
Cuando una persona mayor se queda sola, por las circunstancias que sean, se suele pensar que va a estar mal. Se fueron los hijos, perdió a su compañero o compañera de vida, no tuvo descendencia o la familia está lejos o ausente, los amigos partieron. Y su entorno siente que hay que buscarle compañía inmediatamente, que tiene que salir a encontrar nueva pareja, o que es importante que esté en un lugar rodeada de otros que la acompañen. Es casi un imperativo. Pero no, no siempre la persona que se queda sola necesita llenar un vacío, al menos no como lo concebimos los demás.
Circulan por internet algunos testimonios de personas mayores que se sienten bien estando solas. Muchos son anónimos, o se publican bajo nombres cuya autenticidad no podemos confirmar. Sin embargo, lo que dicen refleja el sentir de mucha gente, sobre todo de aquellos que optan por una soledad elegida, permanente o circunstancial.
Es el caso de Carmen, cuyo testimonio es compartido en redes sociales. Dice así:
Tengo 79 años. Vivo sola y no me avergüenzo de decirlo. Cuando la gente oye la frase “mujer mayor vive sola“, sus pensamientos se deslizan inmediatamente hacia la lástima.

¿Te sientes sola? ¿No tienes miedo? ¿Quizás alguien debería mudarse contigo?
Quieren lo mejor. Y por eso podemos agradecerles. Pero hay una verdad de la que pocos hablan. No vivo simplemente sola. Vivo sola, con dignidad.
Crié hijos. Empaquetaba almuerzos, doblaba ropa, trabajaba turnos largos y estiraba el presupuesto familiar como una goma. Me sentaba en las gradas a verlos jugar. Esperaba en el sofá hasta que todos volvían. Escuchaba problemas ajenos a las dos de la madrugada y no se los contaba a nadie. Mi vida era plena. Ruidosa. Ocupada. Hermosa.
¿Y ahora? En la casa hay silencio. Las habitaciones suenan diferente. Los pasos, solo los míos y de nadie más.
Por un tiempo pensé que eso significaba que algo estaba mal conmigo. Porque todos repetían: “Debes vivir con la familia. No puedes estar sola. Seguro que extrañas terriblemente.”
Y empecé a preguntarme: ¿Soy egoísta por querer mi espacio? ¿Soy rara porque me gusta mi propia compañía? ¿Estoy equivocada por no llorar sobre la almohada cada noche?
Luego, una mañana, me senté en mi pequeña mesa de cocina con el café en mi vieja taza favorita y de repente entendí. No estoy abandonada. No estoy olvidada. No estoy rota. Estoy aquí. Todavía puedo. Todavía pienso claramente. Todavía pago sola las facturas. Todavía decido sola cómo será mi vida.

Desayuno cuando quiero, leo libros en silencio, miro series sin pelear por el mando. Riego las flores y hablo con las plantas como si fueran viejos conocidos. Hago paseos a mi ritmo, con paradas cuando lo deseo.
Mis hijos tienen su propia vida y estoy orgullosa de eso. Vienen, llaman, se interesan. Pero su trabajo no es llenar cada hora de mi día.
Mi vida todavía me pertenece. Vivir sola no significa no ser amada. Significa ser confiable.
Confían en mi fuerza. Confían en mi mente. Confían en que pediré ayuda cuando sea realmente necesaria. Y la pido cuando hace falta. Eso no es debilidad. Es madurez.
Tengo vecinos que saludan con la mano. Un cartero al que le gusta charlar. Una vendedora que sabe que compro pan blandito y bananas un poco verdes.
Hay iglesias en línea, cuando las rodillas me duelen y no tengo fuerzas para salir. Hay amigas de mi edad que llaman y dicen ¿sigues viva? Y yo respondo de tal manera que ríen hasta las lágrimas.
No, no estoy siempre sola y no siempre triste. A veces la tristeza viene, sí. Pero les viene a todos, a casados, a solteros, a jóvenes, a mayores.
Y lo que siento más a menudo es paz. Paz en el sillón junto a la ventana. Paz en los pequeños rituales. Paz porque durante muchos años cuidé de todos los demás… Y ahora tengo pleno derecho a cuidarme a mí misma.

La palabra de los especialistas
En un trabajo de campo realizado por María Concepción Arroyo Rueda y Perla Vanessa de los Santos Amaya, publicado en la revista Perspectivas sociales, y titulado “Motivaciones, significados y afrontamiento de la soledad elegida en la vejez”, podemos leer en las conclusiones que “elegir la soledad en la vejez puede representar para las personas que así lo deciden, una manera de autocuidado que saben que nadie más les proporcionará, porque consideran que son ellas mismas las que deben asumir la responsabilidad de construir una vida gratificante y con bienestar y no dejar esta responsabilidad a nadie más”.
Aunque la soledad es “un fenómeno que afecta a muchos”, las autoras advierten que no se debe pensar “solamente en su significado negativo”. Existe un número de personas que eligen la soledad, agregan y señalan que se trata de “personas que disfrutan y se gratifican de la experiencia, pero sobre todo la eligen y la aceptan como forma de vida”. Esa opción de la soledad puede tener por finalidad protegerse “de experimentar algunas situaciones adversas o de conflicto que eligen no vivir; esto implica a veces un desinvolucramiento afectivo y dejar de lado ciertas dependencias emocionales, no sin algunos costos por supuesto”.
Los que eligen la soledad, siguen diciendo las autoras, son personas que no experimentan temor ante esa condición y que trascienden estereotipos tales como que vejez es igual a soledad, y que soledad implica necesariamente tristeza o sufrimiento, y rechazan discursos del tipo “no es bueno estar solo, debes buscarte a alguien con quien vivir”, entre otros comentarios, que no tienen en cuenta que a veces la convivencia puede ser más problemática que la soledad.
No está de más recordar que aquí se está hablando de soledad elegida. Diferentes y numerosos estudios han demostrado ampliamente que la soledad no elegida afecta la salud e incluso acorta la vida.
Pero un recordatorio importante que trae este texto es que vivir solo no significa necesariamente estar solo en la vida. Vivir solo no es incompatible con mantener vínculos con amigos y familia.
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