Las salinas de Isla Cristina donde se consigue la sal igual que hace 7.000 años

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Fermín Cabanillas

Isla Cristina (Huelva), 13 jun (EFE).- Hace 7.000 años que se consigue sal de forma natural para distintos usos, pero hacerlo sin ningún proceso industrial no es habitual, y, de hecho, son pocos los ejemplos que se encuentran en territorio español, en los que sea la naturaleza en su totalidad la que consigue el producto final.

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Uno de ellos se localiza en el paraje natural Marismas de Isla Cristina (Huelva), entre el Caño del Puntal y el Placerón, donde sobrevive la que sus responsables defienden como la última salina artesanal de la costa andaluza, que se gestiona desde 1954 con el mismo método de evaporación natural del agua de mar que se aplicaba en la primera salina del mundo, que hoy día sigue funcionando en el Valle Salado de Añana, en Álava.

Justo al pie de la carretera que une la barriada de Pozo del Camino con Isla Cristina se encuentran la Salinas del Alemán, nombre comercial de Biomaris, unas instalaciones de 12 hectáreas, que, aunque parezca mentira, tiene su origen en una orden que dio Hitler para vigilar la costa occidental de Huelva en la incipiente segunda Guerra Mundial.

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El nombre del “Alemán” lo explica a EFE la responsable de marketing de las salinas, Sabina Limón Gómez, tercera generación, junto a sus hermanos, de un lugar que nació gracias a un hombre que llegó al pueblo en 1939, Hans Burghard, un químico alemán que tenía el encargo vigilar el tránsito de barcos británicos en la zona del Río Guadiana, que pudiesen estar cargados de minerales para fabricas armas.

Burghard nunca volvió a Alemania al terminar la guerra. En Isla Cristina conoció a una joven llamada Rita. Con ella decidió fundar en 1954 unas salinas, en una época en la que había una quincena aproximadamente en la zona en la que asentaron su empresa, donde hoy día permanece.

Entre los trabajadores que levantaron el proyecto había un joven del pueblo llamado Manuel Gómez, el abuelo de Sabina, que, con el paso de los años, compró la empresa a Hans Burghard, que se quedó para siempre en el pueblo, y está enterrado en su cementerio municipal.

Explica la portavoz de la empresa que, en esencia, la decena de trabajadores de las instalaciones tienen que desarrollar su labor al ritmo que marca la naturaleza. En los vasos de las salinas, el agua de mar que entra por efecto de las mareas se va evaporando, y la sal se recolecta sobre todo en su “temporada alta”, en los meses de julio y agosto. “Suele comenzar en mayo y llegar a septiembre, aunque es cierto que el cambio climático ha alterado los meses de siempre para recolectar”.

“Hace dos años se recolectó a finales de marzo, pero a principios de agosto llovió mucho y se estropeó mas de la mitad de la cosecha, porque la sal cristalizada que estaba en el fondo esperando a ser recolectada se mezclo con agua dulce y fango, y se recogió para tirarse”, señala Sabina Limón.

El cambio en el clima también conlleva que el nivel de las mareas es “cada vez es más alto, y hay que vigilar que no sobrepase el muro de contención que rodea a las salinas”, siempre pendientes de que la naturaleza sea una colaboradora y no un problema, en unas salinas que producen anualmente unas 20 toneladas de Flor de Sal y Escamas, mientras que las cifras de sal gruesa varía con los años.

Lo de la Flor de Sal da para un tema aparte, porque se puede consumir incluso por personas hipertensas, porque se consigue "en la capa superficial, cuando el grano no tiene consistencia” y su nivel de sodio es muy bajo, antes de bajar al fondo para formarse la sal común”, una idea tan llamativa como tener un spa salino al aire libre que cualquier persona puede usar, igualmente por obra y gracia de la naturaleza, en los meses de verano. EFE

fcs/dt/mcm

(Foto) (Vídeo)

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