Mucho había tardado Disney en convertir su gran clásico de animación, el primero de todos, en una película de imagen real. Quizás era un cuestión de pudor ya que, al fin y al cabo, se trataba de la obra fundacional del creador de todo, Walt Disney, la piedra angular de su carrera y que todavía se considera en la actualidad como un hito dentro de la historia del cine.
Así, a lo largo de las últimas décadas, hemos visto desfilar ante nuestros ojos auténticas aberraciones en formato ‘live-action’ cuya pretensión era reactualizar los trabajos originales, en su mayoría dotados de una magia natural, de un brillo artesanal y un encanto que jamás han sido capaces de reproducir sus copias de carne y hueso.
Ahí están para certificarlo las versiones de La Cenicienta, de Mulan, de La Bella y la Bestia o La sirenita, y eso por solo mencionar las protagonizadas por las llamadas “princesas Disney”. Y es que, en ese sentido, la factoría debía amoldar a sus protagonistas femeninas a los nuevos tiempos y darles un nuevo sentido dentro del tradicional universo ‘heteropatriarcal’ al que siempre habían pertenecido.
Modernizar a las ‘princesas Disney’
Quizás por esa razón, en los últimos tiempos, se ha intentado darle la vuelta al concepto y que esas ‘princesas’ también se convirtieran en heroínas. De ahí surgieron personajes como Vaiana que no tenía ningún interés romántico y, además, se alejaba de los clichés físicos y normativos impuestos por la casa (recordemos que Walt Disney, según se decía, podría haber comulgado con la doctrina nazi).

En ese sentido, con Blancanieves decidieron apostar y poner en prácticas todas esas cuestiones ‘woke’ para intentar darle la vuelta al canon. Así, la primera princesa por antonomasia, cuyo aspecto, como su nombre indicaba, siempre se había representado como níveo, sería interpretada por una actriz de origen latino (primera polémica). Además, no sería una figura femenina pasiva como en el original, sino que se convertiría en una líder libertaria capaz de enfrentarse a la malvaba bruja para reivindicar los derechos del pueblo.
En cuanto a los ‘enanitos’, para no herir sensibilidades, optaron por diseñarlos a través de CGI (segunda polémica) y no habría príncipe azul, sino un personaje masculino con una mayor entidad que la de salvar a la protagonista con un beso.
‘Blancanieves’: un acierto y muchos errores
Vayamos por partes. La elección de Rachel Zegler como Blancanieves resulta tan lícita y pertinente como lo fuera la de Halle Bailey para La sirenita y las suspicacias no dejan de contener un sustrato racista, algo que se pone también de manifiesto en los comentarios alrededor de que la bruja, encarnada por Gal Gadot (otra fuente de controversia por sus declaraciones pro-israelíes), sea ‘más guapa’ que Blancanieves y, por lo tanto, el ‘espejo, espejito mágico’ tenga que decir finalmente que “la verdadera belleza se encuentra en el interior”.
En cuanto a la segunda polémica, la que tiene que ver con los ‘enanitos’, su diseño resulta grotesco. En todo cuento la abstracción resulta fundamental a la hora de adentrarnos en su universo y, en esta Blancanieves este ejercicio resulta imposible. Son tan icónicas las imágenes de las que parte que se convierte en una tarea infructuosa reproducirlas sin caer en la caricatura. En consecuencia, todo resulta falso, impostado, y cuando se intenta hacer un homenaje explicito, se cae en el absoluto ridículo, como en el fragmento que corresponde al mítico tema de Heigh-Ho en la mina de diamantes. Quizás no era necesario que hubiera ‘enanitos’, ni reales ni creados por Inteligencia Artificial, sino darle una vuelta a esa cuestión, tal y como apuntó el actor Peter Dinklage, ya que contribuye a perpetuar los estereotipos negativos.

Por eso, la película se mueve mejor en los pasajes propios, aquellos que se alejan del original, como la concepción del personaje de Jonathan (Andrew Burnap) y su ‘troupe’ de marginados dentro del sistema totalitario que ha creado la bruja y la relación que se establece entre ellos, o el discurso reivindicativo de Blancanieves frente a la monarca tirana, quizás la única escena con verdadera entidad de toda la película y que le da algo de sentido en los tiempos en los que vivimos.
El resto es un batiburrillo irritante y estridente, repleto de temas musicales poco memorables y de guiños que parecen gags de un programa de post-humor y disfraces de carnaval.
Blancanieves es lo que se esperaba, un película repleta de un montón de malas decisiones destinadas a seguir rentabilizando el catálogo de Disney con la ley del mínimo esfuerzo. Puede que la Blancanieves original se haya quedado anticuada y sea profundamente retrógrada en todos los aspectos que podamos imaginar, pero la nueva no puede resultar más aburrida y generar más bostezos.
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