
Cuando el rostro de Martín García García aparece en la pantalla, de fondo, puede verse el frío cielo de Varsovia. Es en la capital polaca donde vive desde hace dos años, aunque en realidad, de cada uno solo haya pasado (sumando días sueltos) “unos tres meses netos” en su casa. El resto de días, este joven gijonense de 29 años se dedica a viajar por países de todo el mundo como uno de los pianistas españoles con mayor proyección internacional de su generación, con distinciones como el Tercer Premio del Concurso Internacional de Piano Fryderyk Chopin, uno de los más antiguos y prestigiosos del mundo.
Solo en Japón, Martín ha atraído a un total de 25.000 espectadores a los conciertos de su octava gira por el país nipón, por el que siente una especial afinidad. Sin embargo, él mismo reconoce en la entrevista que hay lugares donde tocar el piano es un poco más especial. “Son aquellos sitios que yo recuerdo de cuando era pequeño”, precisa. “Tocar en Asturias, por ejemplo, o tocar en el Auditorio Nacional, como la que viene... Esos son lugares icónicos para mí”.
El próximo martes 3 de febrero, Martín dará un recitar el solitario precisamente en el Auditorio Nacional, un lugar en el que se estrenó por primera vez hace doce años, y al que ahora regresa con un repertorio dedicado a Chopin y Lizst (donde destaca la reconocida Sonata en Si menor, S. 178.), “las dos figuras más representativas del Romanticismo”. “Cuando era pequeño, soñaba con tocar estas piezas”, afirma. “Son extremadamente profundas, expresan muchas cosas sobre el ser humano, y atractivas para cualquier persona”.

Cuando el músico debe transformarse en un “personaje musical”
Martín estudia una media de seis horas cada día. Más, afirma, sería contraproducente para sus manos, “y además la energía que se pone de atención continua hace que uno se canse muy rápido”, añade. Sin embargo, la preparación de las piezas para cada uno de sus conciertos va mucho más allá de pulsar la tecla adecuada en el momento correcto. Una parte importantísima de su preparación pasa por entender esa “narrativa interna” que encierra cada composición.
“Toda la música en general tiene esa narrativa”, defiende. “Es como el trabajo de un actor, que tiene que convertirse en su propio personaje. Con el músico pasa el mismo proceso: hay que capturar todos esos sentimientos humanos, hacerlos nuestros y convertirnos en un ‘personaje’ musical”. Esta, considera, es una de las partes más difíciles de su trabajo, y muchas veces un proceso que conlleva décadas de estudio. “Con el tiempo que les lleva a los compositores hacer algunas de esas piezas”, ríe, “yo estoy feliz con que me lleve un poco menos”.
El ejemplo perfecto de esto último es la ya mencionada sonata de Liszt. Martín recuerda, con catorce o quince años, coger esa partitura “sin entender nada”. Fue entonces cuando empezó a prestarle obsesión de otra manera, escuchándola y leyéndola nota por nota, pero también conociendo a otros intelectuales de la época que influenciaron a su compositor, como Goethe y otros grandes del Romanticismo alemán. “Esa sonata habla de un tema que no sé si resolveremos algún día”, dice hoy: “Decidir qué es el bien y qué es el mal”.

“Uno de los consejos más valiosos que me dieron fue que aprendiera a decir que no”
La vida de los artistas como Martín no tiene mucho que ver con el esmoquin que le vemos vestir en los auditorios. “Es una vida distinta a lo que la gente cree”, reflexiona el joven pianista. “Ser intérprete es sacrificado y continuo, no hay sábados ni domingos, ni fiestas de descanso. El momento bonito es estar en el escenario, quizá las dos horas después del concierto, aunque a veces esos momentos ni siquiera existen porque estás extremadamente cansado y no vas ni a cenar”.
Por eso, una de las lecciones más valiosas que recibió de su maestro, el también internacionalmente conocido Jerome Rose, fue que aprendiera a decir que no. “No entendí a qué se refería hasta hace, quizás un año. A alguien que empezara yo le daría el mismo consejo, aunque no se puede explicar, hay que vivirlo”. Y, aun así, lo único que pide para el futuro es, precisamente, “poder seguir tocando la semana que viene”. “No pido más”, subraya Martín, “la música de cualquier tipo nos cambia la vida, nos da recuerdos, y razones para pensar qué es lo importante en nuestras vidas”.
La música, más allá de la música
Martín se muestra convencido de que cualquier persona podría disfrutar de la música clásica. “A quienes dicen que es elitista o aburrida, les diría que si se ponen a pensar diez segundos se darán cuenta de que es un prejuicio. La música clásica es la base de la música que se escucha ahora. De hecho, como es la base, tiende a ser más simple. No más fácil, pero sí más simple”, argumenta. Es esa simplicidad, para él, lo que permita que todo el mundo pueda entenderla y disfrutarla.
Sin embargo, pese a haberla convertido en su especialidad, lo cierto es que no es su única pasión. A Martín, por ejemplo, le encantan los videojuegos. Su trabajo de final de grado se centró en la música de Mario Bros. Lo que no imaginaba es que su carrera le llevaría, un día, a conocer a Koji Kondo, el compositor de la banda sonora de ese y otros videojuegos de Nintendo, cuando este se presentó en uno de sus conciertos. “Como decimos en Asturias, me quedé parado, sin palabras”, sonríe.
No sería, con todo, la única sorpresa que le depararía la música. Cuando se dio la pandemia mundial del coronavirus, Martín decidió quedarse en Nueva York, ciudad en la que por aquel entonces estaba estudiando. Quién iba a imaginar que, junto a él, la única alumna que también se quedaría allí sería la pianista que hoy es su mujer.

“Veo a muchos chavales perdidos, sin saber qué hacer con la música que les enseñan”
Al final de la entrevista, hablamos con Martín del futuro. ¿Qué le gustaría que ocurriera? “Cuando miro al futuro, no veo cosas que quiero hacer en un plazo de años. Más bien, lo veo como un resultado de mis acciones ahora mismo. No hay un concierto en dos meses, solo el de mañana o el de dentro de una semana, como si ese fuera el último de tu vida. Tengo sueños, claro, pero para mí son cuando alguien dice que quiere un helado. En realidad, no son lo importante”.
Sí que es importante, en cambio, el empezar a devolver toda la maestría que ha recibido de sus mentores, ayudando a formar a las nuevas generaciones de músicos. “Enseñar es tan importante como tocar”, defiende Martín, quien se siente “preocupado” por cómo se enseña música clásica en España hoy en día. “Veo a muchos chavales perdidos: no saben muy bien qué hacer con la música que están estudiando, y muchas veces continúan renqueando, en vez de centrarse exactamente en aquello en lo que tienen talento”.
Para él, esta es una cuestión que, de no resolverse, se volverá cada vez más evidente en cinco o diez años. “Dependemos de nuestros estudiantes”, sentencia. “En un futuro, serán ellos los profesores, y a quienes escuchemos cuando sean otros los que quieran aprender algo de música”. Por eso, en sus viajes por España trata de poner su granito de arena, “escuela por escuela, chico por chico, poco a poco, como todo”. Respecto a él mismo, dice que en la música uno nunca deja de formarse: es un proceso continuo. “Creo que hasta los ochenta años, cuando deje de tocar el piano, no habré dejado nunca de aprender”.
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