
El cambio a las políticas absolutistas durante el reinado de Fernando VIII fue determinante para Felip Bauzà i Canyes. Sus ideas liberales dentro de las Cortes, sumadas a su voto a favor por en la Votación de incapacidad de Fernando VII, el regreso de la Inquisición y la supresión de La Pepa, colocaron al cartógrafo en el punto de mira en el reinado borbónico en 1823: fue condenado a muerte y le confiscaron todos sus bienes. Por este motivo, el cartógrafo decidió exiliarse a Londres, llegando en noviembre a Plymouth. Aun así, ya tenía “media vida acumulando millas náuticas” antes de que un puerto británico le ofreciera refugio, como recoge The British Library.
“Había sido un afamado marino que, tras haber explorado las costas de medio mundo, cambió las cartas de navegación por un barómetro de mercurio para llevar a cabo unos trabajos geográficos muy en boga en los siglos XVIII y XIX: medir la altura de las montañas“, afirma Julio Vías en ‘Felipe Bauzá, un marino ilustrado en la cumbre de Peñalara’. Debido a su ingenio y su intelecto, al poco tiempo de compartir sus idead con geógrafos británicos “le nombraron miembro de honor de la Real Sociedad Geográfica de Londres y fue precisamente en el prestigioso boletín de esta sociedad donde, en 1832, fueron dadas a conocer para la ciencia las altitudes de las cumbres de Peñalara, Siete Picos y el cerro de San Benito, en la sierra de Guadarrama”, enuncia.
Formado en Cartagena, hijo de un albañil de Deià, navegó a las órdenes de figuras como Federico Gravina y Alessandro Malaspina. Entre 1785 y 1820, recorrió costas, ciudades y fortalezas del Imperio español, elaborando una cartografía exhaustiva que abarcó desde planos urbanos hasta topografías de montañas. Al momento de su huida, transportaba los frutos de ese trabajo en diez baúles a bordo del Falcon, un man of war de la Royal Navy. En palabras recogidas por la Real Academia de la Historia, el propio Bauzà se descubrió “abandonando la patria seducida por los ministros del altar y por la más negra perfidia de los potentados de Europa”
Su fama y éxito en Londres
Nada más llegar a la isla, Bauzà se instaló en Sommers Town, un barrio de Camden con gran presencia de exiliados ibéricos. Allí fue recibido por exploradores y científicos como Alexander von Humboldt y Robert FitzRoy, quienes buscaron compartir conocimientos. Desde 1819 era miembro de la academia británica y más tarde firmó como uno de los primeros socios de la Royal Geographical Society, contribuyendo a afianzar la geografía como ciencia independiente.
La trayectoria de Bauzà fue reconocida en Reino Unido, a pesar de que sus mapas y documentos permanecieron bajo su resguardo hasta su muerte. El 3 de marzo de 1833, falleció en la capital británica, a los pocos meses de haber recibido el indulto que le permitía regresar a Madrid. De este modo, fue enterrado en la abadía de Westminster y a la par que recibía numerosos homenajes de academias científicas.

Pero ¿qué pasó con sus mapas? El destino de sus archivos fue objeto de disputa y negociación. Pero, lo cierto es que “durante un siglo, y aunque fue recatalogado en la década de 1870 y despertó cierta curiosidad por parte de algunos españoles y latinoamericanos, la historia [de la Bauza Collection] es de relativo abandono también”, como resumió el conservador Peter Barber en un artículo de 1986, recogido por ElDiario.es. De esta forma, la mayor parte de sus obras permanecieron bajo la Bauza Collection en la biblioteca británica, fuera del alcance de España.
¿Por qué tenían tanta importancia sus mapas?
El hecho de que el cartógrafo viajase con diez baúles llenos de sus trabajos anteriores, suponía una amenaza para el imperio español. Y es que estos contenía un gran valor estratégico, a la par que científico. Por este motivo, al atracar en Plymouth, las autoridades británicas le requisaron todo su material y los enviaron a la capital para un examen exhaustivo. Aunque, según la Real Academia de la Historia, el testamento de Bauzà ya había dejado claro en 1823 que su producción quedaría en manos de María Teresa Ravara, madre de sus hijos, tras su fallecimiento.
La viuda, con esperanza de volver a España, depositó sus esperanzas en el Ministerio de Estado (Real Academia de Historia) a cambio de “una promesa”. Sin embargo, la pensión, que pactaron como trueque de los mapas de su marido, nunca llegó. Ante este escenario, tan solo 2.500 duros fueron necesarios para que los mapas de las colonias pasaran a manos del comerciante conservador venezolano, Francisco Michelena Rojas, quien como en todos sus negocios, intentó en vano conseguir un margen de beneficio desorbitado.
La negociación y la venta de los mapas
Convertidos a valores actuales, los 2.500 duros equivaldrían a unos 50.000 euros. Michelena Rojas ofreció el paquete al reino británico por 1.500 libras, pero la respuesta de Londres no superó las mil. Tras tres años de regateo y consultas en distintos gobiernos, la transacción se selló por 350 libras (unas 70.000 actuales, sabiendo que una libra en 1845 equivalen a 200 de hoy). Según relatan los documentos históricos, el conservador Barber se precipitó en su venta porque estaba arruinado. Aunque ganó una diferencia de 26.613 libras actuales.
Antes de llegar al acuerdo con la corona británica, Rojas intentó vender los mapas a París, pero la revolución de 1848 y la caída de Luis Felipe I complicaron la operación. Sus apuros económicos lo llevaron a desprenderse de algunos materiales, que terminaron en manos del gobierno venezolano por 400 libras. En este momento, cuando la British Library revisó el lote, detectó la falta de cuarenta cartas.
En una misiva interna, Madden avisó a Baillière: “Vendió una porción mayor de la que declaró haber vendido bajo su honor. ¡Su honor! Se ha comportado durante todo este asunto de manera sucia y deshonesta, y por lo tanto no puede esperar que demos nada por sentado”. Así, el resultado fue una colección incompleta, con parte de los mapas en Caracas y el grueso en Londres. Aunque la suerte de los documentos enviados a Venezuela sigue siendo desconocida.
La corona española no se quedó atrás en las negociaciones, porque, al mismo tiempo, la Comisión del Atlas de España contactó con la viuda para recuperar los mapas de la península, Baleares y Canarias. Estos trabajos, realizados en buena parte por encargo oficial, incluían la firma “Dib. F. Bauzá”. El político Pascual Madoz valoró “su extraordinaria riqueza” cuando revisó los materiales.
Aun así, no quisieron pagar por la tarea del cartógrafo al dividir el territorio en provincias: “Las producciones de las ciencias, por lo general, son hijas del amor propio de los sujetos que se dedican a ellas, y nunca de premios pecuniarios”, estima la Real Academia de la Historia. De este modo, la contribución de Bauzá al conocimiento científico de la geografía española ha sido muy poco recordada hasta nuestros días dentro de España, en comparación con su repercusión internacional.
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