Lavalle. Lamadrid decidió por aquel entonces traicionar a Rosas y volver con sus antiguos aliados. Desde luego, todos lo miraban con recelo y Tomás de Iriarte -otro de los generales presentes- lo volcó en sus crónicas: "Me mortificó bastante el General La Madrid con mil patrañas y sandeces y hasta quiso hacerme creer que había engañado a Rosas para hacerle después una jugada, cuando no hay y quien no sepa que al llegar Madrid al Tucumán se sospechó de él y hasta se destinaron personas a observarlo. El coronel Acha, entre otros, estaba encargado de no perder de vista los pasos de Madrid; y de írsele encima si daba alguno falso: porque es cierto que se sospechaba mucho de él y de su amistad con Rosas".
El encuentro entre estos dos viejos camaradas se dio en algún lugar de la frontera cordobesa con Santiago del Estero, a principios de octubre de 1840: "Después de haber caminado dos leguas y media nos salió al encuentro el General Madrid -cuenta Iriarte- acompañado de su ayudante. Cuando se aproximó a Lavalle, ambos echaron pie a tierra y se entrelazaron sus brazos: Madrid acompañó esta demostración de amistad con las palabras: 'Ya estamos juntos, ahora hemos de embromar a todo el mundo'" .

Pero no embromaron a nadie, ni estuvieron juntos. Inesperadamente el tucumano envió circulares a las provincias donde se lamentaba "de los desórdenes que cometieron en su marcha los soldados del ejército del General Lavalle, de sus robos y violencias contra los indefensos habitantes del país amigo que pisaban. (…) el objeto de Madrid —especifica también Iriarte— era desacreditar al General Lavalle y a cuantos de él dependieran". Lavalle se indignó con aquellas mentiras y lo consideró un loco. Así, cada uno peleó en soledad, lo que obsequió victorias a Juan Manuel de Rosas y el bando federal.
Lamadrid poseía una personalidad particular y no solo tuvo conflictos con aquel colega. Algunos años atrás no se había comportado del mejor modo con Paz. Éste terminó detestándolo profundamente. Ya retirados del combate, el cordobés se indignó al leer las memorias de Lamadrid -publicadas con anterioridad a las suyas- y destinó muchas páginas de las propias para refutarlo y destrozarlo.
En su texto, Paz consideró a su viejo colega como un ser devorado por los celos, la envidia y la malevolencia, algo que no había imaginado hasta entonces. "Mucho daño hicieron las ridículas fanfarroneadas del general La Madrid", sentenció en su escrito.
Más allá de las diferencias entre estos grandes militares, resulta indudable que buscaron lo que consideraban mejor para su patria a la que amaron profundamente, aunque ella, a veces, les fuese esquiva.
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