La geografía de cada isla determinó la dieta en la Canarias aborigen más que el clima

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Las Palmas de Gran Canaria, 18 may (EFE).- Del siglo I al XV, los pueblos que habitaron Canarias antes de la Conquista permanecieron aislados, obligados a adaptarse a los recursos disponibles y la singular geografía de cada isla condicionó lo que se comía en ella durante más de un mileno, mucho más que las variaciones del clima.

Cinco investigadores de las universidades de Las Palmas de Gran Canaria y Burgos publican este mes en 'Scientific reports', del grupo Nature, un estudio sobre los isótopos estables de carbono y nitrógeno presentes en 457 restos humanos recuperados de yacimientos de siete islas, que abarcan todo el periodo prehispánico.

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Esos marcadores químicos les permiten rastrear qué comían los antiguos canarios y, sobre todo, de qué manera el entorno geográfico determinó la dieta en un espacio tan reducido como fragmentado.

Canarias está llena de contrastes, recuerdan los autores: islas montañosas con bosques de laurisilva y clima mediterráneo conviven con otras llanas, áridas y azotadas por los vientos del Sáhara.

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Las cinco islas occidentales y centrales (El Hierro, La Palma, La Gomera, Tenerife y Gran Canaria) alcanzan altitudes superiores a los 1.500 metros, lo que genera pisos de vegetación variados, suelos más fértiles y precipitaciones regulares gracias a los vientos Alisios.

En el extremo opuesto, Lanzarote y Fuerteventura son islas bajas, con altitudes máximas inferiores a 800 metros, escasa cubierta vegetal y un clima desértico directamente influido por la cercanía del desierto (tienen la costa continental africana a 100 kilómetros).

Esa división biogeográfica se refleja con claridad en los valores isotópicos que se detectan en los restos humanos aborígenes de cada isla, detallan los autores. Las poblaciones de las islas de clima mediterráneo presentan valores de carbono más negativos, característicos de una dieta basada en cultivos de tipo C3 como la cebada y el trigo, complementada con ganadería de cabras y ovejas.

En cambio, las poblaciones de Lanzarote y Fuerteventura muestran valores significativamente menos negativos y niveles de nitrógeno más elevados. Esto indica una dieta donde los recursos marinos (pescado y marisco) y los efectos de la extrema aridez sobre la cadena alimentaria terrestre jugaron un papel mucho más relevante.

"Los isótopos estables funcionan como un archivo biológico de la alimentación. Lo que hemos descubierto es que ese archivo refleja fielmente la biogeografía del archipiélago: las islas con más recursos vegetales y agrícolas muestran una señal isotópica distinta a las islas más áridas, donde el mar era imprescindible para la supervivencia", apunta Elías Sánchez-Cañadillas, primer autor del artículo, de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Dentro de las islas occidentales, El Hierro destaca por unos valores isotópicos que sugieren un consumo de recursos marinos notablemente superior a los de La Palma o La Gomera, a pesar de compartir condiciones climáticas similares.

Los autores lo vinculan a la menor superficie cultivable de El Hierro y a la necesidad de asegurar la supervivencia con una mayor explotación de los recursos marinos, fundamentalmente lapas y burgaos (caracolillos) del litoral.

En las islas centrales, Gran Canaria muestra niveles de nitrógeno ligeramente superiores a los de Tenerife, lo que los investigadores relacionan con la existencia de asentamientos costeros permanentes en Gran Canaria que favorecieron un acceso continuado al mar.

Mediante un modelo estadístico bayesiano, los investigadores cuantifican la contribución de cada fuente alimentaria. Los cultivos agrícolas aportaron entre el 30 % y el 50 % de la dieta en las islas más altas, mientras que en Lanzarote y Fuerteventura la contribución de los recursos marinos fue significativamente mayor, compensando las limitaciones de la agricultura en sus áridos suelos.

Otro hallazgo clave es que, a pesar de los grandes cambios climáticos que atravesó el archipiélago durante los 1.500 años de ocupación indígena (el Periodo Cálido Romano, la Anomalía Climática Medieval o la Pequeña Edad de Hielo), los valores isotópicos no muestran variaciones significativas entre periodos.

La huella biogeográfica, es decir, la diferencia entre islas mediterráneas y desérticas, se mantuvo como el factor dominante en la señal isotópica, por encima de los cambios temporales.

"Lo más llamativo es que el factor que mejor explica las diferencias isotópicas no es el tiempo, sino la geografía. Cada isla imprimió su propia firma ecológica en la dieta de sus habitantes, y esa firma se mantuvo durante quince siglos. Eso convierte a Canarias en un caso excepcional para estudiar cómo la biogeografía condiciona la adaptación humana a largo plazo", señala Jonathan Santana, profesor de Prehistoria de la ULPGC. EFE

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