La directora gallega Anxos Fazáns (Pontevedra, 1992) debutó en el largometraje con la estupenda A estación violenta, basada en la novela homónima de Manuel Jabois, en la que supo componer un doloroso retrato en torno a una generación perdida que en su momento fue salvaje pero que terminó por habitar un espacio fantasmal por culpa de las adicciones.
La joven demostró que tenía garra y sensibilidad para plasmar las emociones más salvajes y las más delicadas y, sobre todo, que era dueña de una personalidad propia.
Ahora estrena su segunda película, Las líneas discontinuas, que ha escrito ella misma junto a Ian de la Rosa (que acaba de estrenar en el Festival de Berlín su ópera prima Iván & Hadoum) y que supone un salto cualitativo con respecto a su debut.
“Las dos películas son muy diferentes entre sí, aunque haya algo en ellas en común que las recorra”, cuenta Anxos Fazáns a Infobae. “A nivel temático, las cosas que me preocupan son las mismas, las relaciones humanas, íntimas, los cuerpos, la identidad. Pero, en este caso, las decisiones estéticas estaban más medidas. Quería trabajar más las interpretaciones, pocos personajes en una sola localización. Hacerlo todo más pequeño y más sencillo”.
Dos personajes en proceso de transformación
La protagonista de Las líneas discontinuas se llama Bea (Mara Sánchez), una mujer de mediana edad que se encuentra en medio de una crisis, a punto de la separación y de dejar parte de su vida atrás. En su juventud formó parte de la escena musical gallega y ahora se ha adocenado. Después del rodaje de un videoclip, llega a casa cansada y ve que han entrado y lo han dejado todo hecho un desastre. En la cama, encontrará a un joven dormido, Denís (Adam Prieto). Aún no lo saben, pero ese será el inicio de una bonita historia de amistad.

Denís también se encuentra en una disyuntiva vital, quedarse donde está o mudarse a Berlín, seguir trabajando en el puerto o vivir de la música, que es lo que le gusta (aunque haya estudiado traducción e interpretación). Es un chico trans, pero no es algo que sea fundamental en la historia, un paso más para la normalización del colectivo dentro del audiovisual en nuestro país.
“Cuando empecé a concebir la idea, estaba viviendo a mi alrededor la transición de varias personas que conocía, al mismo tiempo que me cuestionaba a mí misma la construcción del género a nivel teórico y personal. También comencé a investigar la representación de la cuestión trans en el cine y me di cuenta de que estaba muy estereotipada, así que desde el principio vi muy claro que no quería caer en los mismos clichés”, cuenta la directora. “Es decir, era importante que fuera un chico ‘trans’, pero no poner la transición y su condición transgénero en el centro, que no fuese su conflicto”.
Las líneas discontinuas explora la conexión entre dos personajes pertenecientes a dos generaciones diferentes. La directora utiliza la ternura, el humor y la empatía para acercarnos a esta historia sobre los futuros inciertos y las épocas de cambio y lo hace de una forma tan minimalista como sensible.

Además de abordar la cuestión ‘trans’, Fazáns también se centra en otro tema normalmente marginado por las ficciones, el de la mujer madura, dándole un protagonismo fundamental a través de sus inseguridades. “La protagonista, además de haber cumplido los 50, está en una fase de estancamiento. Para mí es un personaje que inicia la película como parada, que lleva años en el mismo sitio y que de pronto todo eso se remueve, se agita, y toma decisiones que hacía tiempo que tenía que tomar... y entonces avanza y abraza ese cambio. Es una película que habla mucho del cambio y los dos personajes funcionan en forma de espejo el uno del otro”.
La música como motor de todo
Si hay algo que vincula A estación violenta con Las líneas discontinuas es la música como hilo conductor de ambas películas, de forma que se convierte en uno de los sellos propios de la autora. En este caso suenan temas de grupos como Triángulo de Amor Bizarro, The Rapants, Pálida y Russ. “He vivido bastante ligada a la escena underground gallega, así que me interesa mucho como elemento narrativo y cinematográfico, porque la música nos conecta muy fuerte con las emociones. A mí me gusta que los personajes escuchen música de verdad, no que sea diegética”.

Por último, hablamos de la reivindicación de un tipo de cine que se aleja del elemento burgués y abraza el proletariado, el paisaje industrial. Aunque la película transcurre prácticamente en una casa, al final, la protagonista sale de ella y va al puerto, a los astilleros, donde ve a la gente trabajar y se da cuenta de que ha vivido en una especie de engaño.
“La cuestión de clase siempre estuvo presente, pero tenía miedo de que no se percibiera. Al final, ella siente una conexión con el puerto de Vigo, que es una ciudad muy obrera e industrial y, a partir de eso, suelta sus privilegios y decide empezar de cero. Es cierto que faltan más historias sobre las clases trabajadoras”.
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