Iba a ser uno de los mayores balnearios de Europa y ahora es una ruina en mitad de un paraje natural en Alicante: el Parque de la Relajación

Impulsado por el Ayuntamiento de Torrevieja y concebido por el famoso arquitecto japonés Toyo Ito, hoy es un ejemplo de los fracasos urbanísticos de la época de la ‘fiebre del ladrillo’

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La 'caracola' del Parque de la Relajación ardió en 2020. (Bomberos)
La 'caracola' del Parque de la Relajación ardió en 2020. (Bomberos)

Iba a ser el mayor balneario de lodos salinos de Europa, un emblema arquitectónico a orillas de las lagunas de La Mata y Torrevieja, y hoy el Parque de la Relajación destaca únicamente como ruina y símbolo del fracaso urbanístico y la fiebre de la España del ladrillo.

Concebido a comienzos del siglo XXI y firmado por el prestigioso arquitecto japonés Toyo Ito, el complejo fue impulsado por el Ayuntamiento de Torrevieja bajo la alcaldía de Pedro Hernández Mateo, condenado más tarde a tres años de prisión y siete de inhabilitación por prevaricación y falsedad documental. El Parque de la Relajación se presentó como un hito de modernidad y turismo sostenible, “un complejo termal y de bienestar en un enclave turístico intensamente urbanizado, que aspiraba a diversificar la oferta cultural de la ciudad alicantina, reforzando su proyección internacional”, cuenta la arquitecta Ana Carreño en un artículo académico titulado Ruinas anunciadas y artefactos espectrales. El fallido proyecto del ‘Parque de la Relajación’ de Toyo Ito en Torrevieja.

La ubicación, en pleno espacio ecológico protegido, buscaba asociar el nombre de la ciudad con experiencias de salud y bienestar inspiradas en la tradición japonesa. El proyecto se estructuraba en torno a tres edificios principales con cafetería, lagos y áreas de hidroterapia, destacando la “caracola”, una geometría helicoidal de acero y madera sobre plataformas de hormigón que pretendía integrar arquitectura y naturaleza. La licitación de las obras arrancó con un presupuesto de 1,5 millones de euros, cifra que se multiplicó posteriormente debido a diversos sobrecostes.

Pero el proyecto terminó en fracaso. El complejo nunca llegó a funcionar ni acogió visitantes: la Dirección General de Costas paralizó las obras en diciembre de 2004 por haber invadido el dominio público marítimo-terrestre y la zona de servidumbre de tránsito del parque natural. El posterior estallido de la crisis económica e inmobiliaria y la ausencia de voluntad política dejaron la estructura inacabada, convertida desde entonces en refugio esporádico para personas sin hogar, escenario de botellones, blanco del vandalismo y víctima de varios incendios.

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Una ruina anunciada

“La fragilidad del programa funcional, la dependencia de un contexto económico especulativo y la ausencia de una demanda real por parte de la ciudadanía situaron al proyecto en una posición de vulnerabilidad estructural”, destaca Ana Carreño. “Desde su gestación, el Parque de la Relajación estaba condicionado por una paradoja: pretender representar con un icono arquitectónico una ciudad saturada de construcciones genéricas, pero mediante un modelo importado y desvinculado de la cultura local. Esta distancia entre ambición simbólica y realidad territorial es lo que consideramos que convierte al proyecto en una ruina anunciada”.

El proyecto quedó definido técnicamente, pero careció de una programación operativa sólida: más allá del spa y la cafetería, no se concretó ningún uso añadido ni una gestión viable, lo que incrementó su vulnerabilidad cuando afloraron las primeras dificultades económicas y legales. Las obras, iniciadas en 2003, solo permitieron levantar una de las tres caracolas previstas, experimentando sobrecostes que elevaron la inversión total hasta los siete millones de euros, muy por encima del presupuesto original. Posteriormente, el hundimiento del sector inmobiliario y la crisis de 2008 sellaron el destino del proyecto, mientras la administración local perdió el interés y no promovió alternativas de reaprovechamiento.

El resultado es una infraestructura abandonada y en ruinas. Varios incendios han ennegrecido la caracola de Toyo Ito. Hoy, los vecinos la conocen como “el mojón” y su silueta carbonizada y vandalizada permanece sin función en este paraje natural de Alicante.